domingo, 6 de noviembre de 2011

Doña Impedimenta


Malandar me pareció una ciudad triste, tal vez porque sin saberlo estaba pintada con colores de viejo y pobre puerto, una ciudad gris, un gris como de lágrima churretosa, poblada por gente gris, gente llorona, como si el peso de su reciente historia de tantos y tantos momentos le pesara en su alma como una losa.

Doña Impedimenta es fruto de la guerra, por decir algo…un fruto frívolo de la posguerra…por excusarla de su mala vocación. Si conversara con nosotros en este momento sentada a la mesa de su cocina, inevitablemente nos enseñaría, levantándose la bata y el delantal, esa herida de la que presume a la vez que se queja… una brecha entumecida en la pierna derecha a la altura de la ingle, muy profunda en su carne mantecosa, que cuenta ella, proviene de una mala bala fascista; luego, de un cajón del aparador sacaría un documento envuelto en plástico que certifica cierta invalidez y una determinada pensión compensatoria que no acaba de llegar. Así lleva años, contando esta historia y justificando su herida, aunque muchos sospechan y con razón, que su lesión es obra de algún turbio conflicto bastante ajeno a la guerra. Doña Impedimenta vive en Malandar desde que se casó… llegó allí del brazo de un marido cartero que la trajo de Dios sabrá donde… Con unos cuantos muebles, el ombligo seco de un recién nacido hecho reliquia, guardado en el sostén y un pasado desconocido prendido a la solapa de su viejo chaquetón. Se instaló en una planta baja del edificio de ladrillos rojos que hay al final del puerto. Antes había sido el piso de la portera, la difunta madre de su marido cartero…. Era un bajo triste y oscuro, aunque con un orden antiguo, de tiempo de paz….ajeno a guerras y ajetreos de puerto. Sus paredes se filtraban de una humedad salina que hacía que tuviese todo el día las ventanas abiertas, medida esta que no desagradaba a su dueña porque así se mantenía enterada de todas las novedades del pueblo; información imprescindible para llevar a cabo las labores a las que tanto es aficionada y que le dan sustento. Porque el marido cartero de Impedimenta no trae nunca dinero a casa, la endeble fortuna que gana se la bebe entera antes de encaminarse al dulce hogar que comparte con ella.

Hace muchos años que tiene la necesidad de beber metida en el cuerpo. Esto es un motivo eterno de reproche para la mujer del cartero, pero también un consuelo necesario para acallar su conciencia compasiva. A veces en su cocina llena de humo y de suelo húmedo, donde en el fogón siempre huele a exquisitos guisos y especias, se agrupan amigas del vecindario, mujeres que van y vienen y algún hombre extraviado…Ella los sienta alrededor de la mesa, uniendo así sus pobres y variados lamentos a los de ella…Y se les queja de lo caro que está todo, de los dolores de piernas, de sus deudas, de su herida de guerra y de la traición económica del marido. Se queja de su soledad, de su callado pasado, del abandono de su marido cartero cuando diariamente viene borracho y se pasa la tarde dormido, se queja de no obtener de él ningún detalle de gratitud por el amor y los cuidados que le profesa….Porque Doña Impedimenta cree ante todas las cosas en el amor.

Y a eso dedica su esfuerzo y a eso consagra sus días…Desde muy temprano, se pasea el vecindario buscando novedades que tengan que ver con el amor o la desdicha que proviene de él… Se entera de quien ha enviudado… De esa mujer madura que sigue hermosa y aún no está ajada…Escucha lo desdichada que se encuentra alguna joven quejosa del abandono que sufre por parte de su marido, aquella otra que convive míseramente porque su marido es un derrochador…. La joven casada con un soldado desaparecido y cansada de esperar, o aquella otra que carece de medios pero tiene un buen cuerpo que festejar….También escucha la zozobra de algún mal sacerdote, de un marino ajeno a este puerto, un militar alejado de su hogar o la inquietud interna de una mujer joven amortajada de castidad. En Malandar hay ahora escasez de medios, son malos tiempos, pero ella cree en el oficio del amor y a ello se ofrece con una enorme entrega. Doña Impedimenta escucha zalameramente las confesiones, los suspiros y lamentos de los habitantes de Malandar… escucha con devoción de alcahueta y asistiendo al más intenso afligimiento… no puede dejar de derrochar una sospechosa generosidad para con esa desdicha ajena y enseguida empieza a consolar a su prójimo. Entonces propone concretar una cita sanadora de esa pena, promete buscar solución a ese sufrimiento que no la deja indiferente… y traer pronto noticias de solución a ese tormento.

Allí, en su casa…Doña Impedimenta establece el imperio del amor… Tras fijar una cita, espera entusiasmada la hora de facilitar a un hombre y una mujer un lugar donde regalar sus cuerpos. Desde muy temprano, la casa de ladrillos rojo del puerto es visitada por los huéspedes ocasionales de Impedimenta…Aunque la tarde la pasa sentada en la cocina oyendo los ronquidos borrachos del marido, pelando verduras o despellejando algún barato majar para echar en el fogón…. Ella dispone de la mañana completa; mientras su marido reparte cartas y paquetes, se sumerge sin saberlo en el vil delito de lenocinio, una palabra demasiado ajena, que ni siquiera sabe que existe. Con esmero, apaña citas de enamorados o desesperados y así consigue sobrevivir, porque de ahí proviene el único sustento de esta mujer cómplice de algún Cupido loco y perdido.

En ese instante en que están dispuestas las dos almas y en total acuerdo de intereses… ella establece la cita. Cuando llaman al viejo portón desvencijado y podrido que cierra la vivienda, ella invita a entrar al hombre a la cocina y atravesando un pequeño pasillo mal iluminado, lo hace pasar a la pequeña habitación del fondo donde ya le espera la joven que él ha solicitado. Es una habitación que huele a amores rancios y a colonia de jazmines…provista de una espaciosa cama de matrimonio… la misma cama donde el marido cartero roncará la borrachera por la tarde….Impedimenta ha vestido la cama con la mejor de sus colchas para que el objeto del deseo espere sentada. Y ahí está, esperando la seguridad de unos brazos que le anuncien un deseo y sin saber aún que las sábanas se pegaran a su cuerpo debido a la humedad del dormitorio.

Dentro de su escasez y penuria la habitación está muy cuidada… Los huéspedes pueden disfrutar de un barnizado taquillón, una alfombra, unas cortinas de otomán color vino, una bonita lámpara de cristales azules que adorna la mesilla, y además, las paredes están cubiertas de las pequeñas obras de arte que guarda con esmero la dueña de la vivienda. Son labores en petit point que realizó Doña Impedimenta con sus manos jóvenes, hace muchos, muchos años. Allí, en aquel pequeño y coqueto reino del amor, se establecerá un leve contrato que aunque feliz y conforme, nunca durará más de lo dure la efervescencia de los dos, será algo rápido…casi no les dará tiempo a percibir el olor ajeno, un acre olor físico que se eleva del colchón. Ya en la habitación, hace las presentaciones, sonríe y se ofrece a satisfacer cualquier capricho o necesidad, corre las cortinas y enciende la pequeña lamparita de cristales azules, creando un grato e íntimo ambiente…Muestra el armario donde está lo que puedan necesitar y señala la palangana de agua y la pastilla rosa de jabón que está sobre el taquillón; y al advertir en la cara del hombre un destello de satisfacción e impaciencia, abandona la habitación y vuelve a la cocina y a sus labores. Allí se entretiene en cualquier tarea de costura o se ensueña dulcemente imaginando lo que sucede en la habitación…. Imagina una conversación animada, unas risas, la estrofa de una canción…sueña el crujir del almidón de las sábanas, aunque ella no puede almidonar porque es un lujo el almidón… adivina algún dulce lamento o el crujir de un muelle del colchón…

A veces incluso deja algo a fuego lento en el fogón y calculando el tiempo en que tardará en llegar la culminación y desenlace del lindo suceso que ella imagina, sale a la calle a buscar con diligencia otro motivo que la llene de satisfacción. Porque aunque ella se sabe alcahueta, siente la enorme necesidad de amparar en su casa a quién en temas de amor no encuentra amparo. Cuando siente que los ruidos en el interior de la habitación anuncian que la cita ha terminado, ella se pone a un lado de la puerta con los pies juntos y recibe en la mano la propina acordada, la agradece y corre al pasillo para vigilar desde el portón que la calle ofrece discreción al hombre, primero, y unos minutos después, a la mujer… Desapareciendo al instante los dos de la visión que ella alcanza desde el portalón. Doña Impedimenta ríe con satisfacción porque los siente salir contentos de este lance de amor pagado. Se siente feliz por la generosidad que despliega en el intento de emparejar almas y no siente el más mínimo remordimiento, porque fundamentalmente ella piensa que la necesitan… que emparenta necesidades…Y de eso vive...No tiene ni la más mínima duda, jamás piensa que algún despechado o vecino malhumorado pueda dar las quejas a los guardias y presentarse la policía en su casa… no espera asustada que le llegue algún día una citación por su fea conducta… Ni piensa como explicará al juez su falta, porque se siente libre de ella. Si alguien le preguntara lo negaría y justificaría su acción en la necesidad de amor que sufren esos cuerpos y en la situación precaria en que ella vive sus días… se golpeará el pecho afirmando que es honesta, que la calumnian por envidia… y enseñará encantada la herida que siempre está deseosa de mostrar. Doña Impedimenta no se siente otra cosa que no sea un ángel que otorga a los demás los dones de los que ella misma carece con pesar… ahí está ahora, jaquecosa y pálida, sentada en una silla en la cocina con sus orondas piernas un poco abiertas y cubiertas por unos gruesos calcetines de lana que le cubren hasta las rodillas… las manos unidas en el regazo, los ojos cerrados y una sonrisa ensoñada… Se sabe vieja y desusada por su marido cartero, el envejecimiento y las borracheras del hombre de sus desvelos, la han vuelto decente con ella misma. Siente una envidia sanísima cuando se cruza con esas jóvenes a las que convierte en objetos de deseos y las colecciona en el cuarto del final del pasillo, envidia su lozanía y frescura, sus carnes prietas y sus blancas sonrisas… un tesoro, piensa… al lado de su boca fruncida y sus reinos perdidos… Y en esa vocación de alcahueta y correveidile que practica en el puerto ve la posibilidad de compensar los encantos arruinados al menos económicamente.

Se levanta con trabajo y se siente cansada… pero se tiene que poner inmediatamente a recomponer el cuarto y dejarlo lucido y fresco para el siguiente encuentro… Tardará poco menos de una hora en llegar el antiguo jefe de estación, un hombre delgado y de barba cana, con un cuerpo sacudido por el tiempo y por un accidente en la vía que lo alejó de los trenes; ha enviudado hace pocos meses, pero aunque acumula años… siente la necesidad de amar y se ha decidido a ello. A acordado un encuentro en casa de Doña Impedimenta con la joven Natalia… una chica que llegó hace muy poco al puerto, con su novio… y este la abandonó…ahora se encuentra embarazada y sin nadie que cuide de ella y del bebé que aloja en su joven vientre… Doña impedimenta se ha apiadado de su soledad y le ha buscado una cita…El jefe de estación está avisado del estado de Natalia, pero no le importa… sueña con deleite en sus desproporcionadas caderas y en las venas azules de sus hinchados pechos…Mientras doña Impedimenta sueña con que se unan los dos hasta el final de los tiempos. Ahí le ve llegar, arrastrando el suplicio y la agonía de la pierna coja… anda deprisa y se tambalea sin querer sucumbir al dolor físico; aunque… ante el entusiasmo que procede de la concupiscencia demorada casi no siente su cojera. Doña Impedimenta le da paso tras el portón y le introduce en su cocina con cautela…vuelve a asomarse y tras unos minutos introduce a Natalia recatadamente.

