jueves, 10 de junio de 2010

Me encargó escribir a su nieta

Querida niña, tengo que contarte… no debo irme de aquí sin escribir esta historia, porque él me lo dijo, porque yo lo sentía, porque sé que debes oírla, a él le gustaría, porque es la vida, porque tal vez algo tenga arreglo todavía, la verdad, la esencia y el espíritu de la vida, porque es la luz, esa que debes buscar. Puede que ahora no comprendas, pero óyela: Él era grande, una enorme catedral, un gran árbol lleno de sentimientos, un continuo correr de savia. Si alguna vez llegas a los ochenta años, comprenderás que a esta edad nos sentimos como hojas a finales de septiembre. La luz del día dura menos y el árbol, poco a poco, empieza a acaparar para sí las sustancias nutritivas. El tronco lo reabsorbe todo y con eso también se va el verdor y la elasticidad. Estamos todavía suspendidos en lo alto, pero sabemos que es cuestión de poco tiempo. Una tras otra irán cayendo las hojas vecinas: las ves caer y vives en el terror de que se levante viento. Para él, el viento era yo, la vitalidad todavía pendenciera de mi edad, el temor de no poder amarme muchos años, de no saber amarme bien, de querer amarme entera y para siempre. Habíamos vivido en el mismo árbol pero en estaciones diferentes, nos encontramos tarde, muy tarde, eso lo sabíamos bien, por eso te lo cuento, porque queríamos que supieras que aunque tarde, supimos vivirlo, era difícil, era muy poco, pero nuestro amor estaba enormemente vivo.
La idea del destino es un pensamiento que aparece con la edad. Cuando se tienen los años que tienes tú, generalmente no se piensa en ello, todo lo que ocurre se ve como fruto de la propia voluntad. Te sientes como un obrero que, poniendo una piedra tras otra, construye ante sí el camino que habrá de recorrer. Sólo mucho más adelante te das cuenta de que el camino ya está hecho, alguien lo ha trazado para ti, y todo lo que puedes hacer es avanzar. Es un descubrimiento que habitualmente se produce hacia los cuarenta años: entonces empiezas a intuir que las cosas no dependen solamente de ti. Es un momento peligroso durante el cual no es raro resbalar hacia un fatalismo claustrofóbico, quieres escapar de esa vida que sientes extraña, que no es tu vida, a la vez que quieres entrar en esa otra, que crees robada. Para ver el destino en toda su realidad has de dejar que transcurran algunos años más. Hacia los sesenta, cuando el camino a tus espaldas es más largo que el que tienes delante, ves una cosa que antes nunca habías visto: el camino que has recorrido no era recto, sino que estaba lleno de bifurcaciones, a cada paso había una flecha que señalaba una dirección diferente; a cierta altura se abría un sendero, en otro sitio una senda herbosa que se perdía en los bosques. Él cogió alguno de esos desvíos sin darte cuenta, así pasó, y a ti te pasará, ten cuidado, es una trampa, otros ni siquiera los ves; no sabes adónde te habrían llevado los que dejaste de lado, si a un sitio mejor o peor; no lo sabes, pero igualmente sientes añoranza. Podías haber hecho algo y no lo has hecho, has vuelto hacia atrás en vez de avanzar. A lo largo de los cruces de tu camino te encuentras con otras vidas: conocerlas o no conocerlas, vivirlas a fondo o dejarlas correr es asunto que sólo depende de la elección que efectúas en un instante. Aunque no lo sepas, en pasar de largo o desviarte a menudo está en juego tu existencia, y la de quien está a tu lado. Eso nos pasó a tu abuelo y a mí, no vimos algún camino, se nos pasó de largo y estuvimos caminando caminos que no eran nuestros y en algún lugar se quedó ese camino de los dos, sin caminar. Me duele pensarlo, mi niña, porque ese camino siempre estará vacío, nunca pasearemos tomados de la mano tu abuelo y yo. ¡¡Me cuesta contarte, niña!! Los pequeños desplazamientos milimétricos de mi ánimo, a veces me impiden vivir, son bajones, es el desaliento y el cansancio. Le añoro tanto, que duele el alma y los dedos, no puedo escribir. Fue el destino, el incesante trabajo del destino, que no para, unas veces acierta y otras no. Quiero contarte que estando junto a él tuve por primera vez en mi vida la sensación de que mi cuerpo no tenía límites. Como las plantas que hace días que no se riegan y se ponen blandas, cuelgan hacía abajo como la orejas de un conejo deprimido, así vivimos los dos antes del beso. Su vida, durante los años anteriores a esta historia, había sido justamente similar a la de una planta sin agua: el rocío nocturno le había brindado la nutrición mínima indispensable para sobrevivir, pero aparte de ésta no recibía otra cosa, tenía las fuerzas para sostenerse de pie y nada más. Es suficiente mojar la planta una sola vez para que se recobre, para que se yergan sus hojas. Eso le ocurrió a él con el primer beso, y a mi, claro, hoy lo sé. Ya no era el mismo ante el espejo, la piel era más lisa, la mirada más luminosa, ya cantaba y soñaba con canciones, era capaz de expresar las más bonitas palabras de amor. Bajo esta historia siempre habrá una inquietud, un tormento, éramos personas atadas. Pero él era como un cachorro que cansado de vagabundear, encuentra un cubil cálido. Estaba feliz, se sentía amado como nunca antes lo habían amado.
