lunes, 11 de octubre de 2010

Un hombre bueno.

Un hombre bueno.

Padre nuestro que estás en los cielos, tengo que contarte que este hombre tiene frío, siente un frío enorme este verano………a pesar de estar al sol siente frío……….siente el frío del miedo en sus piernas y en su corazón. El hombre a veces llega a temblar por ese frío y cambia el paso al andar, anda despacio, con la espalda un poco curvada por el peso que soporta y sus pies tienden a bailar…. A pesar de buscarte timidamente, así no te va a encontrar. A veces su rictus se congela en una elegante y morena estatua temporal…. Es como perder la vida unos segundos, esos segundos los ha perdido…. Y vuelve despacito, nos mira y retoma el tic-tac a base de pequeños y suaves parpadeos. Este hombre bueno es bello y siempre será bello, guarda un secreto, no envejecerá. Tiene una sentencia de prisas y adioses y va resbalando por la piel de su alma, naufraga hacia dentro por un amargo túnel, un túnel negro en el que va a entrar solo. Padre nuestro, por una vez no hagas tu voluntad aquí en la tierra, no nos dejes caer en la tentación de pensar mal de tu bondad y de tus buenas maneras, déjale en paz.

¡¡A Dios nadie lo ha visto nunca!!

El hombre bueno ama y a veces los recuerdos salen de sus escondites…sin quererlo él, mientras lucha porque las emociones sigan escondidas en cualquier rincón del alma, dormidas entre cobijas tibias y venas vacías. Siente que tiene mil deseos sin resolver y no tiene tiempo, algo que se ha instalado sin permiso dentro de su cabeza no le deja vivir. Nadie sabe ayudarle, nadie tiene poder, nadie puede hacer nada, nadie se va a ir con él, va a abandonarlo todo y lo hará solo. Sus zapatos pronto no tendrán pies ni su traje un hombre, reza como no ha rezado nunca, sin encontrar las palabras divinas que le llevarán a ti, Padre nuestro todopoderoso, quizás puedas facilitarle al menos el camino, quizás puedas buscar para él un milagro, aunque sea de saldo, un milagro pequeñito, de esos olvidados…Libra a este hombre bueno del mal, ya le diste una vez la vida y el pan de cada día, porqué se lo quitas tan pronto.

Padre nuestro…¿Dónde estás?

Eva llora garganta adentro con los ojos secos porque va a perder una de las siete maravillas de su mundo, sabe que su hombre la abraza ya con manos de ausencia, siente un clavar de dientes en la pulpa de su alma y no sabe como embalsamar su dolor… siente como están ardiendo en el hogar de su vida, los troncos de todos sus sueños… y ese humo hace que el aire lo sienta contrariado y espeso y le cuesta respirar. Ella pierde de vez en cuando su mirada y juega con la flor que le pende de una pequeña cadena que siempre lleva al cuello, juega y juega con ella sin parar, mientras siente la sangre corriendo a borbotones por sus venas miedosas. Yo la miro y veo una mujer afligida, regada por regueros de dolor, callada, a veces charlatana y otras ausente, la noto encogida en su propia sombra… ella siente como las entrañas se le retuercen y la estrangulan de tristeza y anhelo. Un dolor desconocido, totalmente nuevo, en un punto indeterminado entre el estómago y el corazón… no sabe qué, la acompaña ahora constantemente.
¡¡Quiero ir contigo donde tú vayas!! Le gustaría decirle a su hombre bueno, pero no puede… ahora no quiere ir con él. No es su momento.

¡¡Dios!! ¿Cómo de fuertes tienen que ser los salmos, himnos y cánticos?

Este, tu hijo bueno…. siente que su crepúsculo está adelantado, esto no entraba en sus planes de vida ni en sus pensamientos… siente que oye constantemente el innoble ruido del reloj del tiempo… ese tiempo que demuestra tanta prisa, mientras él no quiere correr, desde ese día en que su corazón se despeñó por dentro y cayó hasta sus pies sabe que la meta es espeluznante y fatalista. Vemos como se muerde las uñas y se pierde en una especial ensoñación, sin uñas no podrá asirse a ningún sitio, pienso yo, no tendrá agarre. ¿Quizás la fe? Esa fe que tanto necesitaría ahora, no es temor a Cristo, es temor al sufrimiento y a irse de esta, su vida. ¿Ha sido el elegido por Dios, le han señalado por ser el objeto de su amor?

¿Padre nuestro, lleno de gracia, Tú… ofreces socorro, refugio y salvación?

Yo los tengo sentados a mi lado y pienso en el estado anímico que soportan, tan extraordinario… ¿Cuál va a ser su recompensa por los sufrimientos terrenales? ¿Dime Dios? No puedo imaginarte… Como puedes hacerles pasar por la incomodidad de un sentimiento tan malvadamente intenso, resulta exagerado para un hombre bueno. Dios mío, le estás sacando de su cuerpo y de sus sentidos… Deja a mi hermano y amigo en su lugar. Si de verás existes, déjalo estar. Quiero seguir teniéndolo sentado a mi lado, quiero que celebre su cuerpo día y noche, que converse con sus manos y sus pies, quiero que siga siendo hijo y padre, quiero que Eva lo ayude a vivir, quiero sentirle de amigo, le quiero vivo. Déjale estar.

¡¡Dios mío, es un hombre bueno!!

El hombre bueno y herido vigila y vigila su borrador de felicidad, vigila no perder la sonrisa ni el chiste, juega un partido de engaño a la muerte, una hipocresía piadosa a la verdad, no quiere mirar su oráculo ni su carta astral, no quiere hablar de futuro y habla de mañana con palabras vacías. Eva intenta entenderle, adivinar cada gesto de dolor, cada sufrimiento disfrazado de risa, cada lágrima… no pienses, no pienses, le dice Eva con dolor, ya bastante pienso yo.
Pero el hombre piensa… ¿Y la vida no vivida?... ¿Dónde está?... ¡¡No todavía!! Esa vida no vivida es quizás más auténticamente atormentadora que la que está viviendo ahora, duele más…. Poco a poco irá perdiendo…. Perderá el norte y el sur, perderá el surco del deseo y la llave de las palabras… perderá cosas chicas para el mundo pero grandes para él, recibirá sopapos y pellizcos para intentar despertar de ese mal sueño, perderá el aliento y la luz, ahora ama a su mujer y ama a su propia carne, no quiere que sus ojos dejen de mirarla mientras él se encuentra preñado de dolores, este hijo tuyo tiene vocación de vida, y él lo sabe. ¡¡Quiere vivir!!

Padre y Señor nuestro ¿Porqué separas lo que un día uniste?

Yo quiero hablarte Señor, desde este mi lugar, se que eres comprensivo, que tu amor es servicial, que no eres envidioso de los hombres, ni egoísta ni ciego a la verdad, se que eres todo corazón y amor, que no nos guardas rencor. Padre nuestro que sabes de misterios de la tierra y de los hombres, sabes de la vida y de la muerte… Padre, respóndele con una bendición. Tú que tienes también un hijo, sabes de ser Padre, bendice a este hombre bueno y déjale hacer su papel, no vuelvas la cara, no mires a otro lado, mírale bien y déjale correr. Señor que te llaman Todopoderoso….. Es eso que todo lo puedes. Está en tu mano, quizás su salvación?... si Dios es amor, ámanos. Discúlpale de su mal destino. Ten caridad. Este hombre te busca y quiere creerte… quizás sea tarde, pero no te imagino con prisas, tienes toda la eternidad en tus manos, vives allí arriba en tu trono celestial, tienes a tu hijo a tu derecha… ¡¡Ten piedad!

¡¡Padre de todos, qué sea la palabra de Dios!!

Yo no se, yo conozco poco, yo apenas veo, pero siento que el hombre bueno precisa tiempo, necesita tiempo, tiempo sin recato ni reloj, tiempo sin tiempo. Necesita borrar ese susto de su vida, ese garabato de existencia que malvive, necesita una amnistía, no lo cree todavía, que estás llegando a su lado, que su vida es un puñado de sentidos despistados.
Después de todo la muerte es solo un síntoma de que hubo vida, aún es y está. Yo siento la impotencia de no poderle sujetar, que mi recato no me deja acariciar, no encuentro la palabra justa ni esa oración especial, no encuentro un sitio donde esconderle, siento que en su voz ya hay tierra, que es rasposa, que su risa ya no es limpia, que no busca una nube donde subirse, que la meta no se demora, siento que se va, que en sus manos y en su frente se le ha adherido una sustancia negra y pegajosa que le oprime el cuerpo y le dificulta la vida.

¡¡Vamos Padre, intercede por el… dinos el precio, pon penitencias, pero déjale estar!!

Templar de mariposas




Después de la boda su marido resultó ser un hombre calculador y de costumbres fijas en la intimidad. Cada noche, limpio, perfumado y alegre, se sentaba encima de la cama, ponía el despertador con la hora acostumbrada y se acostaba a su lado. Hablaba de alguna rutina del día siguiente, planeaba algún recado y luego empezaba con palabras amables y cariñosas, apagaba la luz, para no turbarla, retiraba la sábana, la acariciaba con moderación y después le ponía una mano en la cadera y le pedía. Ella siempre tumbada, con el camisón subido, él siempre encima; mientras, abajo en la calle iban bailando los sonidos de todas las noches, los ruidos de una ciudad que no la sentía. Embestía. Gemía. Si hubiera querido, ella habría podido contar cada noche las embestidas moderadas, los cambios de ritmo y alguna palabra de rigor, podía adivinar el recorrido de las manos de su marido por todo su cuerpo. Después se tapaba y se dormía. En absoluta oscuridad ella permanecía vacía y aturdida al menos una hora más. A veces se buscaba a sí misma con los dedos. Se lo quiso contar en secreto a una amiga íntima, que le hubiera dicho: Cuando se ama es distinto, pero cómo saber que se ama, cómo explicarle mariposas a una tortuga. Luego de los años ella amó, y fue distinto. Supo esperar, y llegó, no fue tortuga, sabía de mariposas. Una vez, ella sintió de pronto en la nuca, en la raíz del pelo, una especie de agradable punzada interior que irradiaba calor hacia los hombros y las axilas, por eso supo, que fue entonces, sintió la necesidad de apretar las rodillas y esconder su propio secreto. Desde entonces no pudo dejar de mirar su charlatana boca ni sus ojos. No eran pareja, tan sólo dos personas. ¿Conocidos? ¿Amigos? ¿Un acuerdo para un día de otoño? ¿El afecto del atardecer de una vida? Piernas entrelazadas. Las tuyas, las mías. Tú frente a mí y yo frente a ti. Fue el beso. Un hombre y una mujer se aman o no se aman. Tú y yo. Ten cuidado con las palabras no sea que nos toquemos. Fue culpa de las palabras. Yo estoy en calma y tú estás calmado. Con la yema de los dedos te toco la mano: Gracias, estoy bien junto a ti. Tu mejilla es mi mundo.
Pero ¿Cómo empezar una historia de amor?........Ella sabe que si alguna vez acerca su boca a la suya no podrá separarse más, son candidatos a amar, recelan y desean, desean y se sobresaltan a un desconcierto corporal. Ella no es una princesa y el no es un joven. ¿Cómo y por donde empezar a amar? Ella está sentada, él está de pie. Fuera vuelve a llover, la lluvia arrecia y va vertiéndose sobre ranuras negras de persianas viejas, pule cristales de ventanas cerradas que guardan secretos, cae tan fuerte que hace saltar la tierra de las macetas, la calle húmeda y vacía, la luz vacilante, la habitación pequeña. Algún canalón de la casa ronca y se ahoga como un viejo con un mal dormir… cae un manto de agua sobre el patio, brillan las aspidistras y ella no puede dejar de mirarle y oírle. ¿Cómo empezar en este momento una historia de amor? Ella está de pie y él sentado. Está aturdida. Está aturdido. ¿Estás bien? El sigue probando a hablar, a contar, ¿Qué contará?......él nunca para de hablar, mientras habla, ella alarga el brazo y coge la taza de la infusión, huele a anís y él se estremece porque el calor de su pecho casi le ha rozado la espalda. Ahora mismo tengo que quitarle ese nudo de temor, piensa ella, agarrada a la taza. Está caliente y sabe que se va a quemar. Ella le roza, sonriendo con los ojos, y le pide algo, pero algo así: ¿Te casarías conmigo?... Todas las veces, responde él. El hombre le besa los párpados y le va desabrochando los corchetes demasiado tensos del vestido… lleva pintado amapolas. Y llegó el contacto, un tímido abrazo, en parte por la soledad de la carne y en parte por afecto, mucho afecto. Después, ella apagó la luz y los dos se desnudaron con pudor, en total oscuridad, a ambos lados de la cama. Se encontraron a tientas. Ella sintió que tenía que enseñarle, a pesar de su edad, parece que tú sabes más, se dijo. Él no se debe enterar, del tiempo que ha perdido ya, ella no es libre y él no es un trasto viejo, pero sí siente una enorme ansiedad de amarla. Se enseñaron, imaginaron y jugaron. Una erupción de júbilo inundó el lugar, se sintió rodeada por una placenta de mar. Se acabaron las mariposas y la tortuga: se supieron. Vientre contra espalda y vientre contra vientre y hombre y mujer, ellos jugaron a jugar. Se miraron, con ojos de mirar, con los ojos de la carne, los ojos del espíritu ahora están cerrados, no quieren ver llegar la vejez, no quieren que se apague el deseo de la carne, la pasión no va a convertirse en cenizas. Su mirada está alerta y despierta pero los ojos del espíritu están cerrados. Si los abriera solo un instante, sentiría vértigo y se caerían. Los ojos de la carne desean, el ojo del espíritu se consume, él no debería estar aquí y el qué no está no está.
Si pudiéramos verla, sería interesante saber en qué está pensando ahora, por qué tiene esa misteriosa sonrisa de gata adormecida y satisfecha, satisfecha de jugos nocturnos, sabía que ahora reirían todo el rato por nada, solo tendrían que encontrar algo que empezar a contar, él contaría en susurros, contarle su vida, sus días y sus ganas de amar. Deben ser susurros, entre susurro y susurro se encuentra un beso, una caricia, una mirada y una ilusión. Si pudiéramos pediríamos deseos, ¿verdad? ¿Qué deseo? ¿Qué más podría desear, que amar? Se contaron cosas, como escribiendo palabras, borrándolas y escribiendo otras encima. Poniendo títulos, subrayando con miradas y suspiros. Jugaron y escribieron persiguiendo vocablos. ¿Y si no se cumple mi deseo en la vida, que haré toda la vida? He perdido tanto que me da miedo, me siento llena y vacía. Con él, así, siempre llena hasta aquí. Bajo la lluvia,