Ya está hecho, piensa sonriente Doña Impedimenta… así seguirá la alcahueta de Malandar, no se le escapará ninguna muchacha codiciosa, ningún hombre débil ante un abrazo garantizado…ella reunirá a los unos con los otros, se enterará de sus deseos y los hará realidad…ella controlará así el amor de los demás y su propio monedero…Gran parte de Malandar está contenta. Doña impedimenta se cree así omnipresente y a su madura conciencia la empaña de compasión.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Epifanía....Piola


A veces, Epifanía Piola detestaba su cuerpo pequeño y sus piernas cortas. Detestaba su pelo y su sonrisa, su manera de suspirar, sus uñas mordidas y su ansiedad de quererse más y no poder conseguirlo. Tenía la necesidad de algo más que salir cada tarde de trabajar y refugiarse en la paz escondida en el sofá, tenía la pasiva inquietud de parar el reloj porque se estaba marchitando y no dejaba de soñar.

Epifanía Piola hubiera querido ser exploradora de países exóticos y hacer colección de fotos de lugares extraños, hubiera querido montar en globo y ensartar cimas de montañas en un hilo de cristal. A veces sentía la misma curiosidad que los detectives de las novelas que llenaban sus noches de insomnios… Perseguir a desconocidos para robarles su historia, era para ella como ser registradoras de antiguos armarios cerrados. Hubiera querido enamorarse de un piloto suicida y ser la única enamorada de un sultán empadronada en su harén. Soñaba con besar a un desconocido en unas cataratas y subir al Orient Express…. Epifanía quería amar y no encontraba la ocasión…No llegaba. Se resignaba y dejaba pasar los días viviendo una vida construida para ella, una vida a su medida en la que ya no cabía….Soportaba intrigas ajenas porque no las tenía propias…Asistía a actos importantes como el bautizo de un sobrino o alguna primera comunión… siempre iba de boda en boda…o a llorar a un hospital y presentir un funeral... asistía a algún festín con la mejor de sus sonrisas o ponía su cara más triste y se preparaba a oír alguna desgracia amiga, pero siempre ajena….Amaba a los niños que no eran suyos, mientras esperaba tener los propios y se le iban apagando las ganas. Compraba regalos de cumpleaños a ahijados y empaquetaba amores ajenos como de tarjeta postal.

El tiempo que le quedaba libre lo vivía arropada por sus dos gatos, su necesidad de pecar y sus cefaleas. Eran famosos los dolores de cabeza de Epifanía…que sentía algunos días más grandes que ella. Y muy íntimas eran sus ansias de pecados, pero ya se guardaba ella de las penitencias, sabía muy bien que se castigan y no se atrevía a dar motivo de queja al mundo ni a la sacristía. Por eso no vivió vida propia y sí compartió la de sus amigas…. Vivió sus bodas y algún amante, sus partos, sus males y lloró sus lutos.

Le hubiera gustado aparecer en algún retrato flotando en la espuma blanca de su vestido de novia y arrastrar una nube de tul…. Pero nunca se casó.

Ella no cuenta cómo fue que al final cayó en el juego nocturno que asoció al inconfesable sexto mandamiento. A solas y al anochecer, del deseo propio se zafaba en el impulso de la caricia certera. En su casa. Acariciándose. Siempre en la soledad del dormitorio con persianas bajadas. También los domingos y los días festivos. Casi con la completa oscuridad, invariablemente en el silencio, se complacía en la caricia propia mil veces conocida.

El caso es que sintiéndose pecadora dejó de confesar…. Y de comulgar…Dejó de visitar las iglesias y besar santas beatas…que duermen en urnas de cristal y despiden un fuerte olor a rosas…Esa costumbre que tuvo desde pequeña, de pronto la abandonó, para encontrar otras más lascivas y lúbricas…porque algo extraño se instaló en su sangre y empezó a vivir con el sexto mandamiento metido en el cuerpo. Ella sería la que desabrocharía su blusa si se presentara la ocasión…así, esa certeza la tenía, pero esa ocasión no llegaba. Hay gente con las que la vida se ensaña, gente que no tiene una mala racha sino una sucesión de huracanes. Casi siempre esa gente se vuelve lacrimosa y eso fue lo que le sucedió a Epifanía Piola… Lloraba porque quiso querer a alguien que no estaba entre los mortales, entregada hasta las uñas a los deseos de su cuerpo pecador y sin encontrar con quien pecar… pecar con un hombre que no llegaba, ese era su sueño. Lloraba y lloraba por cualquier cosa, mientras los botones de su blusa no se soltaban, y guardaban dentro todo el ardor de su cuerpo y de su corazón. Hipnotizada y llorosa por un dolor sin nombre ni destino se volvió la más tonta de las tontas…. Su espera fue una espera larga como el insomnio, una vejez de siglos, el infierno…. Algún momento de luz, una ilusión…y enseguida la acababa perdiendo, se libraba de las ganas de estar viva y fue perdiendo el brillo de la piel, la fuerza de las piernas y la humedad de las entrañas. Sus amigas la animaban, mientras ellas se asustaban.

Así estaba Epifanía…

Hasta que el otoño pasado llegó a la ciudad un circo….Epifanía casi sin pensar se encontró una tarde delante de ese mundo de magia y color….levantó la mirada al cielo y vio un enorme palacio itinerante de lona blanca inmensa y llena de luz. Tenía ante ella una enorme ciudad efímera de tres pistas que invadía el cielo…. Un hilo de encantamiento y fantasía le corría por las venas camino de la taquilla…Esa noche no quería dormir, quería soñar…Ya se sentía envuelta en cuerdas, trapecios, risas, saltos y malabares. Epifanía no fue una noche… quedó tan entusiasmada que durante varios días deambulo por el circo como una gata en celo…Y al séptimo día descansó…descansó de sus ansias de búsqueda y despertó dormida en una ruinosa caravana, al borde de la húmeda orilla de un río, azotada por corrientes de aires y voces alrededor. Una cama estrecha tras un biombo la cobijaba, en ese instante de despertar fue consciente de su loca y hermosa suerte y supo enseguida que nunca volvería a pasear en equilibrio por el alambre circense de su pasión solitaria….Desde ese momento pecaría subida al alambre, pero pecaría con Carioco….Carioco llegó a su vida.

A Carioco lo anunciaron en la pista central…sonando todavía los aplausos del número anterior… entre haces de luces de colores y una música que ponía en vilo los sentidos y la ilusión,…ella le vio. Carioco hizo dos números aquella noche… lo presentaron como un artista venido de la lejana Hungría…..un hombre pequeño y fibroso apareció en la pista, de ojos profundos como profunda era la tristeza de Epifanía….Apareció semidesnudo ante la multitud… encadenado y esposado…Carioco debía escapar dentro de un enorme barril de cristal y cerrado con un candado dorado…. lleno de agua azul y helada traída del Danubio para él. ¡¡El gran Carioco!!.... gritaba el eco del circo…. El escapista de los escapistas, capaz de borrar los caminos y aniquilar estrellas del firmamento…El ilusionista que no creía en los espantos y paraba balas de plata… Desde la misteriosa Hungría… su maestría en liberarse de las ataduras era mundialmente conocida y brillaban por el firmamento los candados de los que había sabido escapar…. Y ahora…. le arrebata el antifaz a la magia…cada noche en esta ciudad. Epifanía miraba atónica ese pequeño hombre que la incendiaba… aguantaba sin respirar tres minutos, decían de él….Suena un pequeño tambor y una flauta…Epifanía lo siente sensual e irresistible y a pesar de la distancia nota su aliento en su propio cuello…. La lejanía se convierte en cercanía y el aire se vuelve dulce…. Ella casi cree acariciarlo….¡¡El gran contorsionista!! …….sigue contando el eco entre notas musicales……que empezó muy pequeño cobrando en canicas bajo los puentes de Budapest…..que llegó del sol y apareció en la tierra…..Carioco…Carioco. Epifanía disfrutó de la función como quien asiste a la creación del mundo… sin respirar y notando un nuevo latido en su vida; no pudo resistirse a la mendicidad de esos ojos, a esa mirada triste. Desde ese instante decidió que esas manos que desataban cerrojos, fondearían en las lindes de su cuerpo y soltarían sus amarras.

No le acometió desazón alguna por la sumisión en que ella misma aprobó la silenciosa propuesta del hombre, en lugar de torcer el camino hacia la ciudad subió los tres peldaños de la pequeña escalera que subía a la caravana… ella pasea sin medir sus pasos, con todo el tiempo del mundo por delante, ajena a todo y a todos….entonces todo el orden de Epifanía se vino abajo. Y la gran armonía y tranquilidad de su vida se tambaleaba por momentos. Y allí está él, convertido apenas en una silueta de humo.

Esperándola, sin saberlo….Esperándola… Y traspirando magia y secreto desaliento.

Por primer vez se encendió su rostro en una cita amorosa, no parecía inquieta ni preocupada, solo concentrada en sí misma como asomada a un precipicio que no conocía. Epifanía conoció esa noche el color de los sueños… el juramento certero y voluntario a una voz que le susurraba y no entendía… La magia de ser dos dentro de uno. Y estuvo funambuleando todo el resto de su vida por la vida de otro, como si fuera la suya…. Viviendo en el riesgo mortal de volverse loca de amor. Carioco entró en su vida, sin apenas entenderse sus lenguas tan lejanas y tan cercanas… entró en sus venas como entraba en los barriles de agua helada, se encadenó a su piel y a sus latidos y la hizo mujer como hacía el triple salto mortal subido a un alambre de acero… La hizo así, sin más. La amó cada noche en colores pastel y alas de algodón…. Un húngaro, se decía para sí…mirándolo embobada y dejándose hacer, escrutándose y aprendiendo a mirarse ella misma como nunca lo había hecho…Y Epifanía se sintió así la más bella de las mujeres….así, en sus brazos. Admirada de si misma.

Y desde ese día, vivían la noche para amarse, ya nunca más se amó a solas. Temblaba bajo la mirada escorada de esos ojos… Epifanía Piola nunca antes se había visto sitiada por una mirada, y nunca antes se había rendido a su acoso. La demora impaciente de sus ganas y el recorrer exacto de su propio cuerpo sin necesidad casi de tocarla….la embrujaba. Casi sin rozarla esculpía la redondez generosa de sus senos, paseaba la pequeña cima de su vientre sin reparar en su ombligo y volaba sobre su pubis como si fuera un pequeño candado que abrir. Allí, tumbada junto a él, se sentía volver de laberintos oscuros que creía no haber transitado jamás, guiada por el sexo hábil y dulce de Carioco, la humedad de su lengua y las caricias de su mano experta…que la hacía estallar en el goce que irradiaba aquel momento mágico y desconocido para el pequeño cuerpo de Epifanía. Pasaron los años y sus amigas recibieron tarjetas postales desde todos los puntos del mundo… les contaba que la felicidad no era una mancha lejana en el tiempo, sino un viaje del que no pensaba regresar……que seguía pecando pero nunca más sintió la necesidad de hacerlo sola, que Carioco se paseaba por su cuerpo, escurridizo como un nudo en un cordón de seda…Que la amaba prestidigitadamente y la besaba por dentro, encendiéndola la certeza con la que él parecía desearla… le dio cinco hijos, vivió con los sentidos embotados y le fue siempre fiel en el secreto de guardar sus trucos… Vivió su amor itinerante y mágico por todas partes. Nunca antes, Epifanía hizo honor a su nombre y fue protagonista de la revelación de una pasión brillante y diáfana como la suya y no necesitó oro, incienso y mirra para ser reina de reyes.

Eso sí, cada mañana al despertar, cuando solo la algarabía de los pájaros rompía el silencio en la caravana, justo al amanecer, Epifanía tenía que tocarse entera…… Al despertar, y aún con los ojos cerrados, se acariciaba la piel asegurándose que seguía allí, viva. Palpar su realismo, acariciar su tibio cuerpo y su piel tan tierna, buscarse por los rincones para saberse viva y no muerta, después de esas noches mágicas de amor en que creía escapar de este mundo y de cualquier otro….en un número de escapismo y magia sin igual.....que solo, solo, podía hacer Carioco.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Como la que tuvo mi mamá.....