Pero siempre, estaba ese manto de angustia, de separación y añoranza, el miedo al paso del tiempo. En la vida de cada hombre, solo existe una mujer con la cual puede conseguir una unión perfecta, y en la vida de cada mujer sólo hay un hombre con el que ella pueda ser completa. Pero ese perfecto encuentro era un destino de pocos, de poquísimos. Todos los demás seres se ven obligados a vivir en un estado de insatisfacción, de perpetua nostalgia. Todos los otros son adaptaciones, simpatías epidérmicas, transitorias, afinidades físicas o de carácter, convencionalismos sociales. Él siempre me decía ¡¡Qué afortunados hemos sido!! ¡¡Qué suerte quererte y que me quieras!! Cuando nos despedimos me susurró junto al oído: “¿En qué otra vida ya nos hemos conocido?”
Mi vida era pensar en él. Claro que sí, prácticamente no hacía otra cosa. Pero pensar no es la palabra adecuada. Más que pensar; existía por él, él existía en mí, en cada gesto, en cada pensamiento, éramos una misma persona. Nuestra vida era un forzoso distanciamiento, pero era un sufrimiento que se mezclaba con otros sentimientos, detrás de la emoción de la espera, el dolor pasaba a un segundo plano. Éramos dos adultos atados en nudos diferentes, sabíamos que las cosas no podrían ser de otra manera. Pero nunca dejaremos de estar juntos, la última vez que nos vimos hicimos un pacto: Todas las noches, a las once en punto, en cualquier sitio que me encuentre y cualquiera que sea mi situación, saldré al aire libre y buscaré a Sirio. Tú harás lo mismo, me dijo, y así nuestros pensamientos, aunque estemos muy alejados, aunque no nos hayamos visto desde tiempo atrás y lo ignoremos todo el uno del otro, allá arriba volverán a encontrarse y estarán unidos. Después miró al cielo y me indico el lugar, entre Orión y Betelgeuse, me señaló a Sirio. Nunca desde entonces he dejado de mirar al cielo, no importa que no encuentre el lugar exacto, porque el sabrá encontrarme a mí.
Tras su ida me hundí en una profunda tristeza, de golpe me había dado cuenta de que la luz con que había brillado durante los últimos años no provenía de mi interior, sino que era solamente una luz reflejada. La felicidad, el amor a la vida que había experimentado, en realidad no me pertenecían verdaderamente, solo había funcionado como un espejo. Él emanaba luz y yo la reflejaba. Una vez desaparecido él, todo volvía a ser opaco.
Solo me queda Samatorza y su casita de zócalo azul, fabricada con sus pedazos de corcho, aisladora del frío, de la gente, del miedo y de las angustias. Esa casita donde sé que siempre estará él, ese silencio, ese sonido evocará siempre la soledad, el sitio justo donde ordenar los pensamientos, donde encontrarle. Escúchale niña, comprende lo que hizo y lo que sacrificó por “lo correcto”. Intenta entendernos, ya sé que es difícil sobre todo a tu edad, pararte a pensar, déjalo pasar, solo escúchale y ya entenderás.
Solamente caminando tres lunas con mis mocasines podrás comprenderme, si algunas vez metes tus pies en las zapatillas del abuelo, comprenderás nuestra historia. Chancletea un poco con su vida, la de ese hombre enorme y comprenderás como latía su alma. Cometer errores es natural, irse sin haberlos comprendido hace que se vuelva vano el sentido de una existencia. El lo comprendió y lo asumió.
Yo también pronto me iré, el tiempo siempre es demasiado corto. Piedad, fíjate bien, no pena. No sientas nunca pena de nosotros ni de nuestra historia. Si sientes pena yo bajaré como esos duendecillos malignos y te haré un montón de desaires. No te emborraches de chácharas y quédate callada, escuchando a tu abuelo. No cometas sus mismos errores, mira bien los caminos que tomas, sé humilde pero no modesta, vive, derrocha la vida a borbotones, como él. No quiero sentirme triste por ver tu vida desperdiciada, una vida en la que no ha logrado realizarse el camino del amor. Cuídate, pequeña. Cada vez que, al crecer, tengas ganas de convertir las cosas equivocadas en cosas justas, recuerda que la primera revolución que hay que realizar es dentro de una misma, la primera y la más importante. Luchar por un concepto, sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas más peligrosas que podemos hacer. Cada vez que te sientas extraviada, confusa, piensa en un árbol, piensa en tu abuelo, recuerda su manera de crecer. Recuérdale como un árbol de gran copa y muchas raíces, recuérdale como un gran hombre. Raíces y copa han de tener la misma medida, has de estar en las cosas y sobre ellas: solo así podrás ofrecer sombra y reparo, solo así al llegar la estación apropiada podrás cubrirte de flores y de frutos. Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y asegura más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve.
Escucha al abuelo, ve donde el corazón te lleve y sé ante todo, mujer.

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