La ciudad entera desconoce su historia, desconoce su amor y desconoce esas horas de espera. Siguen susurrando mil y una historias. Le cuenta de encantamientos, de amuletos y de sueños. Ella mete su mano entre el heno de ese pecho envejecido, recoge paja e intenta hacerse un nido. Quiere ser golondrina ¿La dejará el tiempo, los dientes del tiempo? Llegará el mordisco, no perdonará, el tiempo no lo hará; no entiende las brasas de mi noche ni la vergüenza de mi día, mi sangre convertida en miel caliente, espesa. Intenta callar para que su silencio le hable, para que le cuente que ha estado aquí y allá, has buscado y has llegado, éste es tu lugar. Y cuando languidezca el día, se vaya la lluvia y se seque la humedad, lo sabrás. Has llegado. Estás aquí. Una tortuga la supo.

Me quedaré aquí.

Mi mujer y mis hijos se han ido a pasar el día fuera, al campo; los niños querían pasar un día con sus primos en la piscina… el calor en la ciudad es sofocante. Yo he preferido quedarme y gozar del silencio y la quietud… de esta libertad que a veces siento que me roban, siempre rodeado y compartido. Y leer, tener tiempo para leer en soledad, un lujo que cada día valoro más…el delicioso lujo de leer en silencio, con la casa a solas.
He estado un rato delante del ordenador, abriendo correos de amigos… pero el tiempo así pasa corriendo, no me interesa que se acabe este domingo de julio en el que tengo la oportunidad de estar solo conmigo, no es que me guste la soledad, no… es la saturación de estar siempre acompañado la que me hace desear tanto un rato a solas y en silencio. He abierto un correo de Juan, mi hermano…. Me cuenta que ha estado unos días en casa de mis padres en el pueblo, pasando las fiestas de verano; la casa está vacía desde que ellos murieron pero nos cuesta deshacernos de ella y está como la dejaron… casi viva. Aún tiene algunas plantas que asimilan las pocas atenciones que les ofrecemos, el buzón sigue atendiendo al cartero, las lluvias de este invierno han herido los patios y el tejado, pero nada que sea irreparable, todos vamos de vez en cuando a pasar algún domingo allí. Juan me manda unas fotos que ha encontrado en algún cajón de la cómoda de mamá… Una me llama la atención, estamos todos, mi madre me sostiene en brazos y ella y mi padre dirigen hacia mí seriamente la mirada, también se prestan a la cámara mis hermanas y mi hermano. Siempre me gustaron los rizos de mi hermana Lola. Todos estamos muy serios… como asustados, era la seriedad del momento… no conocía esta foto ni tampoco reconozco el lugar que aparece al fondo. También hay una en la que estamos sentados mi abuelo Martín y yo en el umbral de la puerta de casa con la perra que llenaba de ladridos mi infancia… “loba” se llamaba, todavía recuerdo como nos vigilaba siempre de pequeños a Lola y a mi. Hay otra que si la conozco, estamos de pie delante de la casa, debía ser un día de fiesta porque los balcones están engalanados y mi madre está muy arreglada, mi padre luce un traje oscuro demasiado corto y Lola y yo les damos la mano, soy el único que sonríe en la foto, mis hermanos mayores no aparecen. Me ha escaneado otras del día de mi boda, en la calle con los vecinos… Julia aún lleva el velo y el ramo de flores, creo recordar que le llevamos el ramo a su abuela al cementerio, era algo así como compartir con los que no están la propia felicidad, nunca entendí esa costumbre como tantas otras, pero la acepte como acepté las demás. La última es de mi primera comunión, aparezco tieso y engalanado con una vela en la mano, me trae recuerdos de rabia y vergüenza, me veo entrando en la iglesia acompañado de mis padres y hermanos, siento como me medio arrastran por el pasillo enfurruñado e impotente. No ocultaba el berrinche y me sentía confundido, no sabía muy bien porque me sentía así. Solo me encontraba metido a la fuerza en un traje que no era para mi, vestido de marinerito con el pelo repleto de brillantina y totalmente engalanado. Al igual que mis compañeros asentía ante la palabras del párroco, incómodo y concentrado…esperando recibir la primera comunión, ansioso por probar la hostia. Recuerdo haberme puesto en la fila, llegar delante del cura, cerrar los ojos fuertemente y apretar mis manos en forma de plegaría mientras mis labios decían la palabra “Amén”… la esperanza que tenía en el cuerpo de Cristo se esfumó, no sentí nada especial, seguía igual de incómodo y nervioso. Entonces la vi, en el banco de enfrente, en el de las niñas estaba mi hermana Lola, preciosa… toda de blanco, radiante… con su corona encima de esos rizos tan maravillosos, su medallita colgada del cuello y su mirada baja, allí quería estar yo, en el banco de las niñas, todas llenas de luz con su camisita y su canesú. Hoy, muchos años después… al recordar aquel momento dos amargas lágrimas me empiezan a resbalar por las mejillas.

Esas fotos me han llevado a recordar mi juventud, mis días pasados… llenándome de nostalgia y de impotencia. Fui un niño feliz, de los de antes, cuando nadie se planteaba la felicidad infantil, solo crecíamos como podíamos, en casa nunca faltó de nada pero tampoco sobró. Mi madre fue una mujer muy dulce y cariñosa que debió enamorarse de aquel muchacho apuesto, tímido y varonil pero con poco futuro, que le pidió un día acompañarla al paseo y desde entonces nunca se separaron. Fuimos naciendo los hijos, ellos trabajando y llevando una vida sencilla, acompañando a los abuelos hasta los últimos días y sintiendo cansar sus cuerpos poco a poco. Siempre fui debilucho y enfermizo, al contrario de mi hermano que había heredado el tipo moreno y fuerte de mi padre y mi abuelo, yo siempre he pensado que fui un hombre impar… era sensible como mi madre, de piel blanca y dulces ojos, de bonitas maneras y como ella, tenía los labios siempre dispuestos en una sonrisa golosa. También es cierto que al principio de mi adolescencia, cuando ya empezó a asomarme un ridículo bigote en mi cara, me cambiaron la voz y las formas, esos rasgos femeninos fueron difuminándose, hasta casi desaparecer. Solo yo sabía que estaba ahí.
De pequeño jugué con los niños en la plaza, a los juegos de antes…. A las canicas y al trompo, a las carreras y a las pedradas…con las niñas me gustaba sentarme en un escalón a escuchar sus enfados y sus sueños, pero nunca jugué a pelotas, tampoco sostuve en mis brazos a una muñeca. Mi padre me regaló una espada y un escudo de cartón plateado que casi no recuerdo haber usado, lo cogía cuando lo veía llegar del campo porque sabía que eso lo haría feliz, peros sentía tanto aburrimiento que poco a poco fui dejando de lado la espada y el escudo y queriendo acercarme a mis hermanas en sus juegos. Me volví un niño callado y estudioso con una adolescencia normal, fuimos a estudiar a la capital mi hermano y yo, de vacaciones al pueblo…entonces ni siquiera soñaba con ver el mar… y fui el único que consiguió ir a la universidad. Estudié magisterio y a los veintitrés años me casé con Julia, también maestra como yo. Fue la única mujer de la que creo haberme enamorado, nunca me he fijado en otra, tenemos dos hijos y una rutina formada, sencilla y creo que feliz.
Como tantos seres humanos, yo también guardo un secreto relacionado con mis sentimientos más íntimos, que solo dejo aflorar cuando estoy solo como hoy, cuando nadie me observa y nada se espera de mi, cuando busco el momento para ser lo más sincero de mi vida, para ser mi verdad y la de nadie más. Para ser yo.
Estos últimos años se ha empezado a pensar y a hablar de una manera más abierta de la tolerancia, de esas teorías sobre la sexualidad, sobre la libertad del individuo. Se han empezado a abrir cajones de los armarios y a salir sentimientos que llevaban allí escondidos muchos años. Cuando escucho estas noticias o veo celebrar en mi ciudad el día del orgullo gay, o algún reportaje sobre el artista de moda que ha declarado abiertamente su original tendencia sexual, cuando escucho todo esto siempre pienso si no existirá en mí una homosexualidad apresada y cautiva, vencida y reprimida por la imposición de una cultura, de una familia, de un lugar… el que ocupo. No he hallado respuesta, tampoco quiero preguntarme más. Es cierto que desde un principio mis relaciones sexuales con Julia han sido relajadas, exentas de toda pasión, existe un cariño inmenso, es la madre de mis hijos y mi compañera. Pero mi urgencia de carne femenina ha sido escasa, prudente siempre con lo ajeno… me he limitado a mi mujer y ni siquiera despistadamente se me van los ojos hacía una alumna o una chica que vaya paseando por la calle y sus formas femeninas hagan volver las cabezas de los que me acompañan. Con Julia soy familiarmente feliz… pero su enamoramiento careció del entusiasmo y la total entrega del mío.
Pero, algo que no me puedo explicar es un deseo que me aparece en cuanto tengo la más mínima oportunidad… como hoy. Me he quedado solo y encuentro un excitante placer en ponerme alguna prenda de mi mujer, darle color a mis labios con algún carmín que tenga Julia en el baño… y sobre todo las medias. Es enorme la satisfacción que encuentro en meter un pie en una de sus medias y notar el frescor y la suavidad del nailon mientras mis manos juegan con ella. Suelo hacer como ahora, a media tarde cuado el sol se ha alejado de la terraza, me asomo vestida así…. Pero siempre detrás de los visillos a ver la gente pasar, vestida de Julia y sintiéndome verdaderamente yo como no me he sentido nunca.
Ese es mi secreto, el de mis sueños… siempre que estoy solo cierro los ojos y sueño mi piel fina y sedosa sin vello, mis cabellos son los rizos que tanto envidié a mi hermana, mi cuerpo delgado se contonea sin demasiado disimulo mientras camino por el salón, y me excita mi propia carne como no me ha excitando ninguna. Me quedo aquí, en mi soledad, con mi secreto y mi silencio… pensando que ya es tarde para mí, que he perdido la llave de mi armario y que no puedo salir. Me quedaré aquí…………sigo siendo el niño asustado metido en un traje que no siente y buscando con los ojos en la pila de agua bendita una paz que no encuentro. Sigo solo.