Desde hacia muchos años, aquellas dos mujeres eran cada una, púa del mismo peine, de ese peine con el que se peinaban sus días. Formaban parte del mismo mundo, del mismo tiempo y de la misma historia. No les cantaron la misma canción de cuna, no fueron al mismo colegio…. Ni siquiera se contagiaron el sarampión, unas viruelas o tosferina alguna….Fue tiempo después cuando la vida las hizo amigas. Durante años los hombres las miraron con curiosidad y codicia, soñaron con el hueco bajo su falda y se sintieron turbados con su presencia, o con el simple barrunto de su pisar.

Solo a una de ellas la desvistieron con ternura una noche, del tul inmaculado que la adornaba, solo a una de ellas la tomó un hombre encendido mientras ella suspiraba, solo a una de ellas le pidieron prestada la vida y el vientre para llenarlos. Y los lleno ese hombre… con sus apellidos, sus hijos y sus noches de ansias y mil deseos. Solo Alfonsina terminó casándose una mañana de primavera casi sin saber ni cómo, ni porque…….. Pero con un hombre que la adoraba. Eso no fue obstáculo para que las dos compartieran la sorpresa, la inquietud y la espera de sus barrigas. Compartieron el amor de los hijos, los pleitos del único marido, compartieron noches de vigilia por un mal catarro o una fiebre repentina y sin motivo…. Compartieron los llantos y las risas. Compartieron horas de cocina y de costura, compartieron sus vidas….Y hasta una palangana donde se lavaban el cabello algunas tardes con jabón y enjuagues de vinagre. Compartieron varios secretos y un montón de días ensartados en recuerdos. Por el vientre de Alfonsina pasaron siete hijos como pasan las primaveras…. Con primores….porque ella seguía siendo la misma mujer hermosa….. Mientras que el vientre de Fernanda nunca albergó semilla, ni ilusión alguna. Pero todo en sus vidas, absolutamente todo… fue de las dos.

Alfonsina desde muy joven tuvo a bien declararse atea, le importo muy poco que el mundo estuviera de acuerdo con ella, pero siempre fue mujer de sentimientos nobles y dejó y pidió vivir. Sus hijos crecieron sin religión, bautizo ni escapularios. Sin niño Jesús en la cabecera de la cama…. ni credos, ni agua bendita…. Estuvieron totalmente desatendidos del Corazón de Jesús. Crecieron sanos, hermosos y libres, a pesar de no estar protegidos por la Santísima Trinidad, aureolas divinas o algún ángel de la guarda. Nunca sintió Alfonsina necesitar el auxilio divino, pero si necesitó rodearse de un calor tibio y humano de los suyos y muchos libros e historias que le permitían soñar sin moverse del lugar. Pasaba sus días pensando en vestir a sus hijos y dejarse desvestir por su marido. Por el contrario, los generosos pechos y fuertes caderas solo le sirvieron a su amiga Fernanda para pasearse rotunda por el mundo, su encanto y feminidad solo acarició miradas lejanas de hombres sin nombre y sus ojos negros y vivos no suspiraron por varón alguno, nadie mimó su piel ni despertó su alma en las noches en vilo… En todo su cuerpo solo sus pies los sintió siempre nerviosos. Estaba enamorada de la tierra y del mar. Siempre que podía salía en busca de un sueño, un paisaje que pintar o un amor por encontrar, pero que nunca encontró. El amor nunca lo trajo de sus viajes, pero sí trajo ganas de llegar… para volverse a marchar.

Alfonsina y Fernanda pasaban muchas tardes en los patios de la enorme casa que mandó construir su marido para formar un hogar junto a ella. En esa casa de cuatro patios y muchas ventanas que se abrían al cielo, siempre había niños que saltaban en los canapés, con la tripa al aire como hermosos gatos, compadres que tomaban café y tortas de pan y canela en la cocina… nunca faltó alguna cuñada que quiso copiar en papel el sueño de algún vestido… vecinas a hornear una carne o un pastel… siempre había gente entrando y saliendo, o a la sombra del enorme y viejo membrillo del primer patio, tras el enorme portón de madera con clavos dorados. Era la entrada al mundo de Alfonsina y estaba rodeado de bancos de piedra, donde las visitas se paraban a charlotear y de paso llevarse las amarillas y olorosas gamboas que guardaban en los armarios de ropa blanca hasta navidad… No existía casa en el pueblo donde no olieran sus sábanas y toallas al patio de Alfonsina, o sus cocinas a dulces promesas de carne membrillo. En esos patios, las dos mujeres pasaban las tardes cosiendo inventos, vestidos para los niños o quizás, Alfonsina hacía algún milagro con un trozo de tela y un botón. Mientras ella inventaba, Fernanda contaba de sus viajes… hacía posar a alguien para algún retrato o sonsacaba a Alfonsina alguna historia sacada de uno de sus viejos libros….si se decidía a contar, Fernanda se quedaba mirando al infinito como si algo se le hubiera perdido y lo quisiera buscar…. ¡¡Estas enferma de sueños!!... le regañaba Alfonsina.

A Fernanda le entristecía saber que le faltaba un paseo en camello por algún desierto…. o sentir su cabeza envuelta en un turbante y respirar en la lejana y embriagadora India… Quería tener alguna orilla distinta, amiga de amaneceres y terminar el día en una sierra perdida y tomada por bandoleros. Fernanda se pasaba la vida queriendo conocer un nuevo lugar… solo unos días para beberse los rayos de alguna luna que no fuera la que veía desde los patios de Alfonsina, ella ansiaba algo más que la paz escondida entre la tierra y las hojas de aquel membrillo.

¿No te gustaría cruzar alguna vez el mar, ese mar donde caben todos los colores?... Le preguntaba a veces Fernanda a Alfonsina…. Y ella siempre contestaba… No pienso salir de aquí, soy madre y costurera… Yo no soy aventurera.

Una tarde, mientras cosían vestiditos de piqué para las niñas pequeñas… Alfonsina le contó a Fernanda que tenía una perla rara debajo del pecho derecho…”Como la que tuvo mi mamá”…. le dijo. Fernanda levantó la blusa de su amiga y tocó la bolita…….. Exactamente redonda y cálida en el pecho de la mujer a la que tanto quería. El terror las inundó entera a las dos, pero ninguna palideció para intentar parar el tiempo y así, engañar al dolor que en aquellos momentos le subía a torrentes por las piernas. Fernanda, tocando la mejilla de Alfonsina y sintiendo el sudor miedoso que le brotaba en la espalda, le preguntó…

¿No pensarás morirte, verdad?

Visitaron a un médico que no pudo aliviar su pena de saberse pronto plana. Antes de nueve meses desde aquella tarde… Alfonsina caminaba ayudándose de un bastón, le dolía el aire y la tierra que pisaba, el sol del amanecer, la cuenca de los ojos y el vértigo de algún recuerdo. Estaba mucho más delgada pero no perdió su linda mirada ni ese gesto de bondad en su sonrisa. Fernanda dejó de desear otros sitios…se olvidó de viajar a otros lugares. Y acompañó a Alfonsina a la operación y a los tratamientos… Luego buscaron más remedios, visitaron médicos y curanderos, a brujos y un mago…Compraron hierbas y gotas a un alquimista…. Para al final, una tarde sentir la necesidad de visitar alguna iglesia.

Dios se empeña en que haga algún viaje, dijo Alfonsina, hincada de rodillas en un frío y duro reclinatorio… Yo empeñada en no viajar y él me lleva… Dios me lleva, Fernanda… y tú te vas a encontrar de pronto con siete hijos, una casa con cuatro patios, un membrillo que regalar y un viudo al que consolar.

Tu no te vas a ninguna parte, le decía Fernanda… eres una reina, un tesoro, una diosa… eres generosa, íntegra, valiente, perfecta… Tú, no me vas a dejar sola.

Alfonsina dejó de hacer planes para el futuro… de coser vestidos y de acompañar a las visitas hasta el membrillo del primer patio. Alfonsina solo hablaba con Fernanda de sus hijos, dándole mil y una explicaciones de las particularidades de cada uno. Haciéndole recordar las preferencias en las meriendas…. Las costumbres a la hora de dormir…. Este niño que tiene pesadillas….Ese pequeño que se gastará el pulgar de tanto chupar… Aquel otro que se levanta bañado en orín… y aquella muñeca mía que se hace la distraída a la hora del aseo o los adornos al vestir….Y aquella otra, la mayor… que ya suspira por los pasillos y tiene amores en las pupilas...... Sometiéndose las dos al tormento de dejar las cosas habladas… repasaban cuidados y manías. Llegó el día en que ya Alfonsina no pudo levantarse…. Entonces pensó que estaba equivocada… que no es que Dios no estuviera en su vida, es que estaba, pero estaba loco… Dios era un loco sin remedio.

El día en que enterraron a Alfonsina, en la casa entró de golpe, el desorden y el extravío….Su marido se cayó postrado bajo el membrillo y ya no la dejo de buscar. Y su amiga Fernanda heredó siete hijos, muchas ganas de llorar, algún desvarío y el mismo sueño cada vez que cerraba los ojos. Esta misma mañana, estando ensoñada en el último patio… con la cabeza echada hacia atrás, mientras una de las hijas mayores de Alfonsina le enjuagaba el pelo con un aguamanil, como siempre hizo su madre… La niña le preguntó, que sueñas tía Fernanda. Resoplando con genio y mirando al cielo, Fernanda le contestó. Sueño con tu mamá, que me cuenta que todo allí es igual, que esté tranquila… que allí me espera pero sin prisas…, que por fin ha viajado y sin equipaje, a algún lugar….Que es un lugar muy lindo…..Que la perdone por haberse muerto.

Besando a la niña en la barbilla y riendo al cielo…susurró.

¡¡Qué idea tuya la de morirte, Alfonsina!!

¡¡ No te pienso perdonar!!


