Llego a esta historia para saber de un hombre grande, un hombre-símbolo de honradez, valentía y lealtad a un pueblo. No llego a esta historia para saber de un político, sino de un hombre que a pesar de estar su país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión continuó aferrado a la legalidad. Que resistió hasta la muerte junto a los escombros de una casa en llamas que ni siquiera era la suya.
Su virtud mayor era la consecuencia, pero el destino le deparo la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala, el valor, la democracia y un mundo, el drama ocurrió en Chile, pero nos ocurrió sin remedio a todos nosotros.
No llego a la novela sola, no conozco estos lugares, me lleva en brazos una voladora, Guacolda, una leyenda mágica. Dicen que las noches de luna llena y de cielo claro son los puentes que las voladoras atraviesan para sumergirse en el túnel del tiempo futuro. Aunque no ejercen propiamente la brujería, están muy ligadas a ella. Noche tras noche, siguen unos ritos mágicos y encomiendan sus favores a la poderosa Cai-Cai, una serpiente marina con cabeza de caballo, que produjo en su ira el más fuerte de los temporales de que se tenga recuerdo al anegar la tierra de lagos y lagunas..
Yo me dejo acunar por Guacolda, una mujer chaparra, de piel tostada y reseca, vestida con una saya de colores muy vivos, el pelo puro hollín, lo lleva recogido en una larga y brillante trenza. Solo hay que mirarla a los ojos, profundos y cristalinos para saber que por dentro esta hecha de una bondad esponjosa. Ella ha prometido enseñarme las historia de Salvador, el que luchó por acabar con el abismo entre piololos y pelucones.
De qué te aflige, mi'jita si no podís torcer el destino. Me decía Guacolda.
Yo no quería cambiar el destino. El destino estaba escrito en Valparaíso, que es la villa de las escaleras interminables y de los gatos negros que se empinan a las cúpulas plateadas de las torres, para otear la inmensidad del pacífico. Valparaiso, dicen que siempre será una urbe fantasma porque todo el que la habita dice soñarla en vez de vivirla realmente, convirtiendo sus calles en una leyenda viva con pinceladas del pasado, envuelta en nieves andinas y prestigio plateado. Una ciudad donde se mezclan aromas de achicoria, torrefacto y chancaca. Allí, mi conciencia hace un viaje en tren para superar los Andes, un ascenso que te hace sufrir la puna, primero un vértigo insufrible, luego un agudo dolor de cabeza y un estallar de ojos. Para llegar a un lugar donde se agitará tu sentido de la equidad. Potosí, su aroma, su cielo límpido, su sensación a beatífico pasado, es una de esas imágenes compactas que jamás se olvidan por mucho tiempo que transcurra, y a la que se vuelve con frecuencia. Lejos de la leyenda, era una ciudad dominada por las sombras del hambre y donde el hombre tocaba fondo en su dignidad, una gran mina de plata convertida en tumbas de miseria y desarraigo, oscuros túneles que a veces llegaban al alma, donde hombres y mujeres se hundían para derramar toda sus rabias y miedos silenciados por un trabajo de sufrimiento y dureza. Esa visión y experiencia en Potosí, no hace otra cosa sino despertar apetencias.................. revolucionarias. Por lugares así, es por lo que siempre han luchado hombres grandes, sin importarles perder la vida.
Son lugares a los que el viaje de ida está lleno de ilusiones, y el de vuelta de esperanzas de cambiar. Un viaje así cambió el concepto de lo justo que tenía Salvador.
De qué te aflige, mi'jita si no podís torcer el destino. Me decía Guacolda.
Ver a los obreros descarnados, a los niños que olvidaban sus juegos infantiles entre cubas de minerales, a las mujeres embarazadas acarreando las cajas de explosivos para las canteras, hace que tu conciencia sufra permanente amagos de terremoto.