Águeda












Águeda nota que amanece por los reflejos de la claridad en el cristal…. Sus ojos aún no quieren acostumbrarse a la oscuridad… de noche sueña con escarabajos muertos, infinitas variedades de hormigas e insectos de todas clases… nunca sueña con mariposas ni soles… Le sorprende estar rodeada siempre de tantas criaturas vivas zumbando a su alrededor, ella siempre está sola, aunque está entre ellos. Águeda se siente cada vez más ligera por dentro, en su boca siente el sabor del mundo y de la tierra, mientras sus ojos lo van olvidando… pasan los días y solo ve ese cristal y la vida de Manuel reflejada en él.
No sabe si reír o llorar, pierde la noción del espacio y no puede caminar ni tiene la más remota idea de dónde está… siempre tiene delante su silueta en el cristal. A veces siente los párpados muy pesados y no se siente capaz de cerrarlos, quisiera descansar un poco.

Sabe que es primavera y lleva lloviendo varios días seguidos…. Los nuevos brotes de limonero del patio toman un color verde más intenso e invaden de sombras su visión… Las hojas resplandecen bajo la lluvia… sabe que hoy es martes. Quisiera salir del cuadro y pasear por el camino que sube la cuesta hasta el depósito de agua y esperar la salida de miles de amapolas que cubrirán el suelo.
Manuel ya no es un cuerpo joven, pero se mantiene fuerte y derecho… Lo ve multiplicado en todos esos reflejos del cristal de su retrato….De noche ve su rostro aquí al lado, a oscuras, sus ojos cerrados…. ¿Manuel? Mírame, escucho mi propia respiración y de repente escucho la tuya… Quisiera salir de aquí, caminar un poco por la casa y buscar la cama, tumbarme en tu lado mirando hacía la pared y oler la almohada para sentir el cálido olor de tu pelo, meterme en el hueco que has dejado entre esas sábanas. Por la noche mientras Manuel duerme, Águeda sigue escuchando el tic-tac del reloj de pulsera que él guarda bajo la almohada con sus sueños, sabe de su respiración, de sus ruidos y movimientos.
Sufre al verle tan solo, calentando su café y atendiendo la casa que hasta hace poco era de los dos. ¡¡Manuel!!........dijo por segunda vez y su voz no llegó a ninguna parte…. Su silencio sigue oscuro.¡¡No llores, no llores, no llores!! sufre al verle un poco abandonado, quisiera decirte que ha de cortarse el pelo y afeitarse, que no beba tanto, que deje de sufrir por esa ausencia tonta, que lo espera pronto.
Águeda sabe que la vida junto a Manuel ha sido dura, pero ha sido la suya. Han sufrido muchas estrecheces entre las calles de ese pueblo, pero han tenido una casa a la sombra del depósito y un limonero en el patio. Han tenido tardes de sol e higos frescos envueltos en las hojas de las parras, han tenido fiestas y procesiones, han tenido dos hijos y miles de días y noches. Ella le recuerda subiendo la cuesta contento, quizás un poco borracho, pero eran disculpas de hombres. Al entrar en casa, él la atraía hacia si…. Su aliento olía a alcohol, y su pecho rezumaba aromas dulces del campo…. Acomodaba su cuerpo entre sus brazos y tomaba sus besos y caricias borrachas, besaba su pelo rubio una y otra vez, mientras le acariciaba los pechos por encima del vestido.…. Cuando más borracho volvía más la quería…. Todavía siente sus brazos cálidos y pegajosos alrededor de su cuerpo. No entiende como alguien la ha arrancado de allí, que algo por estúpido o incluso cruel que fuera la haya llevado tan lejos y tan cerca de Manuel…. Ahora se siente una intrusa allí, dentro de ese retrato. Sabe que alguien está convirtiendo poco a poco en cenizas lo que hasta el presente ha sido su razón de ser, su existencia al lado de Manuel.

Son las ocho de la mañana, todavía es temprano pero para un hombre mayor, la mañana, como todo lo demás, ya no tiene el mismo significado que antes. Sabe que Manuel se siente más solo que nunca y eso la va matando… el dolor le hace sentir muy desamparado…. Mira como él se prepara el café en la hornilla que ella ha usado tantas veces…. Lleva la cabeza agachada, le siente muy triste y muy solo….¡¡Manuel!! ¿Cómo estás?... le mira las manos rudas y estropeadas… Mientras corta rebanadas de pan duro…. Las corta muy finas con la navaja que guarda en el bolsillo. Siempre lo hace, acostumbra a cortar el pan duro en finas láminas apoyándose en el vientre para luego utilizar ese pan en la sopa de la cena… Ya sale el café y lo sirve como lo hacía ella, en un vaso chato de cristal mil veces fregado con mucha azúcar…. Sale al umbral del patio y se queda allí quieto, mirando y soplando el café……..le ha caído una gota de lluvia en la mejilla, y se la seca con el dorso de la mano.
¡¡Qué complicado es vivir!!
¡¡Qué complicado es morir!!
Les ha quedado tanto por decirse que necesitarían más vidas. Han sido demasiado callados, demasiado extraños el uno para el otro, han tenido su alma cerrada todos estos años que han estado juntos, aún recuerda nerviosa el día de su boda, rodeada de tanta gente y sabiéndose hermosa, realmente hermosa…. tuvieron sus hijos, trabajaron juntos y pasaron años. Ahora los hijos se han ido y ella no está, Manuel se ha quedado solo, ella cuando lo mira sabe que se le acaba el tiempo…. Siente una enorme tristeza, ahora sabe que lo ha amado siempre, pero nunca se lo ha dicho…Se ahoga detrás de ese cristal sin podérselo contar. Quisiera estrujar tanto la tristeza hasta hacerla una bolita que pasee por sus venas y escupirla tras el cristal. ¡¡Manuel!!... te amo. Ahora entiende lo que no ha sabido entender cuando estaba viva, eso que la gente llama amor, el deseo de estar con alguien las veinticuatro horas del día el resto de su vida, un deseo tan vehemente que a veces asusta, pero también sabe que ella ya no tiene vida.
Manuel mira el retrato de Águeda, la mira con tristeza y sin saber donde encontrarla, se siente tremendamente solo desde que se ha marchado…. Al mirar su retrato quiere chillar de emoción y miedo. No quiere volver a recordarla enferma y sufriendo, dolorosa y fría, tantos años de enfermedad la fueron achicando y afeando. Perdió su pelo y el azul de sus ojos entre dolores. Quiere recordarla divertida, rubia, agradecida, dulce, amarga, salada, cosquillosa, picante, caliente y tibia… no quiere verla quieta y muerta como la última vez que la vio, como en ese retrato que se hizo ya estando enferma, vestida color gorrión y con la mirada ausente. Sabe que Águeda le espera en algún lugar…. Y quiere irse pronto, porque la soledad de Manuel está sola… Águeda se ha llevado su memoria, su modo de ser, su aire, su adiós y su vida.
¿Águeda?... le dice Manuel mirando al limonero del patio, siempre tuve miedo de perderte y no supe decírtelo, ahora solo puedo traerme un recuerdo y soñarlo… Manuel sigue soplando su vaso de café y pegando sorbos, pero Águeda no puede oírle detrás del cristal del cuadro… Águeda lleva un tiempo muerta y ha dejado a Manuel solo. Él tiene preparado ya su hato de vida, sus ganas y sus cansancios, sus eternos silencios vivos y sus abrazos vacíos…. Manuel quiere seguirla y encontrarla, el dolor que arrastra desde que se fue ella le sigue en la soledad…. Un suspiro, un pequeño suspiro de niña se escapó de los labios de Águeda y murió tranquila, desde entonces la casa quedó baldía y como en ruinas, ella le espera detrás del cristal y sabe que se reunirán pronto, entonces intentará explicarle cuanto le quiso, ahora sabe que debe hablarle, que no debe encerrar tantas y tantas palabras en su alma de mujer de pueblo, de mujer callada, Águeda sabe ahora la importancia de la palabra y el gesto, el dolor que hace el silencio. Ella se ahoga detrás de ese retrato muerto y gris, quiere dejar de verle cada mañana despertar y está cansada de no poderle hablar. Águeda siente que está muerta y no lo puede soportar.

Mi padre




Porque le tengo y porque le pienso
Porque le siento tremendamente
Porque es otra de las siete maravillas de mi mundo
Porque ya fue hijo y siempre será padre
Ahora ya es abuelo, el único abuelo
Porque desde pequeña, siempre tiene mi alma en vilo
Porque hay muchas noches que me tiene de ojos abiertos
Porque es mi padre
Porque duerme en mi almohada y entra en mis sueños
Ahora siempre es un sillón lleno y la bienvenida
Es también un hijo de mi madre y se le ve pequeño
No sabe envejecer y siempre, siempre, siempre será bello
Siempre cara de niño, limpio y peinado
Es blancura…… y limpieza, es mi hogar
Es olor a colonia fresca, tranquilidad y prudencia
De arena, tierra y cemento tiene la sangre
Y de eso mismo me hizo el nido…. Para ser su niña, la primera
Quisiera acordarme y sentir sus abrazos de chica, pero no llego
Mi padre es un abrigo oscuro y una cosquilla en mi mano
Son tardes de Exin Castillos y buchitos de café
Son sorpresas de cacahuetes que salen de su bolsillo
Mi padre es llevarme a una procesión de pueblo y ser el más guapo
Entonces eran sábados de futbol en casa y tiras de bacalao
Será siempre algo dulce después de la siesta
Mi padre son jaulas de pájaros, chismes y un cuartillo
Es la constancia de que le gusta el mar… y no lo ha disfrutado
Siempre sabré que lo ha hecho lo mejor que ha sabido y un poco más
Que no ha podido tomarse la vida a la ligera, porque la suya pesaba
Mi padre es un pañuelo en la cabeza y cuatro esquinas con nudos
Es un llegar cansado y pedir crema en las manos
Mi padre es un nudo en mi corazón
Es la ironía, la paciencia y media sonrisa
Son miles de cosas sin expresar, es mucho silencio
Mi padre siempre ha sido un enorme respeto y mucho más
Es el padre que sabe querernos a todos por igual, siempre un lugar
Para los cuatro, es Papá
Para nosotros es una alarma, un cuidado eterno, un objetivo y una misión
Mi padre es el que siempre ha dejado a mi madre cantar, sin meterse en lo demás
Ha sido su compromiso y su lealtad
Es pura fidelidad y no mirar a nadie más…. Es su orgullo y su pasión
Mi padre son miles de lágrimas y sentimientos
Para mí siempre será un quedarme mil cosas por hablar
Un quisiera conocerle más….faltarme tiempo
Una necesidad
Es la pena de no parar el tiempo que le muerde los miembros y le da tantos temores
Mi padre es la impotencia de no poder quitarle sus dolores… de no parar esa vejez
Es una de las certezas de mi vida, la certeza de haberle tenido y querido
Algún día será un sillón vacío y mi destino será buscarle por mis rincones
Saber que siempre le tendré y que me esperará donde esté
Saber que siempre será
Mi padre es él