Tampoco pudo formar...METÁFORA



Estoy segura que es la cadena. Es esta cadena la que me hace sentir así…. Es una cadena que llevo enganchada…. No sé de qué es, a veces parece de hierro pesado, otras de seda o de miel…. Es una cadena sigilosa y está integrada con toda naturalidad en mi vida. Siempre está ahí, aunque nadie la ve. Si muestro mis quejas….todos me dicen, corre, vuela….Suéltate. Eso me dicen. Ellos no saben que no encuentro la manera de salir de aquí. La cadena no me impide vivir o soñar…. Sé que los eslabones no son siempre los mismos… Él añade alguno más y la noto más larga…. Hay días que se alarga tanto que puedo visitar cualquier lugar….A veces he llegado hasta el mar. Pero lo importante es que siempre es lo suficientemente larga para llegar a todos los rincones de mi casa…. De esas cuatro paredes tan seguras…. Pero también es una provocación a la cordura, podría ser un enorme riesgo abandonar ese primer eslabón que la une a mí y la seguridad que proporciona su atadura. Mejor será que no la toque… La sensación de ancla en mis piernas a veces me alivia el sueño, no me siento heroína de ninguna novela…. Siento que si alguna vez escapo de aquí, lo haré deshonrada, vejada, apática o cambiada. No tengo fuerzas para hacer desaparecer esas argollas y esos engarces…. Mirar al suelo y ver un eslabón tras eslabón me hace sentir una opresión en el alma que me deja paralizada. Estoy agrilletada. Es una cadena con un afán hacendoso… Con ella puedo llegar a todas las esquinas y sacudir el polvo…. Encima de los armarios y a las lámparas, puedo llegar a la azotea y tender las camisas al sol…. Antes llevaba a los hijos al médico o al colegio…Puedo pasar la aspiradora por las juntas del sofá y sacar la nostalgia atrasada y hasta puedo llegar a los buzones del portal, a veces voy con ella a la peluquería o a visitar a un familiar. Mi casa está bien… no es una cárcel y puedo ir y venir con relativa libertad. La nevera siempre está llena… Puedo elegir lo que quiero cocinar. Siempre está llena a rebosar. Los yogures… Eso es lo que más me gusta….Alinear los yogures y ordenarlos por sabores. Me entusiasma sacarlos de su cartón y ponerlos a enfriar…. Ahora hay promoción y regalan con cada ocho yogures unos imanes para la puerta de la nevera de esos que tienen una letra dibujada, para que los niños dispongan palabras… Son cuadrados y llevan dibujado junto a la marca, una fruta de colores chillones que coincide con el sabor…Me llena de emoción descubrir la letra escondida bajo el cartón…. Me embarga de impaciencia cada vez que llegan yogures a casa. Pronto podré formar alguna palabra porque en casa se comen muchos yogures. Hoy al abrir los paquetes he descubierto la letra eme y la ele….que junto a dos a y una te que ya tengo, suman cinco letras. Cierro y alineo los imanes en una esquina de la puerta…. Jugando con ellos puedo formar ALA, TALA, AMA y MALA…...Dejo compuesta la palabra ALA separando tres letras de las demás…. y levantando la cadena con el pie como hacen las cantantes con su bata de cola…giro y salgo de la cocina dando un traspié. Sigo disfrutando lo que puedo de mi vida atada a la cadena, es una buena vida….eso dicen. A veces no sé exactamente cuántos hijos tengo, pero deben ser muchos porque se acaban pronto los yogures y el polvo y la ropa sucia inunda eternamente mi rutina…. Alguien se me ha adelantado hoy, y en la puerta de la nevera han aparecido dos nuevas letras… una ge y otra a….la a es un poco pesada, ya tengo tres. Tan pesada como esta cadena, hoy la siento de piedra. A veces mi marido intenta sembrar sus instintos en mis adentros…. Llega con una rudeza titánica y una lascivia chantajista….Y aprovechando la soledad de la casa, se aprieta sobre mi vientre cansado y lo llena de un sudor frío y distante… inunda mi alrededor de olores que me son ajenos y respira en mi oído sonidos rancios, que nada tienen que ver conmigo… ¿Qué siento?.... Ya casi nada… o nada… no recuerdo si alguna vez lo amé… solo recuerdo con claridad desde el momento que el sacerdote consagró esta unión y hoy soy consciente de la usura del momento, del absurdo de esa alianza eterna que me convirtió en dos y en uno a la vez…. Un conjuro que me ha tenido embobada todos estos años de mi vida…. Antes no lo sentí así…. Hace años mi marido me era más familiar….Recuerdo que una vez fuimos novios, salíamos a bailar y venían sus padres a merendar, alguna vez se presentó con un perfume, otra vez me regaló un anillo de turquesas, una grande rodeada de otras más pequeñas…..Aquel día me besó la mano. En otra ocasión me regaló una cruz de oro con un fino cordón, me apartó el pelo y me la ajustó alrededor del cuello. Qué niña era entonces y que vieja me siento ahora. Aunque nadie lo sabe sueño a todas horas…. Son burbujas de sueños que se me van quedando dentro, en la sangre…. Eso me inquieta y me mantiene viva a la vez…. Me preocupa enfermar y que algún doctor descubra lo que escondo….Todas las venas llena de sueños…. Esta mañana soñaba que estaba envuelta en una sábana de seda y podía oler el humo de un cigarrillo….me sentía rodeada por unos brazos llenos de ternura y calidez…. Bebía chianti en una góndola mientras me deslizaba por aguas oscuras hacia las luces de un callejón…..El gondolero entonaba canciones de amor, y todos los palacios abrían sus puertas para invitarme a pasar…Esta mañana me sentía princesa…… ¿Qué tontería, verdad?... ¡Qué difícil pasar la fregona con estos eslabones!... me pringo toda de agua y detergente, voy dejando marcas por todo el suelo y salpico los muebles sin querer…. Temo perder la razón…. La ira y el rencor me ciegan a veces y otras solo me languidecen hasta hacerme sentir agotada. Cuando analizo mi vida siento la certeza de lo que tengo y me asusto de la mediocridad innecesaria que me invade… la certeza de convivir con una antiquísima autoridad que me sobrevuela…. Una actitud de distanciamiento y desconocimiento cada vez mayor me aíslan de lo que la iglesia unió. He descubierto otro despliegue lácteo en la nevera… una de y una ese… una pizca de alegría al empezar el día….ordeno los yogures como siempre. Cierro la puerta de la nevera y alineo las letras…en total nueve letras. Quiero formar una palabra….Un pequeño divertimento mientras cocino…Me salta a primera vista la palabra MATA y eso me aterra, no tengo ánimo de escribir palabras feas, escribo LATAS… otra cosa de la que está siempre llena la nevera. Ofuscada por la amenaza de una posible irracionalidad me abandono de vez en cuando a la melancolía y a la tristeza corrosiva que me va invadiendo….He hablado con mi marido para que añada suficientes eslabones a la cadena para que yo pueda sentirme mejor…. Pero dice que así estoy muy bien. Es entonces como sin darme cuenta caigo en la más absurda sumisión. Pero enseguida, con un nuevo sueño, me repongo…. Las ideas son mucho más largas que esta cadena que me ata, eso no lo sabe nadie… Y me alerto yo misma del riesgo que supone dejar de pensar y convertirme en NADA, una palabra que aún no puedo formar, porque me falta la ene. Mi marido ha llegado con bolsas…. Él no tiene cadena y puede moverse con mucha más facilidad por otros lugares…. Trabaja en un pequeño polvero que tenemos en los bajos del edificio… allí está casi siempre, rodeado de azulejos, cerámicas y yesos, aunque él presume de poder proporcionar cualquier material de construcción. Ahora está siempre de mal humor porque dice que las cosas no van bien…. Ha traído más yogures, pero no sé cuales serán sus inclinaciones ni si las podré satisfacer, me faltan ganas…..me mira de una manera recelosa y mi vientre se encoje…. Solo deseo envolverme en silencio hasta que se vuelva a ir. Más emoción y baile de tapas y colores en la nevera… Hoy ha salido una i y una o, dos vocales… la i nunca me ha gustado, sabe a diminutivo… la o me encanta, es redonda. Antes de cerrar la nevera sé la palabra que voy a formar…ISLA…. Si tuviera una e, pondría MIEDO. Me siento vieja…y cansada….me falta tiempo…. Los deseos de mi marido nunca coinciden con mi naturaleza…. Mi casa está llena de hijos y gente que ya no conozco…. Vivo con una libertad demorada y un ánimo crispado hasta el sufrimiento. Y la cadena cada vez me va a pesar más, carezco de la resignación necesaria para pasar así mis días. Hoy he tenido otro de mis sueños, ante mis ojos dormidos han pasado tan rápido que se confundían los conceptos, viejos amaneceres llenos de lágrimas….noches en vela, sombras de sustos….Y una nueva voluntad…. Son unas certezas que hasta ahora nunca sentí... Y me he sentido arropada como no me había sentido nunca antes. En algún lugar de mi cuerpo, que ahora que estoy despierta no puedo recordar, sentí la mano que me hizo tambalear…Un escalofrío me recorrió entera al levantarme y me infundió el valor… Me abrazó…. Me sentí sujeta y fuerte…. Fue como despertar en una catedral en medio de una tormenta….Pero es primavera, esa estación aduanera en donde los sentimientos no se dejan de pagar…y pagaré caro librarme de esta cadena…..En el sueño he visto que los eslabones son solo miedos y confusión….Y abriendo bien los ojos y el alma me he soltado de ella. Ya está. Pasé por la cocina antes de irme. Coloqué los imanes formando la palabra ADIOS y me guardé todos los demás en el bolsillo…. También me hubiera gustado formar SUEÑOS, es una palabra importante en mi vida, pero no me ha dado tiempo a conseguir la eñe ni la u…. antes de salir oí una voz que decía…. ¿Dónde vas con esa maleta?….No he reconocido la voz…..Sentía los músculos tensos y la conciencia empañada.