Y el destino no se cambia, mi´jita, a los hombres que luchan los persiguen, los acosan y los encarcelan. Me avisaba Guacola.
Y lo encarcelaron, sí que lo encarcelaron. La mayor tortura que pueda conocer el hombre, la falta de libertad, en las cárceles, la tortura es la misma vida, las sombras, las ansias que van oprimiendo el corazón, la incertidumbre sobre lo que ocurre fuera de allí, los pasos huecos de los carceleros que, envueltos en la oscuridad de la noche, hielan el espíritu ante la mera sospecha de que a través de ellos sea la muerte la que ronde con su guadaña.
No te aflijas mi´jitita, es así, las calles están tristes, la gente encerrada, oprimida, sufre. Mi´jita, nada se puede cambiar de lo que escrito está.
En esas calles tristes se oyen bombardeos aéreos, entran en acción los tanques, muchos tanques, a luchar contra un solo hombre: el presidente de la República de Chile, Salvador Allende, que los espera en su gabinete, sin más compañía que su corazón, envuelto en humo y llamas.
De los rostros de gente desaparecen las sonrisas, ahuyentada por una tristeza pétrea y lacerante. Apenas si vivían y la mayor parte del tiempo transcurría detrás de los visillos, observando como el viento recorría las empinadas calles de Valparaíso arrastrando aromas como el viejo ascensor de colores abigarrados subía a la gente hasta los barrios más elevados de la ciudad; quizás fijándose en el azul intenso del pacífico, cuyos rugidos roncos, sus olas inminentes batiéndose con el muelle, los dejaban en el ánimo inconfesable sensación de temor. Se oía hablar de la leyenda del bio-bio, una suerte de lagarto que habita los subterráneos de las casas y que, conforme al dicho ancestral, va ingiriendo toda la energía positiva de cualquiera de los moradores de la casa, hasta precipitarlos directamente a la tumba. En las casas no había palabras, ni miradas escapadas, ni susurros, ni tampoco reproches ni suspiros. Solo eran horas de anticipados cementerios.
Pero no era el bio-bio, mi´jita, la gente se asustaba de los hombres, de ellos mismos.
De un lado están la constitución, la ley, la democracia y la esperanza. Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, como dijo Neruda, payasos a granel, terroristas de pistola y cadenas, monjes falsos y militares degradados. Unos y otros daban vueltas en el carrusel del despecho.
Pero m´jita hay un hombre grande que lucha por ellos, me susurra Guacolda.
No solo es valiente y se siente firme de cumplir la promesa de morir defendiendo la causa de su pueblo, sino que se crece en la hora decisiva hasta límites increíbles. La presencia de ánimo, la serenidad, capacidad de mando y el heroísmo,lo amparan
Pero esto es Chile y el hombre se encuentra encerrado y acosado. Sabe de sus últimos momentos, de sonidos de teléfono que acribillan el alma con ráfagas de malas noticias. Y decide lanzar un mensaje a un pueblo, un último mensaje que aún hoy suena con ecos de sueños en muchos lugares.
Mi´jita escucha, me dice Guacolda, escucha lo que Allende dice al aire:
Me dirijo al hombre de chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, a la juventud, porque en nuestro país el Fascismo ya estuvo hace muchas horas presente ............... La Historia los juzgará. Tengo fe en Chile y su destino. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
Mi´jita no te aflijas, el destino no se cambia, pero aun suena su voz. Y la gente recuerda su muerte y su batalla, su entrega y alguna canción.
Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en La Moneda.
Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.
Una bonita novela, un viaje que no habría podido hacer sin el amparo y la ayuda de Guacolda. El Chile de la revolución , el de los tanques en la calle, y el chile de los mitos y leyendas. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como iluminado , como un soñador: un sueño de grandeza se quedó en sueño. Recibidos los treinta dineros todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Una historia que se repite todos los días, solo cambia el lugar, el hombre y la suerte. Pero siempre, deben estar abiertas las alamedas para poder pasear libremente y poder elegir la mano a la que nos guste apretar.