jueves, 10 de junio de 2010

Confusión de sentimientos

Desde esa noche en que ese hombre al que él reverenciaba entre todos, le abrió su destino, como se abre un recio caracol, desde esa noche, todo lo que nuestros escritores y nuestros poetas nos refieren de extraordinario en sus libros, y lo que las obras teatrales ocultan entre bastidores, como si fuese demasiado trágico para la luz de proscenio, le pareció infantil y sin importancia. Desde esa noche su vida cambió.
¿Es por indolencia, cobardía o insuficiencia de visión que todos se limitan a diseñar la zona superior y luminosa de la vida, en la que los sentidos actúan abierta y legítimamente, en tanto que, abajo, en los sótanos, en las cavernas profundas y en las cloacas del corazón se agitan, despidiendo fosforescentes resplandores, las bestias peligrosas y reales de la pasión, acoplándose y desgarrándose en las sombras, bajo todas las formas de la mezcolanza más fantástica? ¿Están asustados por el aliento, quemante y devorador, de los instintos demoníacos, por el vapor de la sangre ardiente? ¿Tienen miedo de ensuciar sus manos demasiado delicadas en las úlceras de la humanidad, o bien sus miradas, habituadas a claridades más mates, son incapaces de conducirlos a esos peldaños resbaladizos, peligrosos y repugnantes de putrefacción? Y, sin embargo, el hombre que sabe no experimenta alegría igual, a la que se encuentra en la sombra, estremecimiento más poderoso que el que congela el peligro, y par él, ningún sufrimiento es más sagrado que el que, por pudor, no se atreve a manifestar.
¿Dónde se oculta, detrás de qué máscara, se encuentra el rostro de Eros?
Hay vidas que se arrastran durante eternidades, como una babosa, dejando a su paso un rastro viscoso de glacial espanto. Una vida de asco, de limo, de horror, de fantasmas, de pocilgas llenas de humo y de turbias luces. Hay vidas que soportan, en esos resbaladizos caminos todas las humillaciones, todas las vergüenzas y todas las violencias... Y a veces la voluntad debe tenerse como acero, para ocultar esa duplicidad de la vida diaria, para hurtar prudentemente a las miradas extrañas ese secreto tan aterrador como la cabeza de Medusa. Gozo sin placer, ansiedad que ahoga; y poco a poco se vive honda, oscurecida y tímidamente oculto en sí mismo. Ahora sabe que le amó desde la primera vez que le vió, jamás había oído a un ser humano hablar con tanto entusiasmo y de un modo tan realmente cautivador; asistía por vez primera a eso que los romanos llamaban raptus, es decir, al vuelo de un espíritu por encima de sí mismo. ¿Qué temblor flanqueó ese umbral de su piel por primera vez?
Podría haber bailado de alegría, de orgullo, de felicidad; su secreto quizás rechazado y profundamente oculto. Cuando se acercaba... poco a poco sus pupilas, que por lo general sólo tenían color por intermitencias, como un fuego a eclipses, se llenaban de ese azul claro y pleno del alma que, único entre todos los elementos, puede formar la profundidad del agua y la profundidad del sentimiento humano. Y ese azul brillante ascendía desde el fondo de sus pupilas, avanzaba, penetraba en él; sentía que la onda ardiente que de ellas emanaba, atravesaba blandamente su ser, se expandía ampliamente en él y concedía al alma una alegría vasta y extraña: todo su pecho se había dilatado bruscamente ante el chorro de esa potencia y sentía florecer en él una gran fiesta.

El joven, límpido y hermoso, estaba a su lado oyendo su voz, temblar de repente, se inclinaba hacía él, tan cerca, que su aliento se deslizaba sobre su rostro. Nuevamente sentía el calor envolvente de sus miradas, nuevamente sintió esa extraña luz, como... como en esos raros y singulares segundos que se producían entre los dos.
Ese hombre pleno de amor murmuró muy quedo, moviendo apenas los labios:
- Yo... yo... también te amo.
Comprendió entonces, completamente turbado la ternura con la cual venía hacia él y su brusca defensa, el amor siempre lo había sentido en él, tierno y tímido, ora desbordante, ora nuevamente trabado por una fuerza todopoderosa, ese amor lo había gozado con él en cada uno de sus rayos fugitivamente caídos sobre sí. Empero, cuando la palabra “amor” fue pronunciada por esa boca de pez, con un acento de sensual ternura, un estremecimiento a la vez dulce y aterrador pasó ruidosamente por sus sienes. Y, a pesar de la humildad y de la compasión en que ardía ante él y por él, su joven ser, completamente turbado, tembloroso y sorprendido, no halló una palabra para responder a su pasión, que se revelaba a sí de improviso. Aquí, un hombre se revela en su más absoluta desnudez, aquí un hombre desgarra lo más profundo de su pecho, dispuesto a dejar al desnudo su palpitante corazón, envenenado, consumido y supurante, mediante un salvaje acto de flagelación. Únicamente alguien que ha tenido vergüenza, que se había encorvado y ocultado durante una vida entera, puede, con semejante embriaguez desbordante, descender hasta lo implacable de tal confesión. Trozo a trozo, un hombre arranca su vida de su pecho, y en ese momento, ves por primera vez, con trastornados ojos, las inconcebibles profundidades del sentimiento humano.
Nunca ese hombre, que empezaba a envejecer, había visto un afecto puro, agotado por las desilusiones, desgarrados los nervios por esa terrible caza a través de las espinosas marañas, pensaba ya con resignación que su existencia no era sino una ruina. Hete aquí, que entonces, el amor entró apasionadamente en su vida, ofreciéndose jubilosamente a sí mismo, en sus palabras y en su ser, al profesor envejecido, dirigiendo todo su ardor hacia él, que estaba aterrado ante ese milagro que ya no esperaba vencido y sin comprender, llenando su vida de aquél mensajero de juventud, un ser hermoso con sentidos apasionados, ardiendo con él y por él.
Un ser humano no podía hablar de esa manera más que una sola vez en su vida a otro ser humano, para callar luego para siempre, tal como se dice en la leyenda del cisne, que únicamente al morir puede, únicamente una vez, elevar hasta el canto la ronquera de su grito. Y él acogía en sí esa voz que ascendía cálida, inflamada y penetrante, la acogía estremeciéndome dolorosamente, como recibe una mujer al hombre en su ser...
En esa claridad confusa, le atrajo hacía sí, sus labios apretaron ávidamente los suyos, en un gesto nervioso, y en una especie de trémula convulsión se mantuvo apretado contra su cuerpo. Fue ese un beso como nunca recibió de una mujer, un beso salvaje y desesperado como un grito mortal. Su alma se abandonaba a él y sin embargo estaba espantado hasta lo más profundo de si mismo por la repulsión que había en su cuerpo al hallarse en contacto con un hombre, espantosa confusión de los sentimientos. Se soltó, entonces, para siempre... se adueñó de él una compasión infinita, su ronca y sorda voz, a través de las manos crispadas que ocultaban su rostro...¡¡Vete!! ...No, no te acerques... ¡¡Por el amor de Dios!! ...¡¡Por el amor de los dos!! ... ¡¡Vete, ahora!!
Nunca volvería a verle... pero todavía hoy después de tantos años, siente que a nadie ha amado más que a él.

Hombre lento

Es un gran libro porque es una gran historia. Otra vez el destino teclea en su esotérica máquina de escribir, la historia de algunas vidas. El hombre del muñón, que se despierta en un capullo de aire muerto y comienza a ser víctima de una pasión inapropiada. La ambulante señora balcánica, Marijana, una amarga y fría Dulcinea; Elizabeth Costello, que viene a desafiar y necesita un inhalador; Marianna la de las dos enes, que se pone el vestido del revés. Todos vienen a demostrar lo extravagante y pintoresco que es el pensar, que a uno le van a mandar una notificación avisando de cuando le llega la hora. La hora supuesta en que tu vida cambia, para ya nunca ser la misma, para desordenar tu alma.
Coetzee, nos monta en bicicleta, sentimos un terrible impacto y nos hace perder una pierna; todo eso para hacernos saber, que caminar en esas circunstancias, no es divertido; pero también debemos saber que después de cierta edad todos hemos perdido una pierna, más o menos. La pierna ausente no es más que una señal, o un símbolo o un síntoma, de hacernos viejos, viejos y poco interesante.
Así que ¿de qué sirve quejarse? ¡Escuche! No consuma sus propias penas............le dice a gritos la señora Costello al hombre del muñón. Ella quiere saber sobre un problema de corazón, pero no cardiaco. Necesita averiguar qué pasa cuando un hombre de sesenta años compromete su corazón de forma inconveniente. Ella le da opciones que él no quiere oír. Él no quiere escuchar su Tic-Tac con los ojos cerrados, junto a señoras con vestidos del revés, él sabe que no puede querer a Dios sobre todas las cosas; él ama a Marijana sobre Dios y sobre todas las cosas. Hay una “blessure” en su viejo corazón, que el destino no quiere curar; entiende y comprende que no puede cuidar a unos seres que no le pertenecen, pero no puede evitar amarla profunda y tiernamente; con un enorme respeto, necesita esa “copina” para sus últimos días.
Coetzee, intenta que el hombre del muñón sepa, Costello intenta que el hombre del muñón sepa, Dios intenta que el hombre del muñón sepa; que perder una pierna o perder a Marijana, no es más que un ensayo para perderlo todo. ¡¡Vamos, da una patada al suelo!! Toma decisiones, Paul; no desarrolles carácter de tortuga, ella se pasa una eternidad husmeando el aire antes de asomar la cabeza. Cada bendito paso le cuesta un gran esfuerzo, no, eso no. Don Quijote no se trata de un hombre que se queja de lo aburrida que es la Mancha. Trata de un hombre que se coloca un bacín en la cabeza, sube a su viejo rocín y parte a emprender grandes hazañas.
Que difícil, seguir conservando la sensación de ser un alma con una vida espiritual completa, a la vez, que sentirse un saco de sangre y huesos con el que está obligado a cargar. Paul, un animal tullido, pasa por un terrible momento, desesperanza, desánimo, no quiere pensar, no quiere reflexionar. ¿Son los movimientos de las partes de su cuerpo puramente caprichosos? Para él todo se reduce a una cosa, un solo movimiento: la inflamación del alma, la inflamación del corazón, la inflamación del deseo. ¿Qué sabe el deseo de mutilaciones o de compromisos inapropiados? Nada, el deseo de eso, no sabe nada.
En “Hombre Lento” asistimos a la colisión de la coexistencia de dos planos distinto ¿El hombre del muñón puede ser un personaje de ficción dentro de una novela? ¿Elizabeth Costello, es un Dios sin piedad? Continuamente el autor sugiere que Paul no es más que una marioneta ¿Quién mueve los hilos? ¿Coetzee, Dios o la señora Costello? Una impresionante e inteligente novela, cargada de sentimientos auténticos, que habla de sufrimientos, de lo que los sufrimientos pueden enseñarnos. Cuenta sobre Eros, sobre el deseo, y lo inevitable del deseo, sobre la naturaleza del amor y sobre la soledad humana. Fría, concisa, precisa e inmensamente poética, sin necesidad de muchas palabras solo alguna voltereta literaria. Excelente