martes, 20 de septiembre de 2011

Justa


La tarde.
Llueve.
Llueve sobre Justa porque no le gustan los paraguas.
Llueve sobre la ciudad y sobre la decrepitud de su padre.
Llueve su alma y sus heridas.
Llueve sin parar.
Llueve.
Justa tiene que pasar hoy la noche en el hospital, velando la enfermedad y vigilando al milagro al que se une su padre… Justa ha dejado su casa, ha dejado sus hijos…. Y sus tareas hechas…. Planifica su noche para estar junto a su padre…. Metió las zapatillas en una bolsa, el neceser con el cepillo de dientes y algún carmín… metió un poco de cena, un libro y una chocolatina. Lleva meses preparando esa bolsa cada cuatro días para pasar una noche con su padre… Lleva años viendo como cada instante muere más…. Como su padre arrastra la vida y la soledad. Ese hombre es muy mayor, demasiado mayor para vivir, pero ahí está, sin estar en ningún sitio…..demasiado delgado. Ha adelgazado mucho.
Demasiado. No le queda más que piel. Está pálido y sin brillo, su piel seca y llena de arrugas. Su boca está entreabierta y sus brazos aburridos se extienden a lo largo del cuerpo. Se le pueden ver las venas azules bajo la piel transparente y contarle los huesos de todo su cuerpo. Cuando Justa llega le refresca la cara y el pelo con un poco de colonia, le arregla el pijama y le pone un par de gotas de colirio en sus ojos perdidos…. Ya solo queda esperar… espera y espera…. No quiere empezar a mirar el reloj porque le asusta el tiempo que tiene que pasar junto a su padre una noche más. Ya sabe que nunca más va a moverse o a mirarla, que no volverá a salir de esa dura cama…. Que ya no tiene vida. No puedo más, piensa abatida, no reconoce en esa persona al padre que tuvo y sin embargo sufre por el dolor que lleva encima… No es un dolor ajeno….Le duele verle así, no ve solución ni tiene paciencia para esperarla… Intenta implorar a Dios y a todos los Santos…. Se pregunta porqué a él, porque a ella…. Fija la mirada en el viejo reloj de pulsera de su madre. Un instante…. Pero no mira la hora…..contesta una llamada de teléfono de algún hermano… son unos minutos en los que se hablan frases repetidas, de consuelo mutuo…. Alguna risa para templar… alguna novedad familiar….Calcula…. Espera y espera…. Lleva meses viviendo al ritmo de la respiración de su padre. Mira fijamente al hombre tumbado en la cama. Aspira profundamente. Mirándole el pecho puede contarle las respiraciones. Sabe que antes de contar cincuenta entrará la enfermera a cambiarle el gota a gota que riega su vida. Otras cincuenta respiraciones más y vendrá con un termómetro y algo que mide su tensión….. no olvidará la glucosa en sangre…. Le dará un dato que ya carece de importancia para Justa y para su padre. Todos los días igual, cruzará con ella unas palabras amables y se marchará. Luego un largo silencio y a esperar…. espera y espera…... Mira lenta y largamente alrededor. La habitación, su padre. Ese cuerpo en el vacío. Ese cuerpo vacío…. Si la viéramos, ahora su cara y su temple son de inercia…. Su postura encogida… el codo apoyado en el brazo del sillón y su mano sujetando la cabeza y sus pensamientos……..espera, espera, espera….. Nota los pies hinchados y busca el somier de la cama para posarlos allí…. Se agarra con los dedos al frío metal…Está encogida sobre sí misma y sobre el dolor, sobre la pena y el aburrimiento que siente con esta larga y eterna situación…Se irán apagando los ruidos del pasillo y los paseos de las enfermeras…. Cada vez se siente más sola en ese silencio….espera, espera.
¿Qué espera? ….. Justa no sabe qué espera.
Justa adora a su padre, le mira allí callado e inmóvil y cree morirse de pena… es un puro milagro… enganchado a esa máquina llena de cables y lucecitas de colores como si algo estuviera en fiestas…. Mira esa bolsa que cuelga de él… llena de un amarillo tan hermoso que a veces se pregunta porqué un color como aquél permanece oculto en el interior del cuerpo… ama a su padre tanto que le besaría la sangre…. Agarra la mano de su padre y palpitan juntan, una contra otra, la yema de su dedo índice acaricia la cicatriz que tiene el anciano cerca del pulgar…. En la palma de la mano, aquella que se hizo una navidad cortando un duro turrón… Ay, papá… cuánto dolor… el propio dolor y la vida misma la hipnotizan, duele, recuerda alegre alguna imagen de su infancia que la hace sufrir como ningún otro tormento…. Se sienta, se levanta, se vuelve a sentar… espera… espera… se levanta, se sienta al lado de su padre, junto a su cadera… lo mira y observa sus sueños, sin sonido y en blanco y negro, como de cine antiguo…. Tiene la sensación de que alguien ha pasado un borrador por el tablero de la vida de su padre, donde estaban escritos sus días con tiza, dejando solo un manchón blanco como una nube.
Espera……..se levanta… se sienta en el sillón… cierra los ojos, parece dormir.
Cae la noche. La calle se oscurece. El día se va. Suele pasar la noche en una inquieta duermevela… Se despierta y comienza a estar abrumada por los recuerdos, desde que su padre perdió la consciencia, ella ya no disfruta a su lado… le gustaba escucharle sus historias antiguas y sus desvaríos…El hombre, entonces se sentía importante…..Ella solía pensar con dolor que estaba disfrutando a su lado como no lo hacía desde pequeña a pesar de estar tan enfermo….hubo un tiempo de verdadero placer en la sensación de cuidarle y mimarle…..de verdadera conciencia de tenerle….pero ya solo siente desespero y angustia…. Se levanta pesadamente y contrariada abandona el sillón al lado de la cama…da algunos pasos por la habitación, mueve las lamas de la persiana y mira la calle oscura… Resuenan lamentos en el pasillo del hospital.
¡¡Me volveré loca!!
Justa no sabe rezar…. Nunca ha logrado aprender, sabe muchas oraciones, pero no sabe rezar…. Solo llega a decir de vez en cuando…¡¡Ay, Dios mío!!.... No logra encontrar a Dios…. Ya tampoco cree en esa ciencia que le ha devuelto a su padre tantas veces….Ya es tarde. Justa ya no cree en casi nada.
¡¡Él está cada vez más débil y yo cada vez más loca!!
Tantos meses a su lado la empujan a masticar el tiempo… a mover recuerdos que casi tenía olvidados… a conocer sus propias faltas y sus errores…..espera y espera.
¿Me escuchas, papá?
¿Me oyes?
Las respiraciones tienen su cadencia habitual… la boca sigue entreabierta. La tonalidad cenicienta de la tristeza se extiende por sus labios. Permanece siempre en un silencio de miedo. A veces habla sola ahogada en sus lágrimas, se acurruca en su angustia y piensa en la culpabilidad que ya barrunta. Ella le cuenta las novedades de su vida, sus pecados, sus enfados con el mundo, sus sueños y anhelos… Ella solo puede contarle. Se lamenta de todas sus desgracias, todas sus miserias. Mira el gotero y cuenta las respiraciones. Coloca la sábana…… espera y espera. Está acostumbrada a esa presencia vacía…..Son momentos en que se llena unas veces de rencores y otras de lindas nostalgias…. No puede evitar esa confusión constante…. Solo tiene la certeza de amar a su padre y del miedo constante que la embarga….espera, espera…. Cuenta las respiraciones y juega a adivinar algún movimiento en el pasillo, se conoce a los enfermos y a los familiares…. Muchos meses de rutina…. Le coge la mano a su padre…. E intenta hacerle las cosquillas que él le hacía a ella de pequeña…buscando el hueco de la palma de su mano le cosquillea con el dedo corazón…. Se le inundan los ojos de lágrimas….Cree que no puede más.
Se levanta, súbitamente. Sale de la habitación. Se la oye dar vueltas por el pasillo y decir… ¿Pero que me pasa?... ¿Qué estoy haciendo?... ¿Por qué?.... ¡¡Qué cansancio!!... Esto no es normal, no, no es natural su pensamiento aunque sí, su claro sentimiento…. Pero decide…. Ya no volverá a esperar. Vuelve a entrar en medio de una desesperación desesperada……..Ya no tiene más paciencia para soportar esta carga….. No espera, no espera…. No espera….Es egoísmo y generosidad.
Vuelve a la habitación con la mirada sombría y miedo en el cuerpo. El hombre sigue ahí. Con los ojos abiertos, la respiración al mismo ritmo. El suero medio vacío. Caen las gotas, como antes, con la misma cadencia….No las cuenta. Siente las manos temblorosas. Se acerca a su padre y le pasa la mano por su negro cabello bien peinado, casi no tiene canas…. Le acaricia la mejilla. Se para. Respira profundamente. Con gesto seco tira de tubos y cables, pulsa los botones que el temblor de sus manos le dejan y cierra llaves…. No sabe qué ha hecho o si lo ha hecho bien. Cierra los ojos, y a su padre le libera la boca. Se da la vuelta, con los ojos cerrados. Avanza con paso incierto. Solloza.
¡¡Dios perdóname por ser Justa!!
Justa recoge sus cosas y sale de la habitación pegando un tirón de la bolsa.
Corre por las escaleras sin esperar el ascensor…. Corre por los pasillos desiertos….Corre por un bonito y mojado jardín….Corre por el aparcamiento…. Corre por las calles… Cruza la muralla que abriga su ciudad y sube la mirada a la torre de una iglesia pidiendo quizás clemencia…. La Virgen duerme y no la ve, Corre, corre…. Se adentra hecha hiel y espuma en las calles calladas de un barrio ajeno y dormido. Corre….corre…y corre………… Justa, aún no sabe que se pasará la vida corriendo.

La Eternidad de Miguel Gamboa

Los cuentos que la abuela Clementina sacaba de su caja de cristal, siempre olían a jazmines, a alguna hierba… a lunas de agosto y a cantos de grillos negros de los de verdad. Me gustaba oírla contar sus cuentos sentada en el umbral, bastaba una palabra para que la abuela comenzara a recordar. Aquella noche… recuerdo a la abuela trajinando con sus manos…. Desvistiendo habas para ponerlas en una cacerola que tenía al lado con ramitas de poleo y alguna cabeza de ajos…. Aún puedo sentir el olor del poleo…. le pregunté si ese cielo que veía era la eternidad…. Me recuerdo pequeña…. tumbada de espaldas en la acera aún tibia del sol de la tarde y mirar las estrellas… mientras oía a la abuela contar…. Nunca, nunca…. mi cielo ha vuelto a estar tan repleto como entonces.

Ayer…. Cuando le conté la historia de aquella hija loca de la abuela Clementina… él me dijo que si pasaba a tinta mi cuento, podría poner origen y tiempos a Miguel…. Podía decir que era indiano, poblano o quizás portugués…. Que llegó con un circo o destinado a un cuartel, que quiso ser torero… Que era casado, sacerdote o demonio con piel…. De Ausencias podría decir que era prometida de un marino, viuda de un coronel con seis hijos en su haber…. O quizás novicia, una casada infiel… o una devota insigne de Santiago Apóstol, aquél santo poderoso que asustaba a los moros a lomos de su caballo y que tanto impresionaba a la abuela Clementina…. No, no contaría más que un sentimiento con palabras acorazonadas…. El sentimiento de la eternidad, la eternidad del amor de Ausencias Tilo.

Ausencias tenía el vientre más perfecto y lindo que él había conocido…..así comenzó la abuela Clementina oliendo a poleo…..Una curva deliciosa y suave, le decía. Tenía la espalda pecosa y unas caderas sin mucha intención. Su espalda siempre tensa, viva y despierta… caminaba deprisa, como sin miedo. Quienes la conocieron contaban que tenía las piernas largas y firmes como una diosa, que era imposible mirarle el vientre y acariciar su pubis sin desearla entera.

Hubo un hombre al que le prometió su cuerpo lleno de luciérnagas… por el simple motivo de haberlas puesto en revuelo… Él no sabía entonces el frasco de locura y pasiones que estaba destapando con aquel beso…… era una mañana fresca de un once de febrero y un jardín en flor, la que desquició para siempre los ordenados sentimientos de Ausencias Tilo.

Ella le reconocía como el amor de su vida y siempre tuvieron la certeza de haber nacido para juntarse… No pudo ya olvidar el aliento que le entibió los hombros, ni desprender de su corazón la pena que la ató a la voluntad sagrada de aquel beso.

El amante de tía Ausencias era un hombre de maneras suaves y todo en él eran aguas y azules. Era correcto como el nudo en una corbata y loco como las olas a oscuras. Al menos así lo creía Ausencias, que cuando lo sentía lejano iba juntando avaricia de cada uno de los besos que se perdía, de cada sonrisa regalada a otros ojos, avaricia de caricias y avaricia de vivirle. Y entonces se rompía por dentro entera.

Se veían en un sitio escondido por donde nacía la ciudad. Miguel Gamboa se llamaba… y el resto del mundo no tenía nombre para la tía Ausencias. Era un hombre que con sus ojos negaba su irremediable destino, que tenía la inteligencia hasta en el modo de caminar, y las ganas de vivir cruzándole la risa y las palabras…… de tal modo que a veces parecía inmortal.

Cuando allí se encontraba, otro mundo se abría ante ella…. Con la tentación entre los ojos no podía olvidar el miedo y el pavor que le infundía ir en su busca. Iba miedosa y desaforada a encontrarse con el hombre de sus obsesiones. Cuando la puerta se abría, allí estaba él, dispuesto a cederle la boca y la mirada al mismo tiempo, entonces todos los riesgos y desazones se iban escaleras abajo y pasaban por debajo del portón para esperarla en la acera…. Su cuerpo se apaciguaba. Siempre tenían mil cosas que contarse…….. Jamás alcanzaron a meter el tiempo en el armario que nunca abrían… el tiempo se hacía férreo y se instalaba en sus cabezas, recordándoles la hora de volver a separarse. Hacían el amor sin echar juramentos, sin piruetas, sin la pesada responsabilidad de sentirse obligados a quererse. Y eran lo que se llama felices, durante un rato….riendo, riendo y riendo…… hasta que acababan llorando. Dispusieron del tiempo y la intimidad necesaria para amarse hasta alcanzar la maestría, no hubo fracasos ni desencuentros, y consiguieron descifrar la ciencia exacta del placer mutuo. Poquito a poco, muy poquito a poco…. Acompasaron el caos de sus impulsos al ritmo del latido conjunto de sus sangres, ablandaron su moral de granito, se acostumbraron a la desnudez, se hicieron más hábiles y menos tímidos, rezaron casi nada…. Eso es verdad…. y se rieron más…. Una ola de felicidad como nunca imaginaron, les sacudía el cuerpo.

Aquel rincón escondido era de los dos, tenía un balcón al que nunca se asomaron, ni creció planta ni flor… era un balcón silencioso de lo que ocurría en su interior. Alguna vez salió olor a café o a infusión, pan tostado o a esquejes de amor. Las paredes las llenaron de retratos, de letras de alguna canción o gritos de poetas a media voz.

Cuando apenas ella empezaba a cobijarse en el abandono de sus brazos, brincaban de la cama y se disponían a recoger ropas del suelo. Ayudados de agua y un pelín de jabón que compartían los dos, limpiaban de sus cuerpos las huellas de todo aquello…. Por la piel de los dos resbalaban los besos y las caricias, los susurros, las palabras de pasión y algún reproche. Se secaban envueltos en nostalgia y mil tristezas. Se vestían deprisa y acompañados de risa barruntaban la hora de marchar. Ella le regalaba un beso de los que regalan las mujeres enamoradas porque ya no les cabe bajo la ropa, y allí lo quieren dejar.

Él cerraba con una llave de oro y siete vueltas el portón de la casa y el cerrojo de su corazón, salían a la calle fingiendo que nunca se habían visto. Ella corría de nuevo a su vida envuelta en miedos y con el cuerpo aún enfebrecido y hasta el último rincón de su alma lo llevaba en carne viva. Sin embargo, esas horas de pasión y culpa, le habían dado una firmeza al caminar y un temblor en los labios, con los que su manera ganó justo la pizca de maldad necesaria para parecer… divina. Nunca Ausencias se sintió más mujer ni más hermosa.