Unas bonitas páginas arracimadas de sentimientos e historia.
Su virtud mayor era la consecuencia, pero el destino le deparo la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala, el valor, la democracia y un mundo, el drama ocurrió en Chile, pero nos ocurrió sin remedio a todos nosotros.
No llego a la novela sola, no conozco estos lugares, me lleva en brazos una voladora, Guacolda, una leyenda mágica. Dicen que las noches de luna llena y de cielo claro son los puentes que las voladoras atraviesan para sumergirse en el túnel del tiempo futuro. Aunque no ejercen propiamente la brujería, están muy ligadas a ella. Noche tras noche, siguen unos ritos mágicos y encomiendan sus favores a la poderosa Cai-Cai, una serpiente marina con cabeza de caballo, que produjo en su ira el más fuerte de los temporales de que se tenga recuerdo al anegar la tierra de lagos y lagunas..
Yo me dejo acunar por Guacolda, una mujer chaparra, de piel tostada y reseca, vestida con una saya de colores muy vivos, el pelo puro hollín, lo lleva recogido en una larga y brillante trenza. Solo hay que mirarla a los ojos, profundos y cristalinos para saber que por dentro esta hecha de una bondad esponjosa. Ella ha prometido enseñarme las historia de Salvador, el que luchó por acabar con el abismo entre piololos y pelucones.
De qué te aflige, mi'jita si no podís torcer el destino. Me decía Guacolda.
Yo no quería cambiar el destino. El destino estaba escrito en Valparaíso, que es la villa de las escaleras interminables y de los gatos negros que se empinan a las cúpulas plateadas de las torres, para otear la inmensidad del pacífico. Valparaiso, dicen que siempre será una urbe fantasma porque todo el que la habita dice soñarla en vez de vivirla realmente, convirtiendo sus calles en una leyenda viva con pinceladas del pasado, envuelta en nieves andinas y prestigio plateado. Una ciudad donde se mezclan aromas de achicoria, torrefacto y chancaca. Allí, mi conciencia hace un viaje en tren para superar los Andes, un ascenso que te hace sufrir la puna, primero un vértigo insufrible, luego un agudo dolor de cabeza y un estallar de ojos. Para llegar a un lugar donde se agitará tu sentido de la equidad. Potosí, su aroma, su cielo límpido, su sensación a beatífico pasado, es una de esas imágenes compactas que jamás se olvidan por mucho tiempo que transcurra, y a la que se vuelve con frecuencia. Lejos de la leyenda, era una ciudad dominada por las sombras del hambre y donde el hombre tocaba fondo en su dignidad, una gran mina de plata convertida en tumbas de miseria y desarraigo, oscuros túneles que a veces llegaban al alma, donde hombres y mujeres se hundían para derramar toda sus rabias y miedos silenciados por un trabajo de sufrimiento y dureza. Esa visión y experiencia en Potosí, no hace otra cosa sino despertar apetencias.................. revolucionarias. Por lugares así, es por lo que siempre han luchado hombres grandes, sin importarles perder la vida.
Son lugares a los que el viaje de ida está lleno de ilusiones, y el de vuelta de esperanzas de cambiar. Un viaje así cambió el concepto de lo justo que tenía Salvador.
De qué te aflige, mi'jita si no podís torcer el destino. Me decía Guacolda.
Ver a los obreros descarnados, a los niños que olvidaban sus juegos infantiles entre cubas de minerales, a las mujeres embarazadas acarreando las cajas de explosivos para las canteras, hace que tu conciencia sufra permanente amagos de terremoto.
Y el destino no se cambia, mi´jita, a los hombres que luchan los persiguen, los acosan y los encarcelan. Me avisaba Guacola.