El edificio Yacobián

Nos vamos unos días al Cairo……………….a conocer los últimos setenta años de la historia de Egipto. No buscamos en libros ni en documentales, no, no. Alquilamos un chiquito cuarto en el Edificio Yacobián. Nos mudamos a una de las avenidas más importantes de la ciudad. Un edificio impresionante, diez plantas, ocupa tres esquinas de la calle, un enorme garaje trasero y una azotea con cincuenta pequeños trasteros que se alquilan como viviendas. Quizás sea la mejor manera de conocer un país lleno de contrastes, la discriminación de la mujer, o las dificultades de los jóvenes para ascender en la escala social.
Llevamos a la sociedad egipcia al internista y le hacemos una radiografía, en la que rompe los tabúes y detalla sin tapujos la corrupción, el sexo, la represión policial, la miseria, el fanatismo y la hipocresía moral y religiosa. A veces la realidad no es agradable, claro que no, solo es soportable. Así lo viven la mayoría de los vecinos de esta azotea, que brilla solo por la enorme vida que respira. Todo es un gran latir, en el que existe más ternura que amargura.
Es un verdadero placer compartir sus vidas unos días, viviendo con ellos, en uno de esos pisitos de dos metros cuadrados con paredes y puertas de metal, donde la vida se hace más, fuera que dentro, donde corren niños y gallinas por la azotea, donde los hombres fuman narguiles y charlan en las noches calurosas.
Allí conocemos a Zaki Bey, un anciano hedonista, alcohólico, cosmopolita y mujeriego. Busayna Sayed, una bella joven que se deja toquetear a cambio de unos billetes. El culto Hatem Rechid, con una sexualidad trastocada por una infancia solitaria y gratificada en el suelo y por la espalda, que pasa sus noches depredando en bares. La intriga política la conocemos a cargo del empresario Hagg Ezzan, que juega con droga y algo más. El corte de aspiraciones nos lo enseña Tahe Shazli, el hijo del portero, con una vida frenada por la portería y llevado de cabeza al fanatismo y al matrimonio. Ha sido una bonita experiencia conocer a esta gente y sus costumbres, sorprende la agitada vida sexual de los vecinos, a pesar de la religiosidad y el obligado decoro en la mujer. Todo no es lo que parece.
Pasar unos días en la calle Suleimán Pacha, en la azotea del edificio Yacobián es como aceptar la invitación de algún vecino de 13 Rue del Percebe, pero en serio. Yo me quedo con la única historia de color de la azotea, una historia de verdadero e increíble amor, una historia de “La vie en rose”, con música de Edith Piaf. Busayna pensó que lo que estaba sucediendo entre ella y Zaky Bey era algo extraño e inesperado. En su interior quería escapar del amor que sentía. Deseaba quedarse con él para siempre, cuidarle, respetarle; ¡Cómo le gustaba su cara de anciano cuando la escuchaba atentamente, le contaba sus historias y le hablaba bajito! Los sentimientos hacía él habían ido creciendo en fuerza hasta aquella mañana en que descubrió que le amaba. Antes de dormir recordaba lo que habían hecho, sonreía y le invadía un torrente de ternura. Zaky Bey, con sus setenta y cinco años, no podía creer que Alá le tuviera guardado este abrigo, reían juntos porque él quería vivir otros treinta, le hacían falta. Le hacían falta para seguir sintiendo el cuerpo de ella ardiendo de deseo bajo el suyo. Le hacían falta para hacer el amor en el cuartito de la azotea o simplemente quedarse tumbados, contemplando sus rostros. Le hacían mucha falta, pero a veces se necesita muy poco para ser feliz, solo hablar en susurros para ahuyentar la tristeza y no esperar el final. Gracias Busayna, por contarme tu historia de amor, tan maravillosa; hay mujeres portadoras de fortuna, que en definitiva son una bendición, ojalá tú seas una de ellas. Él prometió llevarte a París, mientras escuchabais la canción, él te la contaba porque tú no sabías francés, yo te regalo unas letras para que la puedas leer. ¡¡Buen viaje, a los dos!!
Ojos que hacen bajar los nuestros
Una risa que se pierde sobre su boca
He aquí el retrato sin retoque
Del hombre al que pertenezco.
Cuando me toma en sus brazos,
Me habla todo bajo,
Veo la vida en rosa,
Me dice palabras de amor.
Palabras diarias,
Y eso me hace algo.
Entró en mi corazón,
Una parte de felicidad
Que conozco la causa.
Él es para mí, Me lo dijo, lo juró
Por la vida.
Más noches de amor por terminar
Una gran felicidad que se sienta
Sus problemas y penas se borran
Feliz, feliz a morir
Bellísima novela, el autor, al escribirla, ha provocado un terremoto social y literario en El Cairo. Y en mí, ha dejado un bonito recuerdo de este paso por la azotea, me ha regalado un puñado de vidas amigas a las que podré saludar y unos emotivos recuerdos al sentirme invitada a la boda de Busayna y Zaky Bey, de vivir con ellos esos momentos mágicos, ver esos ojos cansados, de enamorado mirar a la novia. Fue una tormenta clara y espontánea de amor compartido que nunca olvidaré. Un prodigioso lugar

Conocimiento del infierno

Dicen que el mar del Algarbe está hecho de cartón como en los decorados de teatro y las gentes no lo notan: extienden meticulosamente las toallas en el serrín de la arena, se protegen con gafas oscuras del sol de papel, pasean por ese escenario, anclan al atardecer en terrazas artificiales, donde se sirven, en vasos que no existen, bebidas inventadas que dejan en la boca el sabor sin gusto de los Whiskies de las películas. Se dan baños de agua sin mojar y juegan con olas que se diluyen sin ruido en la playa, decoradas con el ganchillo manso de la espuma. Si miran al cielo ven un reflector color naranja, manejado desde un hueco entre las nubes por un electricista invisible. Así, piensan ellos que es.
Así es, así se imaginan ese paisaje los que no lo pueden ver. Así es para ellos, que a pesar de tenerlo tan cercano, no pueden salir, no lo pueden contemplar. Ellos viven en una casa de salud, pasillos y más pasillos donde los pasos y las voces adquieren inquietantes amplitudes de caverna, salas enormes, repletas de mujeres inmóviles instaladas en sillas con respaldo, mirando con la fijeza de las estatuas de cera, en actitudes de espera. Muchachas inmóviles, erguidas, apretando contra el pecho su juguete y permitiendo que los ángeles se le posen en los hombros, en los cabellos, en los brazos, como los pájaros en las estatuas de los parques. Un pasear de monjas que se deslizan sin sonido por los baldosines del suelo, ondeando levemente las campanillas superpuestas de las faldas, cruzándose con adolescentes deformes que babean en bancos de madera abriendo y cerrando terribles bocas sin dientes, viejas con babi insinuándose con gestos de cocotte, y mechones incoloros.
Así es su hogar, el psiquiátrico, un lugar donde mandan unos chiflados sin gracia, payasos ricos que tiranizan a los payasos pobres de los pacientes con bofetadas de psicoterapias y pastillas, artistas del poder enharinados de médicos, amos y dueños de las cabezas ajenas, de los rotuladores de los sentimientos de los otros; ellos clasifican, etiquetan, hurgan, remueven, no entienden, se asustan por no entender y sueltan sentencias definitivas y ridículas. A ellos los domina una gran estupidez de comprimidos, una incapacidad de amar, una ausencia de esperanza, entran cada mañana en el manicomio como en un hospicio de leprosos, apartándose lo más posible de sus inquilinos como si, al tocarlos, corriesen el riesgo de contagiarse de un mal abominable, de perder el sentido, de recargar la chaqueta con medallas ridículas de lata y creerse Napoleón. Temen que les cierren las puertas, les pongan un pijama reglamentario y no los dejen salir nunca más, salir a ver el mar de cartón. Y conformarse con resurgir de una puerta del pasillo cada mañana poco a poco como Lázaros perdidos en su propio mundo. Prefieren seguir sin entender a los internos, seguir firmando terapias, paro no comprender qué ocurre detrás de las expresiones vociferantes u opacas, de los ojos apagados, de las bocas sin saliva de los enfermos, prefieren que se les reconozca su condición de patrón, de amo, de carcelero, de dueño de los locos que deambulan por el patio, arrastrando los pies. Se creen cardenales de una compleja religión con divanes como altares, con un Freud por Dios, que les permite observar un centímetro cuadrado de epidermis mientras el resto del cuerpo, lejos de ellos, respira, palpita, late, se sacude, protesta y se mueve.
Un libro doloroso, un retrato del mundo de los locos, un mundo cercano a nosotros, tanto que lo podemos llevar dentro, ahí está, sumiso, apático y latente. Un descenso a los infiernos del dolor. Un monólogo interior que da un repaso a las mentiras de una sociedad, una angustia sin remedio. Aquí paseas a la vez por los pasillos de un psiquiátrico, y un lugar tan bello como Portugal. Es sentirte vagabundo y perdido en la bella visión de sus paisajes y despedazado al entrar en ese lugar. Un ir y venir y nunca volver. Son letras que penetran en los huesos y la carne de las mudas y tristes criaturas que habitan espacios sin noches ni días, sin derechos ni esperanzas.
Lobo Antunes hace caso de la antigua solidaridad, y rompe la soledad de esos locos asumiendo su voz, en un grito ausente y desgarrado. Al gritar, da forma a una clara denuncia de las prácticas médicas obsoletas e inhumanas. En “el acto de narrar” da el salto al vacío en pos de las profundidades donde habita la bestia humana, mientras saltamos el autor nos invita a abandonarnos junto a su memoria y el recuerdo del sufrimiento ajeno. Son palabras que despiertan, vibran en tu interior, pueden parecer palabras tristes, como a veces lo es la vida misma, pero es una tristeza bella porque sus palabras son un tren que nos lleva al interior del interior, donde se transforma en letras lo que no tiene letra alguna. Lobo Antunes tiene un don, el de saber explorar el potencial expresivo de la palabra, y usarla para llegarnos en forma de alarma constante con un sonido envolvente.
Es una lectura impresionante, no hay párrafo vacío, ni palabra ausente, todo tiene su lugar. El autor solo deja por decir: ¿Quién le ha dado la llave para abrir lo que llevamos dentro?