Se amaron todo el tiempo, envueltos en el silencio, esperando un lindo revés que nunca llegó a sus vidas… Llevaban muchos años sin escandalizar la ciudad con su eterno noviazgo, cuando Miguel Gamboa murió sin esperarlo ni él siquiera.

Angustias Tilo fue en busca del cadáver de su amante como sintiéndose reina de todos sus derechos y le plantó dos besos en aquella frente que siempre sentiría tibia. Se hincó junto a él, acariciándole la cabeza con una mano y agarrándose ella entera con la otra para no caerse muerta del espanto. Lo abrazó como se abraza un cuerpo al que una está acostumbrada. Le aliso su pelo, le dibujó los labios con un dedo como había hecho mil veces y le acarició mucho rato las mejillas heladas. Envolvió su tesoro y lo veló como se velan los cariños, entre lunas y lágrimas toda la noche. Al día siguiente lo cubrieron de tierra oscura, de cariños soñados y de recuerdos y le dieron sepultura. Ella siguió algunos años amándole a escondidas porque así estaba acostumbrada…. Buscando la llave que pudiera abrirle el cerrojo que guardaba aquel balcón…Y loca decía…

¡¡Qué tontería enterrar el cadáver de Miguel, como si su muerte fuera posible!!

Siempre sabremos que él nunca estuvo más vivo que lo está ahora, y que jamás podrá morirse antes que yo. Porque no alcanzaría el viento a borrar sus besos de mis mejillas… ni nunca una tormenta acallará su voz hablándome bajito en aquel rincón. Miguel me pertenece. Me atravesó mi vida con su vida y no habrá quien me lo quite de mi boca y de mi alma. Aunque digan que ha muerto. Nadie puede matar la parte de Miguel que hay en mí. Ausencias nunca quiso a nadie más y a nadie se le ocurrió intentar quererla… sintiéndose llena de aquel perfume, de aquel brebaje atroz, de aquel veneno cálido…. Que la llevo tantos años a compartir esa cama clandestina….sintiéndose así, pasó sus días.

Y nunca pudo olvidar el conjuro de aquella mano, audaz y hereje como ninguna…. recorrer su espalda entera. Ni sus ojos, ni su boca…. Ni su risa chocando contra el techo…. Ni tantas palabras empapando la pared…. La pesadez del tiempo se coló en su cuerpo… Y sus recuerdos fueron a veces en blanco y negro, otras veces solo fueron recuerdos…..Se hizo vieja y siguió sola, buscando llaves sin parar….y cultivando amapolas en los huecos de escaleras, en las chimeneas frías, en las ventanas ciegas y en todas las aceras…..siempre siguió lleno su frasco de locura.

Siempre dijeron que estaba loca…. Y es que encimaba delirios y fantasías de colores como ninguna. De Miguel Gamboa, el eterno amante de la tía Ausencias… siempre se dijo que murió sabiendo que era dueño de un tesoro… Pero que nadie supo cual, ni tampoco lograron encontrarlo. Miguel Gamboa, sin saberlo…….se hizo eterno en el alma de la loca Ausencias Tilo…..Y a mi memoria siempre que huelo a poleo vuelve su historia.

martes, 5 de julio de 2011

Zalema baja a por aire




...Tengo una uva dorada, un camino, la estrofa de una canción, una pluma de arrendajo, un bello y leal animal, un pueblo en fiestas y un nombre…. Voy a contar una historia.
Un día, me contó que adoraba a Zalema, que la sentía una diosa como nunca conoció a ninguna, que nada más abrir los ojos, corría la pasión en su mirada, amaba su piel de reina y su cuerpo siempre en vilo… movía sus manos como una gitana y su presencia a todo el mundo robaba el alma. Era una hembra tremenda me decía, nunca imaginó que algo así se cruzaría en su vida. Una mujer sencilla y sincera, era un animal obediente y fiel, un ser noble. Sabía que el mundo le envidiaba porque muchos intentaron conquistarla y otros tanto se quedaron hechizados solo con mirarla…. La envidia es mala, me decía…Pero Zalema es mía. Ella le amaba. Gustaba de acostarse a su lado y esperar su despertar o su sueño. Siempre alerta de un gesto suyo… Se tumbaba para que durmiera en su vientre, y soñaba con meter las manos en su alma y besarle la frente. Zalema continuamente lo respiraba…..En cualquier lugar, en la proa de un barco o en el aire marino, en el cielo plateado, en el sabor del agua, mirando en un espejo, en cualquier lugar se abría de pronto una arista y sentía su rostro junto a ella. Siempre podía verlo. Él la había enseñado a vivir y por eso vivía, pasaban el tiempo juntos oliendo el bosque, oyendo el aire y el cielo, eran compañeros… lo mejor que sabía hacer junto a él era llevarse el entorno hecho objeto: contemplar a la luna y despedirla en sus brazos, seguir un rastro caminando a su lado, escuchar el susurro de una fuente, el rumor de la brisa bailando unas ramas. Le gustaba bajar a buscarlo y recorrer el camino entre su casa y el pueblo…. Y adivinar huellas. Un pequeño camino donde aún existe una ermita pero no un cementerio. Era como bendecir la vida a cada instante y saltar por una tierra sagrada. Cuándo solían encontrarse se arrullaban las palabras más hermosas, dormía en su seno agarrado a su mano, y al mirarse pensaban…. Que Dios, que es grande, nos perdone a los dos.
Zalema era ligera, fresca y olía siempre a uva madura…generosa y capaz de hacerse espuma. Zalema vivía fuera del pueblo, al final de aquel camino que sube a la ermita… una verja protege, no, no protege, abraza, y acuna a la vivienda y, tras sus viejos hierros, existe un enorme jardín luminoso, densísimo, está salpicado de muchos colores y olores…. De sueños, de azules, de ranas y soles. Y siempre, siempre, siempre se escucha el agua del arroyo correr. A la derecha, una senda de baldosas rojas conduce hasta la puerta de su casa. Un poco antes de llegar hay que subir tres escalones, en ellos se sienta muchas tardes Zalema a soñar y a colocar nuevas plumas de arrendajos en sus cuadernos. Son unos cuadernos con las tapas azules donde Zalema guarda sueños, dibuja besos, escribe cuentos y colecciona pompas de jabón. En el último escalón hay varios troncos cortados que sirven de asiento debajo del canalón y una gran tinaja llena de carbón. Desde allí, desde tan alto… puede verse todo el jardín y mucho monte… El final del mundo y un cielo lleno de asientos donde tumbarse a soñar.
Sucedió en Romería… eso me contó él.
Zalema tiene un alma soñadora…. Adora la luz de su pueblo en Agosto, la luz dorada, una luz por dónde entran los dioses y las princesas, los músicos y las flores, los mendigos, los feriantes y la vida entera. Una luz que la hace sentir pequeñita, como un dedal de risa flotando entre las nubes del cielo.
Cuando cae la tarde, la noche invisible, violeta, como un lamento leve, como una sombra inmensa… Ella se suelta y va a buscar a ese hombre bueno al que tanto ama. Pero no sabe que se dirige al camino dónde su vida se convertirá en el mundo de irás y no volverás. Allí está ese mal hombre que la espera y la espía, Lombroso, un mal hombre, allí vive el mal gratuito y horrible, ese mal que tanta compasión le inspira y no acaba de entender.
En el camino que la lleva al pueblo huele a sangre, miedo y madrugada pero ella no lo sabe. Todo marcha, los días, las horas, la noche. Su noche. La vida es costumbre, una costumbre que se quiebra cuando la violencia lo invade todo. Ella solo sigue el rastro del olor de su hombre, quiere buscar sus manos y sus brazos. Es romería y el pueblo entero está de fiesta.
Zalema oye pasos, se vuelve y ve a ese extraño que la ha seguido…. Lo observa sorprendida y callada… los segundos ya no avanzan, se para el mundo, se para su valor y la inunda el horror… la violencia de ese mal hombre la deja paralizada, de repente siente un enorme cansancio... caída en el suelo mira al cielo…. Se siente demasiado vieja… demasiadas noches, demasiadas estúpidas estrellas.
“Es malo y su cuerpo está sobre mi alma entera”… piensa Zalema. En el instante en que reconoce su presencia ella se convierte en una enana. Un arrebato viril endurece el organismo del desconocido, enardece sus sueños de poder y poseer y destroza los sueños de algodón que embargaban hasta ese momento el alma de Zalema. Ya no puede ver las estrellas, solo tiene los ojos fijos en él…. Nota el corazón loco y el sexo crecido y rabioso de ganas, de un demonio rojo. El camino se encabrita como un temblor de tierra, ese hambre salvaje la estruja como si fuera de trapo, la ahoga con su lengua, se escucha un bramido de animal en celo, la lame, la muerde entera, con ahínco de perro, la penetra y se la come toda, como una leve y asustada pieza. Zalema lo mira y lo huele, se le rompe en mil pedazos su corazón y ahora su carne huele a pólvora, siente violados todos sus candados y quebrados sus silencios. Ella quisiera cerrar los ojos pero no puede, quiere cerrar las ventanas y tapiar las puertas, borrar ese instante, olvidar el miedo y alejar para siempre todos los peligros.
No es nada. No ha sido nada. Ya está. Un estremecimiento.
Nadie volvió a verla ni encontraron su piel ni sus huesos, dicen que fue el fuego el que borró a Zalema del camino… de todas formas nadie supo nunca de ella…. Ya, ella misma es una leyenda y ese hombre que la amaba se acostumbra a no buscarla. Lo ha dejado solo, sin camino….Él sigue agachándose a coger las plumas de arrendajo y las guarda en sus bolsillos pero nadie abre los cuadernos de tapas azules para colocarlas…. Las acaba perdiendo.
Lombroso ya no vive en él…. Los ojos abiertos de Zalema no le dejan vivir y prefiere morir. Se va buscando paz dónde nunca la va a encontrar…. Anda caminos buscando perderse, pasa un río color sangre y llega a un mar. El mar negro y oscuro de una mala noche se arrima con dulzura a los pies de Lombroso…. Y en una fiesta de pólvora quiere acabar con su mala vida y sus malos sueños. Cae a la arena y siente como los cangrejos insomnes pasean por su cuerpo tendido con sus pisadas de agua, pero ya no lo lastiman. La luz de la luna, esa misma luna que vio aquella fea noche como sufría Zalema, sigue ahora el rastro de sangre que deja el mal hombre cuando cae, gota a gota sobre la arena. Malas estrellas y una media luna vigilan esta noche, la noche de su muerte. Quizás encuentre con esto paz para su tormento… Pero nunca podrá pronunciarse su nombre, porque es mal agüero y sinónimo de espanto. Hoy, hay todavía gotas de sangre de Lombroso en muchos hombres. Pero ahora ha encontrado un mar para lavar su alma y su agonía. Con el último soplo de vida se arrastró al mar y se desplomó en la orilla. Como pudo se puso de rodillas y con el agua salada pidió perdón y la gracia por su mala vida. Después, las olas calmaron su malvada sed y apagaron el fuego de su fea hombría. Los peces más pequeños penetraron por su boca, recorrieron sus entrañas y lo vaciaron de toda la crueldad que había repartido. Los rayos de la luna no quisieron coronarlo con aureolas pálidas y ningún ángel marino puso en su mano la palma del martirio…. Por martirizar a Zalema…. Murió perdido. Ni siquiera las algas quisieron su cuerpo, ni las caracolas buscaron sus rincones, los camarones dejaron sus ojos tranquilos…. No quisieron comer lo que vieron sus pupilas y su cerebro se convirtió en babas y espuma amarilla… Las almejas solícitas y apasionadas no desearon tampoco participar del festín, solo algunos feos gusanos formaron una coraza blanquecina alrededor de su sexo agresivo y su agria leche. Ninguna canción de cuna abrazó a Lombroso en sus últimos instantes, solo escuchaba el silencio mudo de la boca de Zalema pidiéndole compasión. Horas después la marea se retiró dejando su cuerpo tendido en la arena. El mar lo escupe porque tampoco lo quiere, solo le roza de cuando en cuando las plantas de los pies…. Ya no tiene vida, ni dolor, ni culpa.
Cuando lo encuentren, un arrendajo nervioso estará posado en su frente...