Y lo encarcelaron, sí que lo encarcelaron. La mayor tortura que pueda conocer el hombre, la falta de libertad, en las cárceles, la tortura es la misma vida, las sombras, las ansias que van oprimiendo el corazón, la incertidumbre sobre lo que ocurre fuera de allí, los pasos huecos de los carceleros que, envueltos en la oscuridad de la noche, hielan el espíritu ante la mera sospecha de que a través de ellos sea la muerte la que ronde con su guadaña.
No te aflijas mi´jitita, es así, las calles están tristes, la gente encerrada, oprimida, sufre. Mi´jita, nada se puede cambiar de lo que escrito está.
En esas calles tristes se oyen bombardeos aéreos, entran en acción los tanques, muchos tanques, a luchar contra un solo hombre: el presidente de la República de Chile, Salvador Allende, que los espera en su gabinete, sin más compañía que su corazón, envuelto en humo y llamas.
De los rostros de gente desaparecen las sonrisas, ahuyentada por una tristeza pétrea y lacerante. Apenas si vivían y la mayor parte del tiempo transcurría detrás de los visillos, observando como el viento recorría las empinadas calles de Valparaíso arrastrando aromas como el viejo ascensor de colores abigarrados subía a la gente hasta los barrios más elevados de la ciudad; quizás fijándose en el azul intenso del pacífico, cuyos rugidos roncos, sus olas inminentes batiéndose con el muelle, los dejaban en el ánimo inconfesable sensación de temor. Se oía hablar de la leyenda del bio-bio, una suerte de lagarto que habita los subterráneos de las casas y que, conforme al dicho ancestral, va ingiriendo toda la energía positiva de cualquiera de los moradores de la casa, hasta precipitarlos directamente a la tumba. En las casas no había palabras, ni miradas escapadas, ni susurros, ni tampoco reproches ni suspiros. Solo eran horas de anticipados cementerios.
Pero no era el bio-bio, mi´jita, la gente se asustaba de los hombres, de ellos mismos.
De un lado están la constitución, la ley, la democracia y la esperanza. Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, como dijo Neruda, payasos a granel, terroristas de pistola y cadenas, monjes falsos y militares degradados. Unos y otros daban vueltas en el carrusel del despecho.
Pero m´jita hay un hombre grande que lucha por ellos, me susurra Guacolda.
No solo es valiente y se siente firme de cumplir la promesa de morir defendiendo la causa de su pueblo, sino que se crece en la hora decisiva hasta límites increíbles. La presencia de ánimo, la serenidad, capacidad de mando y el heroísmo,lo amparan
Pero esto es Chile y el hombre se encuentra encerrado y acosado. Sabe de sus últimos momentos, de sonidos de teléfono que acribillan el alma con ráfagas de malas noticias. Y decide lanzar un mensaje a un pueblo, un último mensaje que aún hoy suena con ecos de sueños en muchos lugares.
Mi´jita escucha, me dice Guacolda, escucha lo que Allende dice al aire:
Me dirijo al hombre de chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, a la juventud, porque en nuestro país el Fascismo ya estuvo hace muchas horas presente ............... La Historia los juzgará. Tengo fe en Chile y su destino. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
Mi´jita no te aflijas, el destino no se cambia, pero aun suena su voz. Y la gente recuerda su muerte y su batalla, su entrega y alguna canción.
Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en La Moneda.
Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.
Una bonita novela, un viaje que no habría podido hacer sin el amparo y la ayuda de Guacolda. El Chile de la revolución , el de los tanques en la calle, y el chile de los mitos y leyendas. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como iluminado , como un soñador: un sueño de grandeza se quedó en sueño. Recibidos los treinta dineros todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Una historia que se repite todos los días, solo cambia el lugar, el hombre y la suerte. Pero siempre, deben estar abiertas las alamedas para poder pasear libremente y poder elegir la mano a la que nos guste apretar.
Unas bonitas páginas arracimadas de sentimientos e historia.
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