Se abrirán las alamedas

Llego a esta historia para saber de un hombre grande, un hombre-símbolo de honradez, valentía y lealtad a un pueblo. No llego a esta historia para saber de un político, sino de un hombre que a pesar de estar su país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión continuó aferrado a la legalidad. Que resistió hasta la muerte junto a los escombros de una casa en llamas que ni siquiera era la suya.
Su virtud mayor era la consecuencia, pero el destino le deparo la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala, el valor, la democracia y un mundo, el drama ocurrió en Chile, pero nos ocurrió sin remedio a todos nosotros.
No llego a la novela sola, no conozco estos lugares, me lleva en brazos una voladora, Guacolda, una leyenda mágica. Dicen que las noches de luna llena y de cielo claro son los puentes que las voladoras atraviesan para sumergirse en el túnel del tiempo futuro. Aunque no ejercen propiamente la brujería, están muy ligadas a ella. Noche tras noche, siguen unos ritos mágicos y encomiendan sus favores a la poderosa Cai-Cai, una serpiente marina con cabeza de caballo, que produjo en su ira el más fuerte de los temporales de que se tenga recuerdo al anegar la tierra de lagos y lagunas..
Yo me dejo acunar por Guacolda, una mujer chaparra, de piel tostada y reseca, vestida con una saya de colores muy vivos, el pelo puro hollín, lo lleva recogido en una larga y brillante trenza. Solo hay que mirarla a los ojos, profundos y cristalinos para saber que por dentro esta hecha de una bondad esponjosa. Ella ha prometido enseñarme las historia de Salvador, el que luchó por acabar con el abismo entre piololos y pelucones.
De qué te aflige, mi'jita si no podís torcer el destino. Me decía Guacolda.
Yo no quería cambiar el destino. El destino estaba escrito en Valparaíso, que es la villa de las escaleras interminables y de los gatos negros que se empinan a las cúpulas plateadas de las torres, para otear la inmensidad del pacífico. Valparaiso, dicen que siempre será una urbe fantasma porque todo el que la habita dice soñarla en vez de vivirla realmente, convirtiendo sus calles en una leyenda viva con pinceladas del pasado, envuelta en nieves andinas y prestigio plateado. Una ciudad donde se mezclan aromas de achicoria, torrefacto y chancaca. Allí, mi conciencia hace un viaje en tren para superar los Andes, un ascenso que te hace sufrir la puna, primero un vértigo insufrible, luego un agudo dolor de cabeza y un estallar de ojos. Para llegar a un lugar donde se agitará tu sentido de la equidad. Potosí, su aroma, su cielo límpido, su sensación a beatífico pasado, es una de esas imágenes compactas que jamás se olvidan por mucho tiempo que transcurra, y a la que se vuelve con frecuencia. Lejos de la leyenda, era una ciudad dominada por las sombras del hambre y donde el hombre tocaba fondo en su dignidad, una gran mina de plata convertida en tumbas de miseria y desarraigo, oscuros túneles que a veces llegaban al alma, donde hombres y mujeres se hundían para derramar toda sus rabias y miedos silenciados por un trabajo de sufrimiento y dureza. Esa visión y experiencia en Potosí, no hace otra cosa sino despertar apetencias.................. revolucionarias. Por lugares así, es por lo que siempre han luchado hombres grandes, sin importarles perder la vida.
Son lugares a los que el viaje de ida está lleno de ilusiones, y el de vuelta de esperanzas de cambiar. Un viaje así cambió el concepto de lo justo que tenía Salvador.
De qué te aflige, mi'jita si no podís torcer el destino. Me decía Guacolda.
Ver a los obreros descarnados, a los niños que olvidaban sus juegos infantiles entre cubas de minerales, a las mujeres embarazadas acarreando las cajas de explosivos para las canteras, hace que tu conciencia sufra permanente amagos de terremoto.
Y el destino no se cambia, mi´jita, a los hombres que luchan los persiguen, los acosan y los encarcelan. Me avisaba Guacola.
Y lo encarcelaron, sí que lo encarcelaron. La mayor tortura que pueda conocer el hombre, la falta de libertad, en las cárceles, la tortura es la misma vida, las sombras, las ansias que van oprimiendo el corazón, la incertidumbre sobre lo que ocurre fuera de allí, los pasos huecos de los carceleros que, envueltos en la oscuridad de la noche, hielan el espíritu ante la mera sospecha de que a través de ellos sea la muerte la que ronde con su guadaña.
No te aflijas mi´jitita, es así, las calles están tristes, la gente encerrada, oprimida, sufre. Mi´jita, nada se puede cambiar de lo que escrito está.
En esas calles tristes se oyen bombardeos aéreos, entran en acción los tanques, muchos tanques, a luchar contra un solo hombre: el presidente de la República de Chile, Salvador Allende, que los espera en su gabinete, sin más compañía que su corazón, envuelto en humo y llamas.
De los rostros de gente desaparecen las sonrisas, ahuyentada por una tristeza pétrea y lacerante. Apenas si vivían y la mayor parte del tiempo transcurría detrás de los visillos, observando como el viento recorría las empinadas calles de Valparaíso arrastrando aromas como el viejo ascensor de colores abigarrados subía a la gente hasta los barrios más elevados de la ciudad; quizás fijándose en el azul intenso del pacífico, cuyos rugidos roncos, sus olas inminentes batiéndose con el muelle, los dejaban en el ánimo inconfesable sensación de temor. Se oía hablar de la leyenda del bio-bio, una suerte de lagarto que habita los subterráneos de las casas y que, conforme al dicho ancestral, va ingiriendo toda la energía positiva de cualquiera de los moradores de la casa, hasta precipitarlos directamente a la tumba. En las casas no había palabras, ni miradas escapadas, ni susurros, ni tampoco reproches ni suspiros. Solo eran horas de anticipados cementerios.
Pero no era el bio-bio, mi´jita, la gente se asustaba de los hombres, de ellos mismos.
De un lado están la constitución, la ley, la democracia y la esperanza. Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, como dijo Neruda, payasos a granel, terroristas de pistola y cadenas, monjes falsos y militares degradados. Unos y otros daban vueltas en el carrusel del despecho.
Pero m´jita hay un hombre grande que lucha por ellos, me susurra Guacolda.
No solo es valiente y se siente firme de cumplir la promesa de morir defendiendo la causa de su pueblo, sino que se crece en la hora decisiva hasta límites increíbles. La presencia de ánimo, la serenidad, capacidad de mando y el heroísmo,lo amparan
Pero esto es Chile y el hombre se encuentra encerrado y acosado. Sabe de sus últimos momentos, de sonidos de teléfono que acribillan el alma con ráfagas de malas noticias. Y decide lanzar un mensaje a un pueblo, un último mensaje que aún hoy suena con ecos de sueños en muchos lugares.
Mi´jita escucha, me dice Guacolda, escucha lo que Allende dice al aire:
Me dirijo al hombre de chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, a la juventud, porque en nuestro país el Fascismo ya estuvo hace muchas horas presente ............... La Historia los juzgará. Tengo fe en Chile y su destino. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
Mi´jita no te aflijas, el destino no se cambia, pero aun suena su voz. Y la gente recuerda su muerte y su batalla, su entrega y alguna canción.
Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en La Moneda.
Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.
Una bonita novela, un viaje que no habría podido hacer sin el amparo y la ayuda de Guacolda. El Chile de la revolución , el de los tanques en la calle, y el chile de los mitos y leyendas. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como iluminado , como un soñador: un sueño de grandeza se quedó en sueño. Recibidos los treinta dineros todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Una historia que se repite todos los días, solo cambia el lugar, el hombre y la suerte. Pero siempre, deben estar abiertas las alamedas para poder pasear libremente y poder elegir la mano a la que nos guste apretar.
Unas bonitas páginas arracimadas de sentimientos e historia.

La corrupción del ángel.

Como dentro de un violento torrente, siempre fluyendo, siempre cambiando. Captó intelectualmente el principio cuando estuvo en la India pero le había costado treinta años lograr hacerlo arte de sí mismo.
Cuando envejeció, la conciencia de sí mismo se tornó conciencia del tiempo. Poco a poco llegó a percibir el sonido de las termitas. Momento tras momento, segundo tras segundo, ¡Con qué conciencia trivial se deslizaban los hombres a través de un tiempo que no retornaría! Sólo con la edad sabía uno que existía una riqueza, una embriaguez incluso en cada gota. Las gotas de un bello tiempo, como las gotas de un vino exquisito y singular. Y el tiempo goteaba como sangre. Los viejos se secaban y morían. En pago por no haber detenido el tiempo en el momento espléndido de que la sangre generosa, sin que lo supiera su mismo propietario, aportaba una espléndida embriaguez.
Sí. El viejo sabía que el tiempo contenía embriagueces. Y cuando el conocimiento sobrevenía ya no quedaba licor suficiente. ¿Por qué no había detenido el tiempo?
Aunque se recriminase a sí mismo, Honda juzgaba que si no había detenido el tiempo mientras pudo no fue por obra de su propia pereza y de su cobardía...
No, nunca existió para mí un momento en que yo tuviera que haberlo hecho, detener el tiempo. Si poseo algo a lo que puede llamarse destino, entonces radica en esta incapacidad para detener el tiempo.
-Nunca existió para mí nada a lo que pudiera haberse considerado como el pináculo de mi juventud y en consecuencia no hubo momento alguno para detenerlo. Uno debe detenerse en el pináculo. Yo no pude advertir ninguno. Es extraño, pero no lo lamento.
-¡Qué poder, qué poesía, qué bendición! Ser capaz de detenerlo justo cuando llega ante la vista la radiante blancura del pináculo. Existe allí una presciencia en el estímulo sutil que brindan las laderas, en la distribución cambiante de la flora alpina, en el acercamiento a la divisoria de las aguas.
-Justo un poco más y el tiempo se hallará en la cumbre y sin pausa comenzará a descender. La mayoría de las gentes se engañan en este tramo, asumiéndolo en su beneficio. ¿Pero qué es lo que allí existe? Los senderos y las aguas se limitan a lanzarse hacia abajo.
-Una perpetúa belleza física. Esa es la prerrogativa especial de quienes detienen el tiempo. Justo antes del pináculo, en donde es preciso parar el tiempo se halla el pináculo de la belleza física.
Una belleza clara y brillante, en el conocimiento de que la radiante blancura del pináculo se halla precisamente un poco más allá. Y una infortunada pureza. En ese momento la belleza de un hombre y la belleza de un antílope se encuentran en maravillosa correspondencia. Alzando orgulloso sus cuernos, levantando con la ligereza la pezuña de la pata moteada de blanco frente a la negativa. Rebosante del orgullo del adiós, coronado con las blancas nieves de la montaña.
Mishima

Mi alegato

Philip Roth y su Mancha Humana me han ayudado estos días a saltar de un año a otro. A pasar la Navidad, cuando el espíritu navideño inunda las calles, los ojos están llenos de las lucecitas de colores, y la cabeza puesta en los demás. Mentira, esto también es una gran mentira, el espíritu de lo que está lleno es de envidias, intolerancia, y un "no" dejar vivir a los demás. Si ahondas un poquito no somos tan bonitos. La oscuridad del corazón humano es inexplicable. Ha resultado una novela grande, una novela sobre un pecado humano, el mentir. Un autor que sabe de ese tema porque durante toda su vida ha escrito sobre la mentira. Una novela que no es fácil, rezuma tristeza, no desborda insulsa alegría, decorada con una enorme y profunda prosa, densa, muy densa.

Es un enorme alegato contra los juicios sociales, la caza de brujas que persigue y acosa al individuo sometido, todo sin motivo y con unas premisas infundadas. La relación de dos seres que no tienen nada en común, solo el sexo y el silencio. Él tiene encerrado su pasado en un color y ella en cajitas debajo de la cama. No necesitan hablarse, se entienden, no se exigen nada pero se necesitan el uno al otro enormemente. Una oportunidad para dos, a la vez, a la par, un derecho propio a vivir un ratito de vida en común. Lo triste de la novela es que resulta completamente real, nuevamente da igual el lugar, esto pasa y seguirá pasando. El robo de la libertad.

Todas las relaciones personales de la novela son de gentes que se encuentran al otro lado de la frontera, casi vienen de vuelta. Sus páginas diseccionan los sentimientos de los dos amigos, Coleman y su danzante escritor, los dos a las puertas de la vejez, ambos apartados de la sociedad. Los dos buscan la soledad, se apartan del mundo. El exmarido y su relación con el sistema, le ha destrozado y adiestrado, no sabe hacer otra cosa que perseguir y matar. Delphine, dejándose apoderar por un idealismo desenfrenado, convertida en salvadora de una mujer perdida, y sin ninguna consideración humana usó las palabras para dañar. Todos están solos, todos cometen pecados, todos necesitan a alguien.
La vida del protagonista estalla en una resucitada pasión, cuando ella llega, quizás la vida se lo debía y él se olvida del rencor, Faunia le enseña a no malgastar su tiempo en una autocompasión por la pérdida, ella que siempre está cerrada por un inminente dolor interior le ayuda a olvidar y le encuentra la llave mecánica en mitad de la espalda.
Una historia que hace brotar una emoción sin lágrimas. Muestra vidas arrastradas y sus miserias. Momentos de una gran intensidad emocional: una inmensa ternura. A nadie le preocupa qué pasaba por la mente de Faunia ensoñada con la visión de la nuca de Silk, en un concierto. Al mundo no le interesa lo que corría por el alma de Silk escuchando esa música a su lado. Lo que parece importar aquí es que el joven olor a vaca está reñido con la madura y cara loción. ¡¡Por Dios!! Silk y Faunia son castigados por amarse, por algo que no debe importarle a nadie, son libres y están estúpidamente atados. Son expulsados de la red social. Perseguidos por una sociedad abanderada de moralidad y por un hombre que esa misma sociedad le enseñó a vomitar odio. ¿Quién hace justicia y libra de los opresores? Todos son victimas. Piensen en ello miembros del jurado.
El autor como siempre escribe lo que le da la gana, burlándose literariamente de lo más sagrado; creando personajes desaforados y carnales, ruinosos y grotescos. Escribe sobre la falsa moralidad, la búsqueda de la felicidad a través del sexo. El placer está sometido a mil normas y cadenas. Todos en la novela son seres solitarios, traumatizados, con un pasado de secretos y tragedias. Todos tienen algo que huele escondido en algún lugar.
Coleman Silk se ha reinventado a sí mismo. Se decide a vivir su ultima oportunidad sin importarle pecar, la vive con intensidad, amando……………hasta el extremo de olvidarse de su propia ira. Un hombre que funda su vida a la vez en una negación y en una afirmación de sí mismo. Un hombre que triunfa porque construye lo que deseaba, pero en cierto modo se derrota a sí mismo. Tiene el mismo derecho a guardar un secreto que a revelarlo.
Es la historia de una persecución, de una sociedad hipócrita y mojigata, terrible, hacia un hombre extrañado. Es igual el motivo, te juzgan por unas cuantas palabras mal interpretadas, por tu libertad sexual, por un mal comportamiento, por aprender a matar. ¿Quién escribe esas las leyes? ¡¡Qué más da, ahí están!!
Es muy fácil sentirse embargada por esta historia, es un libro fantástico, inmensamente grande…………con historias desproporcionadas. Phipip Roth nuevamente demuestra con coraje que sabe de vida, de sexo, de edad, de pecados y de humanidad.