Serena ya teje a dos agujas






Tres puntos altos y uno al aire, cerrando la vuelta en un punto raso…. Un punto al aire, cinco puntos bajos, otro punto al aire. Tres puntos bajos, repetir un espacio vacío y seis espacios cruzados, cerrar la vuelta.
- Me estás mareando Serena, así me equivocaré…. Pasar el punto del borde, tomar la hebra que está debajo del tejido, jalarla y formar dos puntos al derecho y dos puntos al revés… calla un momento.
-Necesito saber como fue… le dice Serena a su madre mientras tejen a la luz del balcón. Un punto al aire, cinco puntos bajos, otro punto al aire.
- Ese trozo de mi vida, madre… cuéntamelo otra vez.
-Pero, Serena… si no es tu vida, tú ni pensabas en nacer.
-No, madre…. Es la vida de las dos. Cuéntamelo. Cuéntame madre lo de sus ojos… empieza por el día del bar.
-No empezó ahí, Serena… fue mucho antes… meses antes…. Años, diría yo. Pasar el punto de borde, tejer dos puntos y tomar las tres hebras del final....Si tú me das tus ojos, yo te doy los míos. Así empezó.
Suelta un punto de la aguja izquierda, haz tres bucles…. Tensa el hilo con el meñique, haz tres puntos al aire…. ¡¡Está atenta…Serena!!
-Solo es una historia de carne pegada a mi memoria… Ya debe estar pegada a la tuya de tanto oírmela contar. El día del bar solo tomamos una cerveza juntos. Solo una. No nos atrevíamos a movernos de aquel bar. Tal vez porque intuíamos que iba a cambiarnos la vida, que la vida nos había cambiado. Estábamos uno frente al otro, mirándonos. Si tú me das tus ojos, yo te doy los míos. Entre nosotros solo había dos copas… un cenicero, testigo que sabría de nuestras cosas pero no de nuestros humos y tres libros.
-¿Él nunca fumó…?
-Yo no lo vi fumar.
-¿Y usó sombrero…?
-Nunca lo vi con sombrero. De los libros solo recuerdo que uno de ellos era de Delibes. Él sonreía acobardado y nervioso. Con esa complicidad que había nacido desde hacía tanto tiempo entre los dos. Me miraba, y con los ojos me decía tantas cosas… Ese día rió poco a mi pesar… Porque tiene una de esas maravillosas risas que no se pueden describir. Me hubiera gustado en ese momento acariciarle el cabello o la mejilla…. Pero solo podía pensar…. Si tú me das tus ojos, yo te doy los míos.
-¿Cómo estabas tú, madre?
-De mí, solo puedo decir que respiraba…. No, no, Serena… son dos puntos al aire, tres bucles y lanza el hilo atrás…él era el aire. Lo único que yo podía respirar desde que lo conocí. Me llenaba los pulmones en el primer instante de verlo, luego lo dejaba salir poco a poco, saboreándolo y sabiéndome a él la boca, la lengua, la nariz. Desde entonces mi historia huele a madera de barrica vieja llena de manchones de tinta. Me contó ese día que había encontrado el tesoro que llevaba buscando toda su vida…. Ese hueco donde había ido depositando todos sus sueños e ilusiones…. Sus necesidades. Contaba que siempre fue un esfuerzo palpitando ahí, donde la memoria duele…. Pero a pesar del dolor él me seguía buscando.
Disminuye tres puntos cada cinco…. Serena… y haz dos vueltas al revés. El tiempo… siempre el tiempo como protagonista de esta historia.
- Sígueme contando, madre.
- Tiempo después llegó el beso, en el que descubrí su sabor. Solo fue un tocar de labios y recorrer con la punta de la lengua y ahí…. En ese instante entregué mi vida entera… Hasta entonces nunca antes conocí nada más certero. No sonrías con cara de boba, Serena… fue así. No aprietes tanto el punto, la bufanda te saldrá encogida….Ese beso que nos desorienta a la vez que orienta, que nos domina, que nos toma de la mano y nos invade. Fue mi hermosa locura. Una locura que me besó el cerebro… las venas… el alma… el dolor… la piel… la risa… la mirada…. La vida…. La espalda y por dentro toda entera. Si tú me das tus ojos, yo te doy los míos.
Fue hace tanto tiempo que parece que fue ayer… es ahora mismo. ¿Siempre hermoso como en la foto, madre?…Siempre divino, Serena. A veces cuando estoy herida y ya comprendo que no le tengo… recuerdo cuánto sufrí ante los miedos del tiempo y barrunto mis pesares antiguos… Yo pensaba en algún Dios y le pedía…. Si me quitas sus ojos, me robas mi rumbo. Ese Dios me lo acabó quitando, Serena. El tiempo… maldito tiempo…. Tiempo malvado. Es duro saber lo que no supe a tiempo y no poder dejar de saberlo nunca. Ahora que ya no le tengo, se de él y de su historia, de sus besos y de su piel de agua… Ay, Serena… no me hagas contar. Solo soy un desván de trastos viejos donde acumulo lo usado, las cosas del olvidar, mis cachivaches, sus cartas, las telarañas de su alma y de la mía, los sentimientos atragantados, aún guardo su navaja… ¿quieres verla? Todo lo viejo y lo suyo está aquí guardado, pero ahora es mío… sus palabras, algún enfado… un guiño… los canutos de la pana, una amapola, el olor de su cuerpo dormido aquél instante… alguna foto y su beso. Algún día tendré que empezar a tirar, pero no quiero tirar nada…
-Madre ¿se llevo algo cuándo se fue?
-Sí, la foto que te hizo agarrada a la reja de la casa chica, y mi vida entera.
-¿Cómo se llama este punto de aguja, madre?...
- Punto vainilla, Serena…. Y no aprietes tanto. Cierra ese bucle y alza cinco puntos y uno al aire. ¿Te gustaría que volviera, madre?... No, ya no… el dolor es algo muy extraño, duele lo que se tiene y lo que no. No volverá, déjalo estar. Siempre supe que era un hombre noble pero también supe que no iba a quedarse, no debo guardarle rencor…Caí en buenas manos. No fueron bruscas sus manos, no dieron tormento, solo acogieron mi soledad y mi cuerpo. Quizás algún día solo tire a la basura esa absoluta sensación de despedida, ese miedo a no tenerle nunca más. Entonces sabré con certeza que le he perdido, que siempre estuvo perdido, que he perdido todos los siempres.
Anda hija, déjame sola….no quiero contar más, me siento vieja.
- Baja a buscar a tus hijas, que dejen el sol y suban a comer. Yo mientras voy a cerrar los ojos y a buscar un rato su risa.
- No te pongas triste, madre.
- Serena, no es tristeza… vida mía… es la certeza de saber que atrás no se puede volver ni siquiera volviendo

jueves, 28 de abril de 2011

Perpetua Linda






¿Cómo le puedo decir yo que nunca la va a encontrar, si está gastando la vida buscándola?
Él me ha dicho que le duele el aire, que la sangre quema sus venas y que su cama de noche se convierte en alfileres, porque perdió a la mujer que ama en alguna de las vueltas del destino y no hay mapa que le diga dónde hallarla. La busca por la corteza de este mundo y la buscará en el otro sin concederse un minuto de tregua ni de perdón, y sin darse cuenta de que no es afuera donde tiene que buscarla, sino que la lleva adentro, metida en su fiebre, presente en los objetos que toca, asomada a los ojos de cada desconocido que se le acerca.
Me llamo Tormento…. Tormento Sola y tengo afición a escribir todo lo que me acontece. Conocí a Lázaro un día cualquiera de hace unos meses….no recuerdo el tiempo…. no recuerdo si hacía sol o llovía…. No recuerdo si había más almas aquí cuando llegó, o solo Lázaro y yo… No recuerdo si estaba puesta la radio, o si algún tren salía o entraba en la estación…. No recuerdo nada, solo los ojos de Lázaro Espino buscando una respuesta en los míos cuando me preguntó por ella. Yo entonces…. solo pensé que era uno de esos hombres que pasan por aquí de camino a otro lugar, sin más. Pero Lázaro era de esos que empiezan a desaparecer mientras busca a su desaparecida, de esos que intentan mirar hacia delante con ojos atados a quién han dejado atrás. Lázaro se sentó y bebió ese día al igual que todos los días siguientes que ha venido a buscarla desde hace ya mucho tiempo. Se sienta en la esquina de la barra y pregunta por ella a todo el que llega a la estación. Así pasa sus horas… El mundo me sabe a ella, me ha confesado… mi cabeza no conoce otro rumbo, se va derecho donde ella. Algo en Lázaro me conmueve profundamente, quisiera mirarle el alma pero no puedo… Solo pude escucharle desde el primer momento que empezó a contarme…. Y amarle, solo puedo amarle….. Así pasamos el tiempo… en la barra de la estación…. Enhebrando silencios con jirones de conversación…. Lázaro Espino habla meticulosamente, con deleite demorado, con las manos quietas y los ojos locos, mientras me cuenta lo que ha sido su amor por ella. El amor de su vida, esa mujer que busca desesperadamente desde que se fue de su lado… Perpetua Linda…… Así se llama. Así la nombra ante todos. Siempre la busca, todos los días la busca…. Saca la foto y dice su nombre…. Perpetua Linda. ¿La has visto?.... pregunta a todos los forasteros que bajan o suben al tren y pasan unos minutos por el bar. Todos mueven la cabeza y le sonríen con agrado tomándole por un loco o un desesperado.
¡¡Tormento… Señora Tormento!! Me llama, para seguir contando. .. Solita, Lázaro, todos me llaman Solita… le digo yo mientras me voy acercando a su lado y comienza de nuevo a abrir ese espacio sin ventanas ni palabras donde esconde sus afectos. A veces quiere hablar pero no puede…. Sus dulces y viejos ojos se le inundan de lágrimas y mira el vaso vacío durante horas….pero nunca mira el reloj, porque Lázaro no tiene prisa. Que no me mire usted con esos ojos que me ahogo en ellos, quisiera decirle yo…... Sabe que no descansará mientras no la encuentre…. Pasará sus años metido en una camisa de ortigas que no le deja estarse quieto. Así se siente. Tormento… ¿Verdad que es linda?... me pregunta a veces….Solita, Lázaro, todos me llaman Solita… Yo miro un instante la foto que siempre lleva consigo… sonrío y asiento sin poder contestar… y luego busco los ojos de Lázaro, sus manos, el cuello de su camisa… imagino su espalda, su pecho y sus partes de varón… Quisiera ofrecerle mi cuerpo para darle amparo, pero no puedo….Mientras le escucho…su chaqueta doblada a mi lado nada dice, pero suelta ya un olor familiar donde yo creo encontrar la tibieza de su cuerpo, un olor a desespero… siento el color del primer cielo y un ramalazo de mi último dolor. Me empieza a contar de todos sus caminos…. Me entero que ha sido contador de historias en las plazas de mil pueblos…. Inventor de sueños en algún escalón. Aseador de mercados, donde le pagaban con pequeños manjares y golosinas, sabe suturar heridas, coser botones y susurra alguna canción…. Ha hecho de chofer de mulas y se ocupa de las goteras de algún canalón. En algún sitió desguazó motores…. Aquí, con nosotros gusta de recoger hierbas de infusión de los bordes de un arroyo…. Hoy me trajo dos naranjas y un manojo de romero…. Ayer unos pimientos verdes y picantes aún mojaditos de lluvia… Otras veces trae bonitas flores de tila de algún árbol del camino o regala poleos o tomillos a todo el que llega a la estación. Pero entre sus destrezas, hay una en particular que a todos en el pueblo nos tiene encantados….Lázaro Espino es tocador de celesta, reparó el instrumento abandonado de la iglesia y todos los días de fiesta llena el aire de música celestial….. Lo saca a la puerta de atrás, a los porches de las monjas para que todos los puedan escuchar. En ese momento el pueblo se vuelve mágico y Lázaro está más feliz que nunca, pierde ese espejismo de nostalgia que siempre lleva en su cuerpo, y mientras mira las teclas de la celesta le desaparece esa fiebre de amores que quema constantemente sus pupilas. Su música lo ampara y lo enlustrece, queda pegada al aire durante muchos días, y todos parecemos flotar en una gelatina a medio camino entre el alivio y las ganas de llorar.
Mientras yo le voy queriendo, él siente culpa de haberla dejado escapar, de no buscarla bastante, de dejar que se la llevaran esos malos pensamientos, los celos de Perpetua. Ella un día se asustó y se marchó. Siente culpa de comer, de respirar, de seguir vivo, de caminar,… Cree que todo es traicionarla. Cree encontrarse con su amada cada vez que suena la puerta de entrada y la traspasa algún viajero…. Una vez traspasada la puerta su ilusión se convierte en ansiedad y tristeza… vuelve la cabeza y pregunta por ella. Todos los días lo mismo… saca la foto y dice su nombre con inquietud…Perpetua Linda… ¿La has visto?
A la hora de cerrar se despide….Y yo me subo a soñar. Esta noche no puedo dormir, me lo impide el dolor, me lo impide saber que alguna vez le compró a su amada unos zarcillos de perlas y un pañuelo color flor…y mi cama se convierte en una feria de ilusiones destrozadas. Eso me contó, que alguna vez le compró a su amada unos zarcillos de perlas y un pañuelo color flor, para que no le sorprenda el reencuentro sin un regalo. Unos zarcillos de perlas y un pañuelo color flor, eso le compró. Y lo repito y lo repito…. Entonces mi pena me sube al alma como leche hervida… el ansia pringa mi piel, me seca la garganta y me inflama el corazón. En mi cama nunca huele a alegría, nunca siento hambre ni calor. Así trascurren mis noches, una tras otra…. Mis horas a oscuras, él perdiéndose en su busca y yo bregando sola, intentado dar con él. Cada amanecer sigo en mi lugar, en este refugio desterrado al que dedico mis días, esperando a Lázaro Espino… esperando el momento de verle llegar… yo sigo siendo una enfermera de sombras con las enaguas vacías. Sé que la muerte tiene una hermana más taimada y perseverante, que se llama Agonía. La dama Agonía me sostiene desde que Lázaro empezó a contarme su historia de amor y yo siento el súbito impulso de acariciarle su mejilla mientras le oigo contar. La madera vieja y húmeda de las pareces suelta un olor que acoge y reconforta, me gusta estar allí con él. Mi mano, a veces…. Decidida… va adivinando la textura de esa piel surcada de arrugas que está a punto de tocar. Las yemas de mis dedos se alegran en lo que podía ser un barrunto del roce de una caricia. Hacia allá se estira confiado mi brazo, pero yo lo contraigo enseguida…. Mil veces he intentado tocarle y mil veces me invade el pudor. Algo me grita desde sus ojos que pertenece todo entero a Perpetua Linda…No puedo hacer nada con ella, Perpetua la incierta… la descaminada, la perpleja… y como hacer desaparecer esa sombra desmayada y volátil que lleva colgada al cuello Lázaro, como desembarazarse de su presencia constante. Con sus párpados de seda, sus cabellos de niebla y ese corazón de pulsaciones pálidas…. Ella pertenece al reino del desvarío. Su tragedia y su misterio me fascinan y angustian a Lázaro. Su historia me persigue de día y me revuelca en mis sueños. Lázaro solo está a mi lado porque sabe que aquí terminan todos los caminos…Y mientras, solo la sigue buscando.