Faunia, tu vida a su lado siempre sería un tormento, los dos de rodillas pidiendo siempre perdón. Se acabo tu Vía Crucis, pero no olvides nunca la mirada de Coleman mientras te escribía con los ojos poemas de contemplación. Faunia, solo quiero pensar, que en aquella caída tan fría os dio tiempo a cogeros de la mano y escapar juntos. Te has librado de la mojigatería. Aquí los virtuosos siguen igual, están locos por escandalizar, castigar y moralizar.
Otro libro inmensamente humano.

Me encargó escribir a su nieta

Querida niña, tengo que contarte… no debo irme de aquí sin escribir esta historia, porque él me lo dijo, porque yo lo sentía, porque sé que debes oírla, a él le gustaría, porque es la vida, porque tal vez algo tenga arreglo todavía, la verdad, la esencia y el espíritu de la vida, porque es la luz, esa que debes buscar. Puede que ahora no comprendas, pero óyela: Él era grande, una enorme catedral, un gran árbol lleno de sentimientos, un continuo correr de savia. Si alguna vez llegas a los ochenta años, comprenderás que a esta edad nos sentimos como hojas a finales de septiembre. La luz del día dura menos y el árbol, poco a poco, empieza a acaparar para sí las sustancias nutritivas. El tronco lo reabsorbe todo y con eso también se va el verdor y la elasticidad. Estamos todavía suspendidos en lo alto, pero sabemos que es cuestión de poco tiempo. Una tras otra irán cayendo las hojas vecinas: las ves caer y vives en el terror de que se levante viento. Para él, el viento era yo, la vitalidad todavía pendenciera de mi edad, el temor de no poder amarme muchos años, de no saber amarme bien, de querer amarme entera y para siempre. Habíamos vivido en el mismo árbol pero en estaciones diferentes, nos encontramos tarde, muy tarde, eso lo sabíamos bien, por eso te lo cuento, porque queríamos que supieras que aunque tarde, supimos vivirlo, era difícil, era muy poco, pero nuestro amor estaba enormemente vivo.
La idea del destino es un pensamiento que aparece con la edad. Cuando se tienen los años que tienes tú, generalmente no se piensa en ello, todo lo que ocurre se ve como fruto de la propia voluntad. Te sientes como un obrero que, poniendo una piedra tras otra, construye ante sí el camino que habrá de recorrer. Sólo mucho más adelante te das cuenta de que el camino ya está hecho, alguien lo ha trazado para ti, y todo lo que puedes hacer es avanzar. Es un descubrimiento que habitualmente se produce hacia los cuarenta años: entonces empiezas a intuir que las cosas no dependen solamente de ti. Es un momento peligroso durante el cual no es raro resbalar hacia un fatalismo claustrofóbico, quieres escapar de esa vida que sientes extraña, que no es tu vida, a la vez que quieres entrar en esa otra, que crees robada. Para ver el destino en toda su realidad has de dejar que transcurran algunos años más. Hacia los sesenta, cuando el camino a tus espaldas es más largo que el que tienes delante, ves una cosa que antes nunca habías visto: el camino que has recorrido no era recto, sino que estaba lleno de bifurcaciones, a cada paso había una flecha que señalaba una dirección diferente; a cierta altura se abría un sendero, en otro sitio una senda herbosa que se perdía en los bosques. Él cogió alguno de esos desvíos sin darte cuenta, así pasó, y a ti te pasará, ten cuidado, es una trampa, otros ni siquiera los ves; no sabes adónde te habrían llevado los que dejaste de lado, si a un sitio mejor o peor; no lo sabes, pero igualmente sientes añoranza. Podías haber hecho algo y no lo has hecho, has vuelto hacia atrás en vez de avanzar. A lo largo de los cruces de tu camino te encuentras con otras vidas: conocerlas o no conocerlas, vivirlas a fondo o dejarlas correr es asunto que sólo depende de la elección que efectúas en un instante. Aunque no lo sepas, en pasar de largo o desviarte a menudo está en juego tu existencia, y la de quien está a tu lado. Eso nos pasó a tu abuelo y a mí, no vimos algún camino, se nos pasó de largo y estuvimos caminando caminos que no eran nuestros y en algún lugar se quedó ese camino de los dos, sin caminar. Me duele pensarlo, mi niña, porque ese camino siempre estará vacío, nunca pasearemos tomados de la mano tu abuelo y yo. ¡¡Me cuesta contarte, niña!! Los pequeños desplazamientos milimétricos de mi ánimo, a veces me impiden vivir, son bajones, es el desaliento y el cansancio. Le añoro tanto, que duele el alma y los dedos, no puedo escribir. Fue el destino, el incesante trabajo del destino, que no para, unas veces acierta y otras no. Quiero contarte que estando junto a él tuve por primera vez en mi vida la sensación de que mi cuerpo no tenía límites. Como las plantas que hace días que no se riegan y se ponen blandas, cuelgan hacía abajo como la orejas de un conejo deprimido, así vivimos los dos antes del beso. Su vida, durante los años anteriores a esta historia, había sido justamente similar a la de una planta sin agua: el rocío nocturno le había brindado la nutrición mínima indispensable para sobrevivir, pero aparte de ésta no recibía otra cosa, tenía las fuerzas para sostenerse de pie y nada más. Es suficiente mojar la planta una sola vez para que se recobre, para que se yergan sus hojas. Eso le ocurrió a él con el primer beso, y a mi, claro, hoy lo sé. Ya no era el mismo ante el espejo, la piel era más lisa, la mirada más luminosa, ya cantaba y soñaba con canciones, era capaz de expresar las más bonitas palabras de amor. Bajo esta historia siempre habrá una inquietud, un tormento, éramos personas atadas. Pero él era como un cachorro que cansado de vagabundear, encuentra un cubil cálido. Estaba feliz, se sentía amado como nunca antes lo habían amado.
Pero siempre, estaba ese manto de angustia, de separación y añoranza, el miedo al paso del tiempo. En la vida de cada hombre, solo existe una mujer con la cual puede conseguir una unión perfecta, y en la vida de cada mujer sólo hay un hombre con el que ella pueda ser completa. Pero ese perfecto encuentro era un destino de pocos, de poquísimos. Todos los demás seres se ven obligados a vivir en un estado de insatisfacción, de perpetua nostalgia. Todos los otros son adaptaciones, simpatías epidérmicas, transitorias, afinidades físicas o de carácter, convencionalismos sociales. Él siempre me decía ¡¡Qué afortunados hemos sido!! ¡¡Qué suerte quererte y que me quieras!! Cuando nos despedimos me susurró junto al oído: “¿En qué otra vida ya nos hemos conocido?”
Mi vida era pensar en él. Claro que sí, prácticamente no hacía otra cosa. Pero pensar no es la palabra adecuada. Más que pensar; existía por él, él existía en mí, en cada gesto, en cada pensamiento, éramos una misma persona. Nuestra vida era un forzoso distanciamiento, pero era un sufrimiento que se mezclaba con otros sentimientos, detrás de la emoción de la espera, el dolor pasaba a un segundo plano. Éramos dos adultos atados en nudos diferentes, sabíamos que las cosas no podrían ser de otra manera. Pero nunca dejaremos de estar juntos, la última vez que nos vimos hicimos un pacto: Todas las noches, a las once en punto, en cualquier sitio que me encuentre y cualquiera que sea mi situación, saldré al aire libre y buscaré a Sirio. Tú harás lo mismo, me dijo, y así nuestros pensamientos, aunque estemos muy alejados, aunque no nos hayamos visto desde tiempo atrás y lo ignoremos todo el uno del otro, allá arriba volverán a encontrarse y estarán unidos. Después miró al cielo y me indico el lugar, entre Orión y Betelgeuse, me señaló a Sirio. Nunca desde entonces he dejado de mirar al cielo, no importa que no encuentre el lugar exacto, porque el sabrá encontrarme a mí.
Tras su ida me hundí en una profunda tristeza, de golpe me había dado cuenta de que la luz con que había brillado durante los últimos años no provenía de mi interior, sino que era solamente una luz reflejada. La felicidad, el amor a la vida que había experimentado, en realidad no me pertenecían verdaderamente, solo había funcionado como un espejo. Él emanaba luz y yo la reflejaba. Una vez desaparecido él, todo volvía a ser opaco.
Solo me queda Samatorza y su casita de zócalo azul, fabricada con sus pedazos de corcho, aisladora del frío, de la gente, del miedo y de las angustias. Esa casita donde sé que siempre estará él, ese silencio, ese sonido evocará siempre la soledad, el sitio justo donde ordenar los pensamientos, donde encontrarle. Escúchale niña, comprende lo que hizo y lo que sacrificó por “lo correcto”. Intenta entendernos, ya sé que es difícil sobre todo a tu edad, pararte a pensar, déjalo pasar, solo escúchale y ya entenderás.
Solamente caminando tres lunas con mis mocasines podrás comprenderme, si algunas vez metes tus pies en las zapatillas del abuelo, comprenderás nuestra historia. Chancletea un poco con su vida, la de ese hombre enorme y comprenderás como latía su alma. Cometer errores es natural, irse sin haberlos comprendido hace que se vuelva vano el sentido de una existencia. El lo comprendió y lo asumió.
Yo también pronto me iré, el tiempo siempre es demasiado corto. Piedad, fíjate bien, no pena. No sientas nunca pena de nosotros ni de nuestra historia. Si sientes pena yo bajaré como esos duendecillos malignos y te haré un montón de desaires. No te emborraches de chácharas y quédate callada, escuchando a tu abuelo. No cometas sus mismos errores, mira bien los caminos que tomas, sé humilde pero no modesta, vive, derrocha la vida a borbotones, como él. No quiero sentirme triste por ver tu vida desperdiciada, una vida en la que no ha logrado realizarse el camino del amor. Cuídate, pequeña. Cada vez que, al crecer, tengas ganas de convertir las cosas equivocadas en cosas justas, recuerda que la primera revolución que hay que realizar es dentro de una misma, la primera y la más importante. Luchar por un concepto, sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas más peligrosas que podemos hacer. Cada vez que te sientas extraviada, confusa, piensa en un árbol, piensa en tu abuelo, recuerda su manera de crecer. Recuérdale como un árbol de gran copa y muchas raíces, recuérdale como un gran hombre. Raíces y copa han de tener la misma medida, has de estar en las cosas y sobre ellas: solo así podrás ofrecer sombra y reparo, solo así al llegar la estación apropiada podrás cubrirte de flores y de frutos. Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y asegura más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve.
Escucha al abuelo, ve donde el corazón te lleve y sé ante todo, mujer.

domingo, 2 de mayo de 2010

Escribo a mi niña, la que no tengo.