lunes, 14 de marzo de 2011

Despierto un cuadro. Sola



Toda la mañana inquieta, no he descansado bien en los últimos días…. Han dormido en mí, pesadillas... congojas e inquietudes…. Temores y pánico.
Estoy esperando a Simón para almorzar juntos como todos los días…. La carne está un poco reseca y las verduras pasadas… casi da igual porque hace muchos días que ya no tenemos apetito. Salvamos las comidas haciendo bailar el tenedor por el plato…. Moviendo aquí y allá los colores….Y bebiendo unas copas de vino. Los dos estamos fingiendo una tranquilidad que no existe… para no dañar al otro… un diario disfrazarse para ver si la vida no nos conoce y piensa que se ha equivocado. Un disfraz de valientes que esperan la sentencia que cambiará nuestras vidas. O quizás no.
Ya está aquí Simón…. Hace rato que mueve la carne por el plato blanco y cuadrado… como si buscara la amapola que está dibujada en el fondo… hace grupitos con los guisantes y ahora se ha llevado un trozo de zanahoria despintada a la boca. Muerde en silencio …. Mientras mira el tenedor. De vez en cuando levantamos la cabeza de nuestros platos y hablamos cosas intranscendentes y sencillas. De cosas domésticas y recados …. Últimamente no hacemos muchos planes.
Se ha levantado a poner agua para la infusión. Lleva años tomando esas infusiones tan maravillosas a las que venera…. Le gusta traer a casa novedades de alguna tienda con la que se cruza. Hemos probado desde la melisa al estragón, pasando por té de todos los colores…. Ahora estamos con un rooibo al caramelo que es de las cosas más empalagosas que existen en el planeta. El nunca me pregunta…. Me pone delante mi taza y me la bebo sin rechistar. Cómo decirle que me aburren sus magníficas infusiones que lo curan todo… desde una digestión hasta prevenir la hipertensión. Me la tomo con la inexplicable satisfacción de compartir con él su tesoro. Quizás él piensa que es un conjuro contra la mala fortuna, contra esa mala suerte que ha torcido nuestros días…qué importancia tendría seguir tomando toda la vida sus aburridas e insípidas infusiones si pudiéramos hacernos viejos juntos.
Mientras sostiene su taza entre las dos manos… como buscando ese calor que le falta en el cuerpo desde hace tiempo… me pregunta si de veras no me importa ir sola al médico. No, cariño… no me importa… Le respondo pisándome un pie con otro mientras tengo las zapatillas olvidadas debajo de la silla y me muerdo el interior del labio buscando donde agarrarme.
¿Cómo podemos vivir tantos días en medio de tanta falsedad? La rutina, los horarios y los trabajos, la familia y los amigos, la pintura de las paredes y la cortina del baño para no ver a Dios señalándonos con el dedo. ¿Sabrá ya el médico lo que va a decirme? Lo habrá repetido mil veces y se sabrá las maneras de memoria. Casi no hablamos de ello, somos personas de lo más corrientes, mediocres… seres triviales que no vamos a cambiar el mundo. ¿Porqué a nosotros?
No, cariño… no me importa ir sola al médico a saber la verdad, la sentencia… la condena y la sanción. Yo soy la más valiente de los dos.
Podía venir conmigo mi hermana o una amiga…. Pero a todos les he dicho que vendría Simón. Es un momento íntimo al que nadie tiene ganas de veras de asistir, es el momento de cogerse de la mano, buscar el hombro amado y esconder la mirada de dolor en algún rincón. Mejor no tener testigos de este momento… Iré con Simón, les he dicho a todos.
No, cariño…. Me encuentro bien, iré yo sola al médico. Me da un beso, dulce del caramelo de la infusión y amargo de la bilis que sostiene esa boca en su interior. Sabe que cuando vuelva a verme…. Esta noche, nuestras vidas habrán cambiado. Me dice adiós y se pierde en el pasillo….le oigo recoger las llaves del coche….me imagino como se tantea los bolsillos mirando si lo lleva todo, haciendo una lista rápida de objetos cotidianos que siempre llevamos en los bolsillos y el ruido de la puerta al cerrar me hace saltar de terror.
Tengo cita a las seis y media… tiempo suficiente para vestirme e irme dando un paseo hasta el médico, no queda lejos. Ha llovido por la mañana, pero por la ventana de la cocina se ve un cielo despejado y el aire se siente fresco…. No tengo ganas de subirme a ningún autobús… ¿Qué me pongo?
Llego a la consulta demasiado pronto…. Siempre he sido excesivamente puntual, siempre me sobra tiempo, siempre llego antes que los demás. La enfermera me recibe con su cara de agradar a todo el mundo, confirma mi cita y me solicita la tarjeta…me invita a sentarme…. Queda un par de pacientes antes que yo, me anuncia. Hay un sofá ocupado por un señor mayor y el que debe ser su hijo…. Los dos tienen la misma exagerada nariz, el joven sujeta una carpeta azul entre las manos y el mayor sostiene sobre sus piernas un sombrero gris. Al instante llega un matrimonio maduro, con una chica joven. Creo que no es normal estar sola en la sala de espera de un oncólogo, en ese momento siento la extrañeza que debo despertar en los demás. Busco entre las revistas gastadas alguna que llame mi atención…. Y empiezo a mirar fotografías, no soy capaz de leer nada…. Y siempre me han dado un poquito de asco las revistas de las salas de espera, como si en sus páginas la gente fuera dejando sus males. Veo unos vestidos maravillosos que han lucido las actrices en una gala de cine…. Veo nacimientos y modas…. Veo consejos de belleza y problemas del corazón. No veo nada…. Me aburro enseguida. Creo que me he perdido en el miedo que me abraza…. Y me amparo en el pequeño libro de poesías que siempre llevo en el bolso…. Ese de la cubierta marrón que me regaló Simón la última navidad. No paro de mover las puntas de los pies y me mata la espera. Cuando levanto los ojos de las palabras, veo a la enfermera que me indica que ha llegado mi hora y que el médico me espera…. Siento como si alguien me hubiera hecho una foto.
Pase, por favor, por aquí. Ya sé por dónde, me gustaría decirle…. No es la primera vez que vengo, aunque sí es la primera vez que lo hago sola. Yo soy la más valiente de los dos.
Él médico me recibe de pie, a un lado de su bonita mesa…. Y me da la mano con ternura, siento yo…. Mal indicio. Me dirige una bonita sonrisa y me invita a sentarme cómoda en un sillón. Mira a la puerta como esperando que entre alguien más, deduzco avergonzada sintiendo el latido de mi soledad. Me mira como buscando la respuesta a como me siento, él no se atreve a preguntar. De la forma en qué me mira siento que no me va a dar buenas noticias, ya tuvo que anunciarnos hace unas semanas que la biopsia había dado positiva, tendrá que pasar hoy otro mal trago. Respiro hondo y siento una urgencia enorme en saber lo que me tiene que decir. Levanta sus ojos de las páginas que está haciendo como que lee y sus primeras palabras son definitivas. Lo siento, dice…. Yo me agarro a mi reloj y le pido por favor que hable con toda claridad, que estoy preparada para lo que me tiene que decir y entonces él me confirma que no hay nada que hacer, que le quedan a lo sumo seis meses de vida y que el final puede ser bastante malo…. Hay varias maneras de que evolucione la enfermedad pero muy pronto se empezará a encontrar bastante mal y que…. Le interrumpo y le pregunto que qué se puede hacer, como sino hubiera hablado con claridad. Enseguida comprendo que ya sé la respuesta y le pregunto que entonces…. Que debo hacer, que si debo decirle a Simón la verdad…. Yo se que no quiere saberla, que tiene miedo y se siente cobarde. Que quiere seguir tomándose las infusiones maravillosas que le van a prevenir de todo… Que quiere seguir viviendo siendo un hombre sano, sin saber la verdad sobre esta enfermedad.
Él médico se levanta y viene en mi busca, a este lado de la mesa, el lado de los perdedores. Señora, me dice…. Ahora sí, me busca las manos y las sostiene entre las suyas, ahí fuera hay más pacientes impacientes esperando saber la verdad, pero yo estaré aquí para lo que ustedes necesiten. Usted, me dice, sabrá hacer lo que sea mejor para los dos… Usted, mejor que nadie, conoce a su marido y sabe qué debe hacer…. Usted debe tomar esa decisión. Le doy las gracias y busco la puerta sin sentir los pies. Ya en la calle…. Pienso que debería volver a llover, me falta el aire y quiero cerrar los ojos. Me quisiera parar pero no sé como hacerlo…. Tomo la dirección a casa pensando…. Qué hago y Cómo se lo digo.