Prometo entornar los ojos y soñarte,
Verte entre mis… cada vez menos pestañas.
Ahora, por ejemplo estás perdida
No puedo buscarte ni encontrarte
Debajo de este hombre al que desnudo.
¡¡Qué difícil digerir ilusiones tan ilusas!!
En vano será esperar que te salgan los dientes.
No tendrás que aprender a nombrar tu carne propia.
Me gustas modesta y femenina. Así te pienso.
No tendré que quitarle penitencia a los primeros
intentos de tocarte, curiosa y temerosa.
¡¡Cuántas cosas no tendré que hacer, si no te tengo!!
No te burles, niña mía… de alguna manera existes.
Yo desconfío siempre de la suerte… aún sabiendo que no vienes, siempre espero.
Cuando aprendas a hablar dime mi nombre.
Déjame hacerte cosquillas, existe la alegría pero duele.
No te abrigues en exceso, mejor acostumbrar tu cuerpo al frío.
¡¡Ser siempre un huevo huero, no llegar… es impaciente!!
Cuando cruces por fin la calle sola, ten cuidado,
ya sabrás que los riesgos y las prisas te persiguen siempre.
Búscate distinta, no te aburras… si te le pareces serás fuerte
Persigue la idea y la palabra, el músculo y la música,
el goce, la risa y sueña sueños. Crece por amor y no por fuerza.
¡¡Colmado está donde tú no cabes!!
Intenta ser mi amiga a pesar de mis cortezas, no te enfades nunca,
Llora lo que haga falta y siente tristeza si estás tierna.
Yo te quería Guaditoca y un poco loca, con pendientes pequeños,
Y vestidos rotos, no guardes nada y estrena todo.
Come bien, respira y siempre ten tus manos, la nariz y el alma limpias.
¡¡Qué dolor pensar que nunca existes!!
Vive sin convertir jamás a nadie en débil. No hagas daño.
La mezcla de lo exacto te embellece.
Escucha sus consejos, oye al viejo… él libra tu camino de tropiezos.
Escucha siempre, escucha tanto… óyelo todo, observa el rastro.
Juega a los indios y a las muñecas… descubre al otro.
¡¡ Quizás siempre me quede soñarte tanto!!
Ni la más mínima gota de tu sangre verá el aire.
No arrastres nunca los pies, queda muy feo.
Cuídate el pelo, los ojos…. no mires directo al sol ni pierdas norte.
Muerde los días a puñetazos, no te hagas sangre.
Mídelo bien, es un pistacho…. Súbete a él. Quiérele mucho.
¡¡Hoy es mi día y yo te celebro!!
¡¡Qué ingrato saber que no te tiene, que no te tengo, que no nos tienes!!

domingo, 18 de abril de 2010

Me asusta el tiempo

No es el dolor de un amor incumplido, no es la melancolía, no es tenerte o perderte, no es envejecer, es algo más tremendo y más grande que crece dentro de mí, tal vez en el tuétano de algún hueso y que acaso se llama vida. Porque vivir, no cabe duda, es triste, vivir es una daga que se lleva clavada en la sangre. Vivir es pasar el tiempo, y este se te va gastando, vivir es no darte tiempo de todo lo que te falta por vivir, vivir es no ver cumplido tu sueño, vivir es gustarme a ratos y no gustarme nunca, vivir es añorarte y saber que pasa la vida sin encontrarte, vivir es esperar a pasear mis últimas tardes. Me duele abrir los ojos cada mañana y no verte. Me duele dormirme cada noche porque ha pasado un día sin ti. Te se, te siento y te añoro… pasa la vida y soy consciente que la violencia que sopla entre mis piernas y en mi sangre se agazapará un día bajo mis años y poco a poco se echará a dormir, me haré vieja, mi vida habrá pasado y tú no estarás a mi lado. Ahora en el recuerdo ensarto sueños como cuentas, pero ante tu ausencia pierdo el hilo y las veo rodar melancólicas por el suelo y perderse entre las patas de los muebles y mis pies. Sigo viviendo y me columpio aburrida en el péndulo del tiempo y sabiendo que te vas en cada tic-tac del reloj.
Cuando hundo el rostro entre las manos no lloro por nada en concreto…las manos quedan ahí olvidadas, se me caen las lágrimas igual que se me caen las palabras cuando no puedo gritarlas. Es solo un ejército de arañas que teje y desteje sílabas inútiles…. Yo no puedo gritar, no puedo apaciguarme porque tengo la certeza de que nunca me ocuparas del todo. No hay voz humana que me consuele si no es la tuya, porque ellos ignoran la palabra exacta.
Algún día Dios me dirá levántate y tendré que irme. Contigo es el privilegio de la dicha y la ternura, la piedad y la paz, esa enorme generosidad tuya y la alegría, tu palabra afectuosa, la mano en mi espalda y tu voz, contigo es amar la vida, sin necesitar mucho más, quizás sea la inconsciencia pero yo la siento verdad. Todo a tu lado parece ilimitado y sin ti es el eterno luto bajo mi piel. Pronto llegaré a esa edad en la que los recuerdos se convierten en el sustento de la existencia y perderlos es peor que morir. Me siento tras estas manos que ocultan mi rostro en el momento de madurez mas extraordinario que he sentido nunca, pero mi historia es insegura y vacilante… lloriqueo ante algún miedo o recuerdo, ante la nostalgia y la certeza, me lastiman los olores, me ensordece al resto del mundo alguna canción, un sabor que me lleva a otro lugar, un ir y venir por toda mi vida, un pasearme mis sueños…. Un miedo a tenerlos y pánico a perderlos. Vivir es triste… siempre es triste, no puedo parar el tiempo ni mi vida, no sé que hacer, porque la angustia de no tenerte se me encoje dentro de la camiseta. Es fácil estar enfadada cuando eres conciente de que existe tanta belleza en la vida cuando estoy a tu lado… la he visto toda a la vez y es demasiado. Es llenarse de dicha y saber que no puedo aferrarme a ella porque resbala por mí y se va cada día de mi lado.
Aquí y ahora necesito que me enseñes a serenarme el juicio, a sostener el ánimo, afrontar la adversidad con calma, abrir y cerrar la ventana y ver estallar la primavera, reventar la luna llena y bramar las olas a mis pies, sin ti nada de eso podré ver. Por eso me tapo la cara, para esconderme detrás de tanta certeza, para rendirme sin armas a la vida, a lo que ella ha querido y he decidido por mi, a mis respuestas… a amar con absoluto derroche… se que he perdido, y aunque no he perdido la lección…¿Para qué me sirve ahora? Ya tengo edad para ocultar mis lágrimas y mis ojos tras mis manos y saber que este amor mío es amor perdido, amor hallado, amor mío perdido y hallado en el mismo otoño de mi vida, donde me ha temblado el alma, ignorando si de penas o de fríos, de ternuras antiguas o de miedo. Quiero vivir a tu lado, la misma vida, quiero comer contigo, estar, amar contigo, verte y tocarte…lo dicen mis sueños, mis palabras escritas, esa daga que llevo dentro, los latidos de mi sangre, el cansancio de mi cuerpo y la tristeza de mis ojos. Lo dice mi boca en silencio y mis gritos sordos, lo sabe mi almohada, mis pies que tanto te buscan… y lo sabes tú. Me pasa la vida y se vuelve vieja, vieja la noche y vieja yo, viejos mis brazos y mis pechos, viejas mis piernas y mi sonrisa, vieja, vieja, me volveré vieja y no estarás a mi lado. Cosas que no conozco, que no he aprendido, cosas que solo tú me has enseñado, cosas que me hacen llorar y por eso me escondo en mis manos…. Porque no puedo dejar el tiempo paralítico de un mordisco, aunque se que la botella esta llena, solo es mi vaso el que está vacío. Solo me queda dejar las tijeras abiertas para ver si ella tiene el valor de cortar el hilo de mi destino…. Mientras tendré el rostro hundido en mis manos y esperaré que mi corazón emprenda de mi cuerpo a tu cuerpo el último viaje. Estaré escondida.

viernes, 16 de abril de 2010

Locas palomas negras

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé! Golpes como del odio de Dios, como si ante ellos, no pudiéramos explicar como pasó, como sigue pasando... Yo no sé. Hay golpes en la vida tan fuertes....que se empoza el alma.... que abrieron y siguen abriendo zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte... que hicieron que los hombres gritaran... Perdóname, señor: qué poco he muerto!
No es una maldita novela, si hay algo que está maldito es nuestra Guerra Civil, porque fue atrozmente injusta, porque tenemos que saber que pasó, porque hay cosas que no se deben remover pero tampoco callar, porque todavía cuando recorres cualquier pueblo, sientes la húmeda tierra de cementerio que huele a sangre amada, porque fue ayer. La historia sigue viva e interesa porque sabes que puedes tocar todas las puertas de un pueblo y preguntar por alguien que ya no está, que se fue sin avisar para no volver, interesa porque en cualquier lugar encuentras una pared manchada de olvido...........cicatrices abiertas del tiempo.........destinos que blasfeman......criaderos de nervios y almas en pena......... malas brechas que abren el corazón al sentir tanta pena.......pedradas negras........moscas lloronas en cuerpos callados..........que no debemos olvidar. Es un triste viaje por pueblos donde quedaron muchos abrazos dormidos, muchos besos sin dar. Muchos agujeros llenos de llanto y de miedos, de hambre y miseria.......de sueños rotos y de hurtos de libertad. Pueblos que recuerdan a hombres con brazos atados a los que van a fusilar y a soldados a punto de disparar... a madres gritando, a hijas llorando... No, no creo que esté de más, leer una vez más una novela más, la misma historia repetida, que más da....la historia sigue viva, y está caliente. Mejor no olvidar, aunque sin culpar.
La novela recuerda el miedo... ese que sentimos, al contemplar un instante a un anciano que vivió esa guerra, lo miras con ternura, y quedas atrapado sin remedio por la incógnita que siempre provoca un hombre senil, la incapacidad de mirar a sus ojos perdidos y conocer una historia que se muestra deseoso de contar, que necesita saber que se sabe, que se sepa lo que ocurrió, su historia es tremendamente triste, enormemente dura e injusta, estas páginas ponen nuevamente voz a esos hombres que la vivieron. Isaac Rosa hace una buena labor, cuenta lo que todos cuentan, quizás nada nuevo, no habrá ya nada que descubrir, es cualquier pueblo, cualquier nombre, pero logra seducir, a través de un misterio, de unas almas fantasmas que se vuelven locas y ciegas a la verdad.
La Guerra civil fue una locura, y en estas páginas es esa locura la que ayuda a unas gentes a vivir, a esperar un regreso. Unas mujeres que se quedaron solas porque una injusta guerra les arrebató lo que más querían, niños que duermen y amanecen sin padres. Plazas llenas de hombres en grupo de a uno, armados de hambre, en medio de una lucha desigual ¿Batallas? ¡No! Pasiones. Y pasiones precedidas de dolores con rejas de esperanzas, de dolores de pueblos con esperanzas de hombres. De mujeres que gritaban “No mueras, te amo tanto” pero el cadáver ¡Ay! Siguió muriendo...
¡Cuídate España de tu propia España!
Y esa tierra para sobrevivir se vuelve loca. La locura se confunde con la desesperación, con la tristeza..................la locura llega despacito, pequeña, escondida en las formas de engaño que practicamos para sobrevivir...........cuando no queremos distinguir entre el sueño y la realidad, el pasado y el presente, la ilusión y la mentira. La locura no como desesperanza, sino todo lo contrario, la locura como esperanza, como ilusión, entregarte a la locura para sobrevivir. Todos de alguna manera hacemos lo mismo, como una forma menor de delirio, crearnos una realidad o una memoria a tu medida, y acabar negando cualquier cosa. Eso hace esta novela, recordarnos una historia a medida de cada uno. Una vez más nos encontramos con el pasado, con la memoria, la que nos han contado y la que hemos aprendido. Con el discurso de la memoria, con la forma en que este se construye y la manera en que la asumimos.
Quizás no importe el argumento, ni la forma, sino el homenaje. Un nuevo homenaje al dolor del mundo, al dolor del pasado, al estremecimiento humano, a tantas y tantas bocas llenas de esperanza que no pudieron gritar... Volver a pasear delante de tantas paredes comunes cubiertas con la cortina de la desmemoria, que solo levanta la nostalgia. El autor presenta la demolición de su propia novela, en un nuevo experimento sabotea sus páginas, su trabajo. Es una lectura y crítica al mismo tiempo, páginas llenas de un humor ácido que permite nuevamente escuchar la misma historia una y otra vez. Es una manera novedosa de contar, la autocrítica del mensaje y del estilo. Dos historias cruzadas, dos vidas, un niño adulterado que quiso ser escritor y un clásico cacique que quiso ser político, una vieja foto y un nombre en el reverso: Alcahaz.... una jaula llena de tristes palomas negras. Para volver a saber que en los dos campos hubo buenos y malos y al fin al cabo todos somos culpables. Todos podemos ser Caín.

¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
Donde mi pobre gente se morirá de nada!
Chapoteando en la vida como simples almas